
Ayer, después de años sin hacerlo, me visitaron los guardias blancos. Se asquearon al verme, cubierto de demasiada vida. Sosa, gritaron, cúbranle de sosa, desinfecten su espalda, por Dios, y aféitenle. Es lo mismo, no se dan cuenta de que lo externo es una manifestación de lo interno, y que mi suciedad intrínseca es tanta que necesita salir por cada poro de mi piel. Que el pus y la roña volverán a surgir, es el único maná que encuentro por estas tierras. Aplicaron sus luces sobre mis ojos y sus aspersores sobre mi nariz, como si fuera un recién nacido. La última que vez que hicieron eso vaciaron el aspersor en una de mis fosas nasales en vez de llenarlo y me dejaron sordo del oído izquierdo. No dejo de gritar y morder mientras me aplican el jabón corrosivo en polvo hasta que uno de los guardias blancos me golpea con su porra en los riñones y me noto morir. La raspa que es hoy mi cuerpo parece resquebrajarse. Intento llorar pero no encuentro el aire necesario. Para cuando mis pulmones logran llenarse vuelvo a estar solo. Sólo mi lamento, mi único alimento, me acompaña. No se molestaron en secarme el agua helada de la ducha. Se preocuparon de mi limpieza, pero no de que me provocaran una hipotermia. Quizás esto que escriba no sea más que un delirio febril causado por una tortura soñada. Pero qué más te dará eso. Sólo acudes a estas páginas a alimentarte. Comienzo a odiarte, seas quien seas.

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