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miércoles, 22 de agosto de 2007

Los pasos del artista


Reconozco que Steven Soderbergh no es uno de mis directores preferidos (aunque me divertí mucho con Ocean's eleven y su faceta como productor me atrae más que la de realizador), pero no suelo tener la oportunidad de hacer fotos a estrellas del cine (como Dios manda, no estoy hablando de Santiagos Seguras) y me ha hecho algo de ilusión verle en faena hoy por las calles de Madrid. Inocente que es uno, ya ves. Eso sí, me ha echado tres miradas en plan killer que no me han gustado nada...

jueves, 17 de mayo de 2007

Sobre el postcine


Ahora resulta que soy un visionario. Como quizás recordéis, hace ya unos cuantos posts os prometí que hablaría de 300 y de su pertenencia a algo que para mí debería ser denominado como postcine. Pues bien, leo ahora que ha salido a la calle una edición en español de Cahiers du cinema, el tochazo intelectualoide por excelencia sobre cine, en el que sus sesudos colaboradores tratan el tema de la llegada del -¿lo adivináis?- postcine. Es más o menos la misma sensación que experimenté cuando escribí un relato del que estaba muy orgulloso y, meses después, supe que era muy semejante a Las ruinas circulares de Borges, que, por supuesto, no había leído en el momento de la escritura. Borges y Cahiers, os tengo en el punto de mira, seréis los primeros en caer cuando llegue al poder.
Pero me desvío. Postcine. Coincidiremos que el cine es un arte más y que, como tal, tendrá muy diversas corrientes a lo largo de su historia, más allá de sus avances tecnológicos (sonido, color…). Y que obras de diferentes épocas no son comparables. Que no sé con qué quedarme, si con un greco o con un dalí, pareciéndome ambos geniales. Algo así ocurre hoy con las películas, por mucho que estos señores se esfuercen en decir lo contrario. La esencia es la misma, pero nada más. Ni la interpretación, ni la dirección, ni el guión, en nada se parecen el cine de hoy y el de ayer, que, por cierto, aún perdura hoy con obras ejemplares (siempre nos quedará Clint). Y ya, de paso, convendría decir que no hay que confundir este postcine con las obras pedantes y huecas de realizadores que en vez de mirar el visor de la cámara se quitan las pelotitas de su cuidado ombligo. Como ocurre en los demás campos del arte, vamos.
Hecha esta aclaración, pasemos a ver algunas de las características que, para mí, puede tener este postcine:
-Autoconsciencia y autorreferencia: el director y el guionista no se esconden ante la cortina que conforma la obra, sino que se ponen al mismo nivel de ésta, miran al espectador a los ojos y le hacen guiños, le recuerdan películas suyas anteriores, le sonríen o le riñen. El Nolan de The Prestige, Von Trier, Fincher y Chan Wook en todos sus films, Cuarón y sus planos secuencia de Hijos de los hombres, la gran Kiss kiss bang bang o el Lynch más marciano son maestros en estas lides.
-Vasos comunicantes con nuevas formas artísticas: aunque muchas veces no son nuevas (cómic) o aún da un poco de grima llamarlas arte (videojuego). Como bien apuntó Dafaka, en el brutal 300 de Snyder la cámara es la misma que la del Viewtiful Joe de Capcom: acelera y ralentiza, se acerca y se aleja, todo en uno. Algo así puede verse también en diferentes momentos de la infravalorada Gangs of New York, de una vaca sagrada como Scorsese. El tramo final de Hijos de los hombres parece un shooter. Fincher, Jonze o Gondry han ennoblecido sus comienzos en el cenagoso mundo del videoclip reinventando la estética del cine, si bien luego sus seguidores han obtenido resultados muy dispares. Y Von Trier, con su trilogía de América, trae el teatro de Brecht al celuloide (ya, lo de celuloide es un decir).
-Dinamitar la estructura narrativa clásica: ¿Planteamiento, nudo y deselance? Fuck you! Ya no se trata de contar historias de atrás para delante, como hizo ese film-declaración que es Memento, sino de mezclar realidades, sueños, obras-dentro-de-obras y personajes. El Shane Carruth de Primer, el Aronofski de The fountain, Nolan, Lynch, Iñárritu, Fincher, Tarantino, Chan Wook y la práctica totalidad de los que han practicado alguna vez este postcine han comprendido que [algunos de] los espectadores están dispuestos a hacer un esfuerzo mental para seguir la historia si el resultado va a ser aún más satisfactorio.
-Reciclaje del arte pulp: donde no pudieron llegar los realizadores de los setenta por escasez de medios o talento, esta tanda de nuevos directores sí que llega. Y les sobra. Y si no, echad un ojo a Tarantino (atención a la inminente Grindhouse) o la nueva hornada de directores de terror como Alexandre Aja (Las colinas tienen ojos), el ya mencionado Zack Snyder (modélica su Amanecer de los muertos) o el Rob Zombie de Los renegados del diablo.

Éstos son sólo unos pocos de los rasgos que caracterizan para mí este postcine. Seguro que podéis añadir algunos más. Y sin leer el Cahiers, que para eso somos tan cojonudos.

PD: si conocéis más de la mitad de las imágenes con las que he hecho el collage de arriba es que habéis hecho los deberes. Así me gusta.

jueves, 29 de marzo de 2007

En verdes praderas nos hacen recostar


Creo que no le vendrá mal a este blog hablar de una película de estilo clásico toda vez que en breve nos pondremos a rajar como locos de 300, que creo que habría que denominar en algún sentido como postcine. Y por ello me ha venido como anillo al dedo ver la segunda película de DeNiro como director, The good shepherd (El buen pastor), que áun no se ha estrenado en España.

Sorprende desde luego que Bob se haya metido en un embolado semejante, habida cuenta que su ópera prima, Una historia del Bronx, era la antítesis de la que nos ocupa ahora. Ha pasado de trasladar a la pantalla un relato de iniciación mafiosa del habitual en las lides del hampa Chazz Palminteri (es incluso la voz de Fat Tony en Los Simpsons, el no va más) a meterse ni más ni menos que en los veinte años que duró la gestación de la CIA. Toma ya.

Para ello ha pillado un reparto de esos que sólo consigue reunir Woody Allen, Marty Scorsese o, últimamente, Christopher Nolan. Por la película se pasan Matt Damon, Angelina Jolie, William Hurt, el propio DeNiro, Michael Gambon, Joe Pesci, Timothy Hutton o Alec Baldwin (sí, ya, los Baldwin apestan, pero éste en particular ha enlazado dos buenos papeles en Infiltrados y en ésta misma, así que le salvo del genocidio familiar que ha de practicarse tarde o temprano). De manera que, como el que no quiere la cosa, de primeras, la cinta atrae. Volveremos después a los actores.

Lo que te acaba de llamar la atención son dos hechos de los que te das cuenta una vez entras en el film. El primero, que después de ser el actor que ha estado metido en la mayor cantidad de obras maestras de toda su generación, a DeNiro se le ha pegado un poco de aquellos directores con los que ha tratado. De todos y de alguno más (The good shepherd respira ese aire turbio y minucioso que emanaba el JFK de Stone). Pero del que más ha aprendido, sin duda, es del productor de la peli, Francis Ford Coppola.

Salvando las distancias y sabiendo que las comparaciones son odiosas y patatín patatán, el estilo empleado recuerda sin duda a El Padrino. Un tono pausado, contenido, con escasas escenas de emoción o violencia contenidas, y con un protagonista... que es un cabrón con pintas. Michael Corleone y Edward Wilson son sociópatas inofensivos, que intentan mantenerse como tales y llevar una vida tranquila al margen de una sociedad que odian, pero que, por causas externas a ellos, acaban ostentando una gran porción de poder. Son un coñazo de tíos, pero acojonan.

En esto influye también el segundo hecho que me quedaba por hablar: el guión de Eric Roth, un hombre que empieza a hacerse un nombre. A pesar de lo que diga Dafaka, su libreto de Munich me parece soberbio (sólo lo empaña esa espantosa escena final del orgasmo que, desde ya, atribuyo a Spielberg y su dificultad para acabar sus últimas obras como Dios manda) y está trabajando en el próximo proyecto de Fincher, The curious case of Benjamin Button. Roth ha escrito una película incómoda, agobiante, igual que Munich, en la que la espiral de asfixia no hace sino crecer y crecer, pero que no puedes dejar de ver a pesar de lo antipáticos que resultan todos los personajes.

Y volvemos a los actores. Con Damon me está pasando como con DiCaprio, que se está esforzando por que acabe gustándome. Lo consiguió en Infiltrados, me atrapó en la última de Bourne y en ésta creo que hace el papel de su vida, la antítesis de lo que exigiría el típico guaperas que se cree la gente que es. Y en cuanto a Angelina Jolie, he de decir que no había visto nunca ninguna película suya y que en ésta, aun siendo una elección de casting un tanto extraña, se esfuerza un huevo por construir un papel de mujer esforzada. Y acabo creyéndomela, la verdad. Y si tengo que ir hablando del resto de reparto uno por uno me canso y no quiero, pero están todos genial.

Total, que os la bajéis ya, leñe.

martes, 6 de marzo de 2007

Aquí huele a (crítico) viejo



Necios. Sobrados. Soberbios reyes de un trono de paja. Críticos de cine. Da igual.
Sí, amigos, hoy toca hablar de una de las partes más controvertidas del periodismo. El crítico. Pero como el tema es amplio y ya algunas voces pelín más audibles que la mía han puesto a parir a elementos concretos de este corpus (Pérez Reverte y De Prada y sus affairs con la crítica literaria son un verdadero clásico del marujeo cultureta contempóráneo, casi al nivel de otros como el pensamiento único de Babelia), yo voy a centrarme en lo que más me escuece ahora mismo: el crítico cinematográfico veterano y de prensa escrita, para más señas.
Por sus hechos les conoceréis. Años y años dedicados a la profesión, qué digo profesión, al muy noble arte de la crítica del séptimo arte (qué eufemismo más manido y asqueroso, dicho sea de paso), ojitos pequeños y entreabiertos, como cansados de tanto celuloide y vida, desarreglados pero con estilo, porque han tenido mucha experiencia y mucho turismo, y saben lo que se hacen y lo que dicen. Muchos de ellos (como todos los que rondan hoy los cincuenta o sesenta, por lo que se dice ahora, qué raro que la cosa durara sus cuarenta años) curtidos en las luchas por la libertad y contra el gris, hecho que, por lo que parece, te da automáticamente la oportunidad de convertirte en director de cine, actor, novelista, cantautor o, en su defecto, crítico de cine, que es el tema que tratamos, osea.
Estamos situados, pues. Años setenta. Cine de arte y ensayo de la Gran Vía o cineclub salchichero con olor a orín que echa para atrás en su defecto. En butacas salteadas, pares de ojitos menudos ven al Fassbinder o al Herzog de turno y deciden, cada uno por su lado, que tienen que dar a conocer al mundo las erecciones mentales que esas películas les despiertan cada semana. Hasta ahí bien. A todos nos ha pasado. Ímpetu juvenil atenuado por la era de la comunicación. Si hubiese sido en la Edad Media en ese momento habría nacido un cruzado. Pero no, en los cines de arte y ensayo no nacían cruzados, nacían críticos de cine.
Nada que objetar de momento. El problema viene ahora, mientras lees estas líneas. Lejos de ti y de mí, esos mismos críticos siguen realizando su trabajo, o al menos así lo hacen creer al mundo entero. Pero no es así. Hoy, estas personas han olvidado que su trabajo es estar atentos a cómo se mueve el mundo del que opinan, se encierran en sus antiguas sesiones de cine de auteur y se creen en el derecho de insultar (insultar, esa fundamental labor del periodista) a los que no opinan como él, o peor, a todos aquéllos a los que les gusta un determinado estilo de cine. Gritan horrorizados cuando se topan con un plano que dura menos de un segundo y medio, se arañan el cuello al encontrarse con una narración fragmentada... Les asquea todo aquello que huele a nuevo y lo tachan de "modernez" (qué triste) sin darse cuenta que si aquí huele a algo es a viejo y por culpa suya. Olvidan que nos importa tres huevos lo que les ha parecido la película a ellos como espectadores, que lo que queremos es que nos digan razones y sinrazones de la obra, que la contextualicen con el momento artístico que vivimos y que ellos, de acuerdo a todo esto, la juzguen. Creerán imposible que a alguien le pueda gustar Dreyer y Aronofski, o Ford y Shyamalan, los muy cortos. Y no estoy equiparando a nadie, que conste.
Eso sí, no se la cogen con papel de fumar a la hora de elevar a los altares a sus amiguitos a pesar de que su obra sea una basura. Hay muchos ejemplos de esto y todos los conocéis, pero vamos a recordar un par, para ilustrar el tema: Oti defendió y defenderá al pequeño Amenábar como el nuevo Hitchcock por muchos telefilms de sobremesa de Antena 3 con tetrapléjicos que le dé por rodar, porque le dejó hacer un tremendo (¿?) libro monográfico sobre su egregia e imberbe persona. O Boyero jamás dirá nada malo de Alatriste, ese pufo que hizo su amigo Tano, que tantos exámenes de periodismo hizo en lugar del aprendiz de crítico mientras éste se ponía hasta atrás en cualquier fiesta. Y encima, claro está, entre ellos existe una endogamia de la leche y todos se adoran y nadie les mueve de su poltrona porque son quienes son y su nombre vale mucho.
Decimos que no nos merecemos a nuestros políticos. Lo cierto es que si nos ponemos a pensar, no nos merecemos nada de lo que nos rodea. O nos lo merecemos todo. De momento, convendría abrir las ventanas, que aquí huele a viejo.

sábado, 24 de febrero de 2007

Inland Empire

Acabo de ver Inland Empire y me moría por escribir ya en este blog acerca de Lynch. No quiero y creo que tampoco debo ordenar mis pensamientos en torno a la película, así que los voy a ir soltando según me viene. No destriparé la peli porque, sinceramente, no sé de qué coño va (y no es una pose de guay, es así). En otros posts ya me pondré más académico, pero con este tema me es imposible. Allá voy:
1. Primera idea tras verla: en esencia, es una versión corregida y aumentada de Mullholland Drive. En cuanto al espíritu, no al contenido. Más llevada a los límites. Donde allí seguías el hilo durante media película, aquí te has olvidado de buscarlo al cuarto de hora (y no conviene olvidar que Inland dura una hora más que la ya de por sí extensa Mullholland). Si en ésta había diez momentos sobrecogedores, en aquélla hay mil. Si en Mullholland te morías de miedo en un instante en concreto (el monstruo escondido), aquí hay cuatro aún más espeluznantes. Si te confundías con realidad y sueño, prueba en Inland a mezclar varias realidades, varios sueños, varios tiempos, varios espacios. Una y otra vez. Repetimos. Y encima te cuela unas cuantas de las escenas más intensas que he visto en mi vida (al estilo de la escena de la prueba de guión de Mullholland o la del Club Silencio)

2. No sé de qué coño va, es cierto, pero sí sé (lo veo, vamos) que todo tiene sentido, aunque no lo conozca aún, como en sus obras anteriores, lo que obliga a descubrirme ante semejante bestia de la naturaleza. ¿Recordáis la sensación que teníais al ver Primer? ¿Esa placentera impotencia de ser incapaces de seguir lo que os contaban? Pues aquí elevadla al cubo y a lo mejor os aproximáis.

3. Vi la película en los Verdi (Metro Canal). Vale. Cuando iba por Alvarado aún notaba los latidos del corazón acelerados. En serio. Jamás me he cagado tanto. Y eso que he visto unas pocas pelis de terror. Pero claro, ¿qué es ese terror al lado de la posibilidad que ofrece Lynch de sumergirte en una pesadilla conscientemente?

4. A pesar de no saber de qué va, insisto, y como acostumbra este tipo, despierta en ti los mismo conceptos de siempre. Bondad absoluta, maldad absoluta, redención, sacrificio, soledad, confusión, angustia.

5. Absolutamente obligatoria la opción de verla en cine. Qué sonido más devastador. Si os decidís a ir, no dudéis en decírmelo.

6. Si buscas entretenimientos convencionales y fáciles de digerir, ve una de Ron Howard. Si quieres una tormenta de sensaciones extremas irracionales, llamad a Lynch.

7. Seguirá pasando con Lynch como con el Cherry Coke. Preguntadle a alguien al que no le gusta este director sobre Inland Empire y dirá "puta mierda". Preguntadle a alguien al que le gusta: "Gloria bendita", responderá.
[Claro que yo sería el único que diría eso en referencia al Cherry Coke].


Seguiré escribiendo cosas al respecto, pero por ahora vale.
PD: Por si no ha quedado claro, en mi opinión ver esta genial película es una experiencia única. He dicho.

lunes, 12 de febrero de 2007

El genocida solitario


No deja de ser curioso que, debido a una ausencia por viaje de placer, no pudiese escribir antes este post que tanto habría gustado a los alegres e inocentes jovenzuelos que han visitado últimamente este blog (o mejor dicho este post, véanse sus comentarios, a los que son libres de responder los aludidos, por supuesto). Nada me molestaría más que se viesen estas líneas como una claudicación ante su buenrollismo no ilustrado. Pero en fin, metámonos en faena.

Temo a Nicholas Cage. Tiene sus cositas buenas, como Arizona baby, Face off o Asesinato en 8 mm (ésta ya no es para todos los paladares, pero en fin...), pero gusta generalmente de recrearse en la ponzoña más maloliente (lo de Con air es para analizarlo con muchísima frialdad) sin ningún pudor. Por eso me extrañó que protagonizara Lord of war. Y que además la produjera me dejó a bolos, como dice aquél, o aquélla.

Porque no siempre se ven películas con un contenido tan incómodo, pero menos aún con tantos medios. Lord of war es el retrato de un traficante de armas, pero sin tonterías. El protagonista no es malo pero un poco bueno. Es lo que es y punto.

¿Y qué es? Ahí radica lo grande de la película. Lo fácil sería decir que un hijo de puta con pintas. Lo rebuscado pero no desacertado, que es un mal necesario y persistente. Yo... No sé qué decir, más allá del profundo desprecio que me provocan. Para mí la clave está cuando al personaje de Cage le critican por ganarse la vida haciendo lo que hace y él se excusa alegando que si no lo hace él lo hará otro, que mercadea con armas porque se le da bien y que él no mata, sino que vende su mercancía y nada más. Con esas tres razones se explica a la perfección un concepto que también aparece en la película y que define lo que es un traficante de armas: genocida solitario.

Más allá de cómo sean uno por uno, sus rasgos generales son los de tipos que optan voluntariamente a esta dedicación, sin ningún tipo de remordimiento de conciencia ni moralidad, pero con un alto sentido del sacrificio por el trabajo, o de la riqueza. Y sin embargo, me temo que su figura es, en efecto, persistente. Son los verdaderos genocidas posmodernos, por decirlo de algún modo, asesinan en masa y nadie dice nada, ni siquiera se conocen sus nombres. Son la hez de la humanidad, pero como tal, son provocados por ésta siempre que acude al baño. Y seguirá creándolos. Unos morirán, otros se transfigurarán en filántropos, pero los nuevos ocuparán las vacantes, no hay duda. Como los verdugos de Berlanga. Tiemble usted después de haber reído.

Unos diréis que es hipócrita, o miserable, afirmar que los traficantes de armas son necesarios. Otros diréis que es hipócrita, o bienpensante, decir que es posible un mundo sin ellos. Yo, sinceramente, dudo incluso que se pueda hablar de hipocresía en uno u otro caso.

Hace unos días Susie me comentaba que había multitud de cosas extrañas en el mundo que le inspiraban miedo. Y es que, en mi opinión, y viendo aspectos como éstos, es la propia humanidad la que da miedo. Lo único que se puede hacer ante esto es perder ese pavor y diseccionar la historia humana como un biólogo a una rana. Y tener calma, mucha calma...

PD: si queréis hablar de la peli en sí, hablamos, porque hay tela que cortar (la Historia de una bala de los títulos de crédito, sin ir más lejos).

domingo, 14 de enero de 2007

Juguemos al metadiscurso

**Se recomienda haber visto The Prestige antes de leer este post**

Ocurre con The Prestige como con muchas otras buenas -o muy buenas, o geniales- películas como El bosque, El nuevo mundo o la reciente Banderas de nuestros padres: que el público puede salir de su proyección creyéndose estafado. En estos otros casos habrá que buscar a los culpables de ello entre los responsables de su publicidad, que intentan vender de forma agresiva o comercial lo que no lo es. Con The prestige, en cambio, deberíamos fijarnos en El ilusionista, la agradable obra protagonizada por Edward Norton que aún puede encontrarse en las carteleras. Ajustada a los cánones clásicos, de irreprochable factura técnica y perfectamente interpretada, deja predispuestos a los espectadores a posibles nuevas películas de magos que mantengan una estructura semejante o un discurso continuista con la obra de Neil Burger. Y hete aquí que aparece como el que no quiere la cosa, o peor, como intento de aprovecharse del éxito de esta película, el bueno de Christopher Nolan con The Prestige bajo el brazo.

¿Qué ocurre? Pues que sí, que The Prestige es una película de magos, cierto, pero, antes que nada, es una película de Nolan, lo cual conlleva muchos factores. El primero, una forma de montar la historia a su antojo, inteligente y no arbitraria, jugando con el hilo narrativo, corriendo y descorriéndolo de su bobina, usando a uno y otro personaje como narrador, pero nunca como mero artificio (el mago que lee el diario del otro mago en las fechas en que ese mago intentaba descifrar el diario del primer mago, dos caras de una misma moneda persiguiéndose como un gato a su cola, magistral). El segundo, una historia densa, opresiva, dolorosa, de sacrificios sin fin ni recompensa lo suficientemente grande (la única que se sale del patrón es Insomnio, que más que una película de sacrificio es una película de redención, áunque también sin recompensa final). Y el tercero, y quizás más importante, el metadiscurso.

Digámoslo ya abiertamente. The Prestige no es una película con moraleja, ni siquiera una moraleja con película adosada. Es un ejercicio no de estilo, sino de director, una tesis con ejemplo práctico, un film-ensayo, por llamarlo de algún modo. El film va abriendo su cáscara poco a poco, juego a juego (entre director y espectador, no ya entre Bale y Jackman), truco a truco, hasta que los personajes pierden razón de ser (los secundarios van despareciendo con excusas más o menos veladas y los principales se desvirtúan por multiplicidad, por decirlo de forma delicada) hasta que Nolan, por boca de Bale, habla al espectador, por oído del moribundo Jackman, y le cuenta qué es todo aquello. Una alegoría del sacrificio del artista, que pierde su personalidad en pos del asombro del público, del esfuerzo del escritor, que halla su reconocimiento en los intentos de ese público por intentar ser más listos que el autor, en las preguntas que se hacen a lo largo de todo el metraje de la película, que es el ejemplo aplicado (¿cómo hará el truco éste y aquél? ¿Sería en realidad el muerto el doble borracho de Jackman, asesinado por éste para no tener que pagar el chantaje?) y, finalmente, en el deseo no reconocido de que nos encantaría que nos engañasen así de bien una y otra vez.

Los hermanos Nolan proponen acertijos encadenados desde el principio para que nosotros, incautos, nos hagamos los listos y entremos al trapo, y fallando una y otra vez para, finalmente, darnos cuenta de que la traca final la dicen desde el principio... Sólo que nos negamos a aceptarla porque somos más listos que el hambre, ¿no?

Hay y habrá quien tache de tramposa a esta descomunal película. Desde luego, para mí no lo es, en tanto que en ningún momento el tahúr Nolan esconde sus cartas: vamos a ver un juego, lo tomas o lo dejas. Nada que ver con aquellos verdaderos tramposos que recurren a lo fácil o lo absurdo sin más para justificar lo injustificable (el ejemplo más claro es Fallen).
Digo yo, vamos.

domingo, 24 de diciembre de 2006

Las películas que yo querría dirigir


Hay películas de acción y películas de acción. Y eso que el género de acción es realmente difícil de acotar: ¿pertenecen a él Aliens o Batman Begins? ¿e Infiltrados? Las hay que no son más que puro divertimento, adrenalina y sinrazón, acaso un guión ingenioso (san Shane Black), siempre un protagonista carismático. Como dice Alan Moore, las amamos en silencio y no pensamos que sea necesario nada más (vale, Moore no decía eso de las películas de acción sino de las mujeres, ¿y qué?). Sin embargo, hay otro tipo de películas de acción que podríamos denominar existencialistas. Y en este sub-género, el rey indiscutible es Michael Mann.
Dejemos a un lado El dilema, Ali, o incluso aquella primera versión de El dragón rojo. Centrémonos en sus obras características. Heat. Collateral. Miami vice. Películas todas ellas secas, en las que notas la dureza del bloque de hielo en el que fueron pulidas. En el fondo son una sola: aquélla en que sus personajes están atrapados en el rol que Mann les ha preparado y del que no pueden ni quieren escapar, porque son los mejores en lo que hacen, están dispuestos a llevar hasta el final la situación y, sinceramente, se la suda que el Altísimo se interpusiera entre ellos y su meta, porque dispararían antes; en la que esos mismos personajes no son más que piojos del verdadero protagonista, la ciudad, los rascacielos, no sus inquilinos, ésa es la actriz principal, y su papel es observar la soledad y la tristeza de sus parásitos, cómo se matan sin solución, cómo les consume su propia soberbia, pequeños, altaneros e intrascendentes microbios. No hay en esta película de películas apenas acción, pero, cuando aparece, es brutal, espectacular y cruda (difícil paradoja, pero conseguida gracias a su buen hacer y a detalles muy atinados como el uso de la cámara digital a lo Dogma en películas de tiros), y sus finales no lo son en realidad, simplemente la cámara deja a esos serios personajillos y se va a otro lado, mientras la ciudad continúa con su ritmo perpetuo. El más difícil de los métodos para acabar un filme, pero también el que me resulta más satisfactorio, qué queréis que os diga. Por eso Michael Mann hace las películas que me gustaría hacer a mí.

martes, 5 de septiembre de 2006

La puta que le parió

Bueno, pues ya he visto Alatriste, como el que no quiere la cosa. En parte vi la película porque la protagoniza Viggo, que desde que protagonizó Una historia de violencia me tiene ganado para la causa, en parte porque el personaje y el periodo histórico me tira mucho, en parte porque Pérez-Reverte me tira casi más y me cae de puta madre y además la había recomendado enérgicamente, cosa que nunca había hecho antes con ninguna de las otras adaptaciones que se han hecho de sus novelas (ahora mismo me viene a la cabeza La novena puerta de Polanski y Depp, vaya truño tan inesperado, señores).
Total, que iba predispuesto a que la película me gustara. Y me gustó, pero con matices, con matices que van haciéndose mayores a medida que pasan los días.
Vamos a ver, la recreación que se hace del Madrid de la época es acojonante, de suciedad, mugre y grasa, de príncipes mezclados con mendigos, de vino seco y orín, de mancebías, vidas baratas y prestadas y filos aún más baratos; un buen Madrid, vamos. La iluminación es preciosista, cercana a la de La joven de la perla, como buscando un Velázquez en cada esquina. Las interpretaciones, medidas y correctas en el peor de los casos. En algunas ocasiones (como el final) logra emocionarte. Y Viggo, pues eso, Viggo, que ya es decir mucho. Pero...
Pero no. Cinco volúmenes escritos y otro aún por escribir son muchos para ser cubiertos por una sola película, y la única solución posible a la que puede recurrir Tano Díaz Yanes es la elipsis. Pero una elipsis de la hostia, con perdón. Un abuso de este recurso como nunca he visto antes (la primera novela se la despachan en diez minutillos o así) y que impide que el espectador se enfrasque de veras en la historia, porque cuando un suceso comienza a interesarle hace ya diez minutos que ha terminado. Y, por lo demás, aunque lo intenta, no se consigue nunca dotar a la película de la necesaria espectacularidad (da -mucha- cosa pensar lo que habría hecho con este material un Michael Curtiz, el Kubrick de Barry Lindon, un Patrice Chereau o -¡horror!- un Peter Jackson).
A pesar de todo lo dicho, no podemos negar que es lo máximo que puede dar de sí nuestro cine, que es que no hay más, ni dinero ni talento. Lo que me lleva a plantearos unas cosillas: una, vuestra opinión de la película; dos, por qué se sigue haciendo la sopa boba a los notables bobos del cine español como si fuesen unos lumbreras cuando son incapaces de alumbrar una sola buena idea; y tres, por qué se dice que esta película es la salvación del cine patrio cuando, con su evidente impotencia, no hace más que evidenciar el lastimoso estado de éste. Por supuesto, también podéis aprovechar para insultar al propietario del blog, sana costumbre que ayuda a liberar impurezas y aliviar la tensión facial.

martes, 1 de agosto de 2006

La lista de los listos














En una conversación reciente con Dafaka, concluimos que el cine americano contemporáneo vive un periodo de efervescencia creativa nunca vista hasta ahora, en la que gran número de directores revolucionan el discurso cinematográfico a su total antojo. Este va a ser un post colectivo, en el que cada uno de vosotros va a hablar de las pelis y los directores que más le hayan impactado en los últimos años, pero no sólo citarlos, ¿vale? Y uno por comentario, no seáis ansiosos y copéis todos los nombres en uno solo. Además, podéis ampliar lo comentado por otros, por supuesto.
Yo, por mi parte, empiezo con Darren Aronofski y Réquiem por un sueño, una de las obras más obsesivas, terribles e intensas que he tenido ocasión de ver, en la que todo encaja de forma sobresaliente: interpretaciones frenéticas, montaje variadísimo (casi un intérprete más de la película, que juega a su antojo con el tiempo y la experimentación), banda sonora opresiva (Clint Mansell es, a la sazón, un alumno aventajado de Trent Reznor, así que todo concuerda una vez más) y guión perfectamente construido. Y encima todo en una hora y media de metraje, nada de los tostones plúmbeos de los anillos y los códigos da vincis que nos toca sufrir de vez en cuando.
Os toca.

lunes, 24 de julio de 2006

Hokkaido sushi kempo (II): ¿Cuánto hace que no pegas a tu padre?

El título de este post no es sólo una forma de atraer tu atención sin pudor alguno -que también-, sino una frase salida de una de las mentes más retorcidas del cine contemporáneo, el japonés Takashi Miike. No estoy hablando de un provocador en plan Larry Clark, que cree que con mostrar unas cuantas obscenidades de forma explícita tiene todo el trabajo hecho, sino de un creador que le gusta jugar con los géneros convencionales y estirarlos hasta el absurdo con la finalidad de rozar lo directamente perseguible por la ley.
Tras tirarse unos cuantos años como ayudante de directores como Kitano, este feo nipón decidió volar del nido y establecerse como agitador artístico con plena dedicación, aunque eso supusiera vagar con sus primeras películas bajo el mortecino fluorescente que alumbra los estrenos que van a parar directamente al videoclub. Pero eso no hizo cejar en su empeño a Miike, que, armado de un valor encomiable, se echó al monte y se empeñó en estrenar varias obras en el mismo año (y cuando digo varias me refiero a cinco o seis).
Pronto se ganó una vitola de terrorista fílmico que le empujó al circuito europeo de videoclubs, tan mugriento o más que el japonés, pero que, de forma indudable, aporta más caché entre los talibanes cinéfilos. No obstante, había algo en Miike que le apartaba de la bazofia más inmunda del resto de estrenos de serie B: sus películas eran arriesgadas, ya no sólo en cuanto al tratamiento de la violencia, sino en cuanto a la mezcla de géneros y la forma en la que resolvía las escenas. Era cierto, a pesar de todo. Miike era un buen director.
Además, su efervescencia creadora era también cualitativa. Cada vez dirigía mejor, cada vez arriesgaba más, cada vez le importaba menos lo alejado que quedara del cine mainstream, cada ve se inclinaba más por reflejar sus obsesiones y sus influencias. Y así, hoy en día, tenemos en Miike al más importante director japonés del momento (una vez que Imamura acaba de morir), venerado por todos los entendidillos de Hollywood en materia de transgresión y friquismo: Tarantino, Eli Roth (ese cameo inquietante en Hostel)…
¿Qué ha hecho este hombre para merecer eso? Como es natural en este país tan nuestro, la única película suya que ha tenido cierta repercusión en nuestras carteleras ha sido precisamente una de las más flojas, Llamada perdida, un intento de sátira no demasiado conseguida y menos aún entendida (esa chica que se sabe condenada y, tras pedir ayuda lo único que consigue es que retransmitan su muerte en directo) del terror japonés ya comentado hace unos posts por aquí mismo. Por supuesto aquí se vendió como una más de la Factoría Zuzto, así que el fracaso comercial consiguiente hace difícil que se vuelvan a arriesgar con el entrañable Takashi. Lo único que nos queda es acudir a la Fnac para hacernos con delicias turcas como ese corpus unido sólo por el absurdo que es la trilogía Dead or Alive (que, tras unos diez primeros minutos impresionantes, brutales, geniales, excesivos y nunca vistos, contiene homenajes al cine de yakuzas y Blade Runner pasando por bellos recuerdos de infancias perdidas sin olvidar por ello marcianas referencias a Bola de Dragón, por ejemplo), la desconcertante Audition (con dos mitades opuestas; una preciosa, la otra enferma), esa traslación de Scarface al mundo de la mafia japonesa que es Cementerio yakuza (mucho más adecuado el original Graveyard of honor), o la excesiva -incluso entre esta serie de pelis que estoy haciendo- Ichi the killer. Dejo para el final las dos que más me han impresionado, que además son de las últimas que ha realizado: Gozu, una vuelta de tuerca al universo de David Lynch y Cronenberg, pero con un surrealismo tan pasado de revoluciones que lo emparenta en ocasiones con Buñuel; y la definitiva Visitor Q (que es de donde procede el título de este post). En internet podréis leer que es la más extrema de todas las películas de Miike, y lo cierto es que, en principio, el cartel que ofrece es para hacérselo mirar. Y es que el chico no ha escatimado esta vez en gastos: incesto, necrofilia, humor absurdo y nihilismo parental rodado de modo amateur en formato digital. Sin embargo, esto que en principio daría como resultado una basura despreciable acaba siendo de forma sorprendente una exaltación de la figura de la madre en particular y de la unión familiar en general. No me preguntéis cómo, pero es verdad. Una vez más, Miike se ríe de todo cuanto le rodea y se sirve de nuestros tabús y miedos para sorprendernos con el mensaje contrario al esperado por morbosos y cretinos.
Ésa es la clave del cine Miike: las vueltas de tuerca inesperadas en el fondo o en la forma. Ahí tenéis unas cuantas recomendaciones. Ahora sólo falta que os atreváis con él.

jueves, 13 de julio de 2006

El hombre de acero y el director correctito

Partamos de la base de que nunca me ha gustado Superman. No al menos como personaje, aunque sí como concepto base. Es sin duda el paradigma del superhéroe, una especie de Dios entre los hombres, alguien que vela por la humanidad sin recibir nada a cambio y que siempre acaba triunfando. Vale. Ahí se acaba la gracia de Superman. Porque el problema de este personaje es, precisamente, él mismo. El ser alguien invulnerable y el protagonista de una serie de superhéroes hace que pierda toda emoción, ya que sabemos de antemano que nada le puede dañar y que, por tanto, ganará siempre. Sí, es verdad, también está lo de la kriptonita, pero bueno, eso está bien para un par de números, no para tirarse casi un siglo sacando aventuras del tipo en el que deba recurrirse siempre a la kriptonita. Un coñazo, vamos. Por no hablar de que vive en una ciudad de cretinos que no son capaces de descubrir la personalidad secreta de Superman cuando su único disfraz son unas gafas. Y para terminar de arreglarlo, resulta que su archienemigo es un tarado calvo. ¿Cabe mayor desequilibrio entre adversarios? ¿Un dios frente a un calvo?
Así, pues, acudí ayer a ver Superman returns con la sensación de que la película iba a tener que ser muy, muy buena para que lograra cautivarme esta nueva entrega del Salvador asexuado de leotardos azules. Lo único que parecía asegurar que no sería mala es que estaba dirigida por Bryan Singer, responsable de la muy notoria Sospechosos Habituales, de la interesante Verano de corrupción y de las dos primeras y correctas entregas de los X-men. Y digo bien, correctas, porque, a pesar de su llamativa ópera prima, lo cierto es que el carácter creador de Singer parecía haberse atemperado en los últimos tiempos. Es indudable que tiene cierto estilo que se hace patente en todas sus obras, pero es un estilo amordazado, como con miedo de trascender, de llamar la atención. Lo que llamaríamos un artesano de Hollywood, pero, en este caso, un artesano autoimpuesto, autocensurado. Una cosa un tanto fea, a mi parecer.
Y lo que me encontré fue con una mezcla de estos dos factores ya descritos en los que cada uno da lo peor de sí mismo, y en el que lo único que de verdad vi con agrado fue la interpretación de Brandon Routh, que en algunos momentos resultaba un calco del finado y entrañable Christopher Reeve. El resto no son más que dos horas y media (por tanto, no son más ni menos) en las que el equipo de guionistas hace gala de un desconocimiento total del personaje y de cómo elaborar un guión como Dios manda. Porque en semejante ladrillo, en una película de extensión tal, se permiten el lujo de no dar ninguna explicación de cómo se ha llegado a ese punto de la historia y de dejar al final enormes cabos sueltos, por no hablar de que intentan llevar una estructura clásica de planteamiento-nudo-desenlace y se olvidan del desenlace. Es decir, en una película como está no hay clímax, no hay enfrentamiento entre protagonista y antagonista, retratado aquí de forma miserable como un vulgar memo que se enriquece a base de heredar fortunas de viejas con las que se casa y cuyo plan maestro (que no voy a destripar) es lo más ridículo que había oído desde aquello de la paz bisónica de Street Fighter (ver post correspondiente), claro que aquello era un joya del humor y esto no. Por lo demás se desprecian las posibilidades que podía ofrecer el personaje de Superman (que ya he dicho que me parecen limitaditas, pero es que ni por ésas siquiera), al que sólo se le hace cargar con cosas cada vez más grandes (un avión, un cacho de roca, medio yate, bla, bla, bla) y se da al espectador -repito- dos horas y media de tedio en el que sólo hay una escena de acción relevante y está a la mitad de la cinta, una nueva muestra del despropósito que es el guión, rematado por unos veinte minutos finales absurdos e innecesarios.

Fría, blanda, aburrida y lela, Superman returns supone una decepción hasta para quienes íbamos pensando desde el principio que no nos íbamos a encontrar con nada del otro mundo. Compararla con las dos entregas de Spiderman y, sobre todo, con Batman Begins, provoca un vértigo que ni siquiera se merece. Ahí queda eso.

miércoles, 28 de junio de 2006

Hokkaido sushi kempo (I): Qué zuzto!

No sé a ciencia cierta si es que comienza a disiparse el furor por el cine de horror oriental o porque ya forma parte del espectro que conforma nuestras carteleras. Y no me valen las explicaciones del tipo El Código Da Vinci ("es mala y punto"): en este caso el fenómeno es tan amplio y heterogéneo -a pesar de unos característicos lugares comunes- que hay de todo: desde tostones infumables hasta obras interesantes. Pero lo único cierto de verdad es que poseen elementos de los que carece el cine de miedo occidental y que, en muchas ocasiones, lo supera. En mi opinión esto sucede de un modo semejante al del origen de alas en insectos y aves: se parte de orígenes muy diferentes para acabar concurriendo en un mismo destino. En este caso ocurre como con el anime, que el origen de sus técnicas y sus rutinas (las caras inexpresivas en las que sólo se mueven los labios) habrá que rastrearlo en el ancestral teatro kabuki o de las máscaras. Echadle un ojo a esto porque no es una teoría descerabrada en absoluto.
Por tanto, lo del cine de terror, ya sea The Ring, La maldición o The Eye, entre otros títulos, responde más a ese atávico mundo de los espíritus tan presente en las mitologías del Lejano Oriente. El problema es que las historias acaban siendo muy semejantes y, salvo las atmósferas y los excelentes momentos de tensión, se acaba cayendo de forma indefectible en el tedio.
No obstante, parece que existen visos de renovación. Hace unos días, y, como viene siendo normal últimamente, vía Dafaka, me tragué una de las últimas pelis de Takashi Shimizu, Marebito. Para mi sorpresa, lo que comienza como un sucedáneo más de la misma historia, again and again, acaba convirtiéndose en una obsesiva película más cercana a Lynch o Cronenberg, pasado todo por una temática que la hermana con Lovecraft. Un tío se mete por conductos de ventilación del metro hasta aparecer en el Mundo Interior, donde se encuentra a una vampiro que rapta como mascota. Relato obsesivo de miedos íntimos en el que la historia no es lo más importante. Recomendable, aunque hay que ir preparado con estómago y moral suficientes.
En fin. Qué quieres que te diga, yo me cago con esas putas películas, soy un puto crío.

sábado, 6 de mayo de 2006

Fueron los mejores

Lo fueron. Y digo bien. Ya no. Lo tuvieron todo para mantenerse en la cumbre, pero, de repente, las musas decidieron partir. Además, se les fue a los dos a la vez. Porque, aunque son dúo, me niego a creer que son dos entes perfectamente divisibles. Hemos visto sus cuerpos, sus rostros, sus miradas nerviosas de niños perseguidos encerrados en cuerpos de hombres, sus pelos rizados por separado, pero su mente no. Sólo son uno en mente, y, de la noche al día, se vino abajo. Empezaron rápido y bien, con unas energías tremendas, en sólo dos películas tomaron el control del cine contemporáneo y lo apretaron con firmeza.
A Sangre fácil le siguieron Arizona Baby, Muerte entre las flores o Barton Fink, todas ellas marcadas por ser unos enrevesados pastiches de la cultura norteamericana, al más puro estilo de Chandler, pero no necesariamente restringidos al género negro. Y siguieron así, su doble mente hiperdesarrollada y tortuosa parió más y más, hasta llegar a un cénit pocas veces conseguido antes. Su mente doble había clavado un doble salto mortal como si nada: Fargo y El gran Lebowski. Qué os voy a decir de ellas que ya no sepáis, hijos míos. Eso sí, si no las has visto, márchate de este blog, no eres bienvenido.
Y, en un suspiro, se fueron. En sólo un soplo de aire todo se fue al garete. Empezaron a tropezar con un musical personalísimo como O Brother! que, a pesar de todo, se salvaba de la quema; siguieron con un homenaje a las comedias clásicas de Cukor y compañía que no albergaba ni rastro de nuestros hermanitos (salvo el final del asesino smático, lo reconozco); y finalmente la cagaron de forma calamitosa haciendo un remake (¡ellos haciendo un remake!) de una de las joyas del humor inglés (si no LA JOYA) : El quinteto de la muerte.
The ladykillers, y el extraño parón que ha seguido a su estreno, me hacen temer lo peor: que a nuestros Coen nos los han cambiado. Recemos por que no sea así.

jueves, 4 de mayo de 2006

Anverso y reverso




















Las jornadas nocturnas posteriores a mi vuelta de Bruselas estuvieron marcadas por dos películas, demasiado contrastadas entre sí. En primer lugar me tragué Dominó, la última obra de Tony Scott, aun no estrenada por estos lares y que cuenta, como mayor reclamo, con Keira Knightley, una chica que empieza a cansar ya de tanto hacer filmes por un tubo sin que ninguno de ellos merezca la más mínima consideración. Este caso no iba a ser diferente. No he visto jamás un ejemplo semejante de metraje pretencioso y vacío de contenido. A estas alturas empiezo a plantearme que Tony Scott nos vacila desde hace años y se enriquece en base a dos detalles: el parentesco que le une con Ridley, quien de paso creo que también nos hace el tocomocho más de la cuenta, y haber parido un par de películas dignas tirando a cojonudas (la mejor de todas, sin duda, Amor a quemarropa). Pero con Dominó ya me ha tocado pelín los innombrables. Ya está bien de que los montajes vertiginosos y las imágenes tratadas hasta la saciedad escondan el ridículo espantoso de un guión de parvulitos. Y, sobre todo, ya está bien de que el Scott éste repita el mismo final peli tras peli en vista de que la primera vez causó sensación. Pero que el puto tiroteo de Amor a quemarropa se repita en Enemigo público y ahora en Dominó punto por punto ya clama al cielo. Y de lo de que Tom Waits haga un papelito en semejante bodrio es de echarse a llorar. Uno ya no sabe en qué creer...
Harto de estos graciosillos que viven del cuento, oiga.
Menos mal que la noche siguiente me empapé de Johny cogió su fusil, el tremendo alegato de Dalton Trumbo contra los que envían a la muerte a sus hijos en el nombre de la democracia. Es una peli para verla y reflexionar, no para echar aquí parrafadas. Sólo dos cosas: no somos conscientes (o peor aún, no nos importa) del daño que puede hacer la naturaleza humana a quienes nos rodea; y, en segundo lugar, no consigo imaginarme lo que habría hecho Buñuel con este guión (un proyecto que desechó cuando ya estaba muy avanzado).
En fin, os ofrezco una mierda y una joya. ¿De cuál de las dos queréis hablar?

lunes, 1 de mayo de 2006

Dos por el precio de uno (II): A la mierda con todo


El día antes de marchar hacia Bruselas me armé de valor para ver la última película que me había comprado: Grupo salvaje. Mi gusto por Sam Peckinpah nace de los tiempos en que estalló la fiebre Tarantino, en la que todo lo que era violento molaba. De ahí hubo que recurrir a la Historia para descubrir que lo de Pulp Fiction o Reservoir Dogs era bueno, pero no novedoso. La primera película que vi fue Perros de paja, en la que me encontré con un Dustin Hoffman muy diferente al que, en aquellos tiempos, sólo conocía de cosas como Rain man. Esta película era el sueño de todos aquellos que nos veíamos como apocados o enterrados en un marasmo de convenciones que arrinconaban nuestro espíritu. La violencia era en este caso tratada con detenimiento, a cámara lenta en muchas ocasiones, una roja catarsis, un "llevarse a todo por delante sin importar las consecuencias" que me resultó original por su sinceridad, tan extraña de ver en el cine.
Y la segunda que vi fue Grupo Salvaje. He de reconocer que no me enteré de nada la primera vez que la vi. La segunda empecé a comprenderla. Así sucesivamente. Esta última vez me ha maravillado. Y supongo que, cuando cumpla 30 tacos, comenzará a ser la película de mi vida sin discusión. ¿La razón? Pues no sé, pero creo que es la película de la madurez por excelencia.
Cuánto desarraigo debió sentir Peckinpah en vida, qué poco debía interesarle lo que le rodeaba cuando rodó lo que rodó y como lo rodó. Sólo he visto en cine algo semejante, por paradójico que resulte, en el cine de Malick. En esta ocasión, cuando llegué a la escena del poblado mexicano al que acuden huyendo de Robert Ryan, no pude evitar recordar que el carácter bucólico de esos minutos era el mismo que desprendía El nuevo mundo. Otra vez el buen salvaje, otra vez la vida sin civilización como único modo de escape (tema recurrente en este blog pero de un modo totalmente inconsciente, advierto). De hecho, el personaje más despreciable de toda la película es ese Zapata de palo que negocia con los alemanes (la civilización), un salvaje reconvertido en hombre de occidente, un caín sin salvación.
Por ello, por cómo ese hombre ha mancillado el regalo que tenía (no pertenecer a la civilización moelna) es por lo que los hombres de Pike se ceba con él y los suyos. El grupo salvaje es un puñado de renegados de la sociedad, que no tienen cabida en ella ni la necesitan, pero que no pueden huir de ella, esta sociedad les perseguiría por mera soberbia. Saben que están condenados, que no tienen hueco en ese tiempo en el que aparecen ya hasta los automóviles y toman la decisión. De hecho, ya la tomaron cuando marcharon de aquel poblado indígena (una de las escenas más conmovedoras que he visto jamás), pero la tortura de la que es víctima uno de los suyos (da igual que sea el más conflictivo de ellos) es sin duda el detonante.
Sólo queda por vivir un último contacto con una mujer, lo único cierto en sus vidas, y mirarse a los ojos:
- Es hora de irse.
- ¿Por qué no?
Nunca siete palabras encerraron tanto significado. Nunca las miradas y las palabras que pueden tener lugar en diez segundos pudieron llenar tantos tratados sobre la naturaleza humana.
Ya sólo quedaba el fin de la huida. Ya sólo quedaba la gloria.
(Se nota que me gusta, ¿no?).

The wild bunch, la obra maestra de Sam Peckinpah está protagonizada, como ya se ha dicho, por Robert Ryan, pero los que de verdad se llevan la palma son William Holden y Ernst Borgnine. Todos ellos dinamitaron hasta sus cimientos el género del western. A su lado, Sin perdón no es más que un gran epílogo, pero nada más (que conste que también me encanta).

jueves, 20 de abril de 2006

Kaplan se pone duro (y III): Díselo a la mano

Mario Kassar y Andrzej Vajna no daban crédito. Acababan de asistir a una sesión de Matrix Reloaded y comprobado cómo un caballo les acababa de pasar por la derecha en la recta final a la meta. Ellos, que habían conseguido las mieles del éxito en la taquilla con Terminator 2 contemplaban el nuevo rumbo que, para bien o para mal, había tomado el cine de acción. Estaban superados por los acontecimientos justo cuando Terminador 3 se encontraba en fase de preproducción. Tras secarse el sudor frío que les provocó el saberse relegados de su puesto decidieron optar por la calle de en medio. "Asumamos lo que puede ser hoy un nuevo Terminator", debieron decirse, "y hagámoslo realidad".
A pesar de que el argumento de la saga parecía haber quedado cerrado de forma correcta en la segunda parte había que seguir con ella. Para eso contaban de antemano con los servicios del inefable Schwarzenegger, que andaba como loco por coger un buen papel que le rescatara del ostracismo en el que se encontraba sumido (previas elecciones en California). Como director, una vez descartado a James Cameron, se recurrió a Jonathan Mostow, que había demostrado una solvencia sobrada en películas como la angustiosa Breakdown o U-571.
Y así, en unos meses, con un inevitable tufo a intento de vivir de las rentas, Terminator 3 llegó a las carteleras. Pero lo que nadie podía imaginar era lo que estaba a punto de ver. La película es el perfecto ejemplo de lo que Rodríguez Lafuente me explicó ayer en clase: una película que divierte al común de los mortales, pero que, a quien tiene un mínimo de cultura cinematográfica, deja boquiabierto. En efecto, los productores decidieron tirar por la calle de en medio, mandar todo a tomar por culo y hacer la película de acción más destroyer de la historia del cine, en la que, además de escenas brutales, tiene cabida la deconstrucción más inteligente de todos los topicazos del género (y, en particular de la saga en sí). Estaban ahí desde hace más de veinticinco años, pero sólo el guión de este filme (obra de los desconocidos John Brancato y Michael Ferris) supo pasárselos por el forro de una forma tan brillante y sin tener que caer en la parodia fácil tipo Hot Shots!.
El John Connor de esta tercera entrega ha dejado de ser el rebelde libertador de la humanidad para convertirse en un matao, un tirao, un patético yonqui que no tiene dónde caerse muerto (interpretado por Nick Stahl, que no se merece siquiera la denominación de antihéroe; en todo caso la de ahéroe). En una de sus juergas habituales asalta una clínica veterinaria para ponerse hasta el culo de fenobarbital (utilizado para castrar químicamente a los perros). Su propietaria resulta ser su futura mujer, y por eso a ambos les persigue la mala, la Terminatrix, un guiño a la serie B más rancia ya que se apela con el máximo descaro al reclamo de un androide-pibón capaz de aumentar su pecho con total libertad. Pero la parejita contará con la ayuda de un Arnie que, desde el principio, demuestra que hace la película sólo para reírse de sí mismo y de sus interpretaciones anteriores. La escena recurrente de cómo obtiene la ropa tras viajar en el tiempo es tan absolutamente hilarante que no puede ser descrita: hay que disfrutarla tal cual.
Además, entre detalles argumentales magistrales se cuelan las ya nombradas escenas de acción. Dos en especial: la respuesta natural a la secuencia de la autopista de Matrix Reloaded, que aquí se convierte en una persecución de una furgoneta a manos de un tráiler grúa de 18 ruedas mientras, de paso, se destruye sin venir a cuento media ciudad con dicha grúa (ver para creer) y una hilarante pelea de los dos terminators en un cuarto de baño a golpe de inodoros. Y todo para terminar con la guinda del pastel: un final asombroso, genial y oscuro, que torna las risas que genera todo el metraje anterior en un gesto de sorpresa y admiración. Y no exagero un pelo, que conste.
En fin, como muestras de la mala baba que destila este peliculón hacia sus predecesoras, aquí tenéis estos dos botones:

La mujer de John Connor: "¡Jódete, gilipollas!".
Terminator: "No puedo acatar esa orden".

John Connor: "¿Estás seguro de que ella y yo acabaremos casados?".
Terminator: "Tu confusión no es racional. Es una hembra sana en edad de procrear".

Terminator 3, la película de acción más inteligente que se recuerda (lo siento, V de Vendetta), pasó desapercibida en su momento, pero atesora un guión verdaderamente impresionante, además de dos de las escenas de acción más hardcore (¡venga, más destrucción!) que he visto en mi vida. Dadle una oportunidad, en serio.

miércoles, 19 de abril de 2006

Kaplan se pone duro (II): Lo mejor de lo peor


Cuando éramos pequeños, íbamos al cine sin importarnos en absoluto aquello que nos disponíamos a ver. Las Tortugas Ninja, Colmillo Blanco, cualquier tontería nos valía. Sin embargo, a todos nos llegó un momento, un punto de inflexión en el que nos replanteamos si aquello a lo que estábamos asistiendo merecía la pena, es decir, un primer contacto con nuestro sentido crítico. Pues bien, a gran parte de nuestra generación hubo una película que nos abrió los ojos de forma descarnada. Su nombre no ofrecía lugar a dudas: Street Fighter, la última batalla.
Basado en uno de los más populares videojuegos de la época, este film estaba guionizado y dirigido por Steven E. de Souza -por lo que podemos incluirlo ya en lo que se llama cine de auteur-, guionista de (pásmense) La Jungla de Cristal o Commando. La historia cuenta cómo William Guile, coronel de los EEUU, (interpretado por Van Damme con un insólito desprecio macarra hacia el espectador) comanda las tropas que combaten al general Bison en la remota región de Shadaloo (toma ya). Este general está encarnado por el bueno de Raul Julia en la que fue su última película (moriría al terminarla). Se encontraba gravemente enfermo de cáncer, lo que no hace sino acrecentar el patetismo de la película: su cara es la de un enfermo terminal y nunca aparece sin la característica gorra del personaje para no mostrar los estragos de la quimioterapia en su cabello. Bison controla un ejército no mayor de cincuenta hombres desde una base militar que más bien parece un almacén medio derruido que -nadie sabe por qué- tiene una enorme campana en el centro. Su intención es la de crear un ejército de superhombres que le ayuden a conquistar el mundo. El primer ejemplo de esta nueva raza es Blanka, un amigo de Guile al que mutan a base de un liquidillo que parece sacado del quimicefa y unas imágenes dignas de Impacto TV. El experimento, comandado por el científico Dhalsim (un indio que, de buenas a primeras, aparece calvo cuando se ha tirado la mayor parte del metraje con pelo), convierte a Blanka en una especie de Axl Rose pasadísimo y pintado de verde que acojona tanto como avergüenza.
Este hecho cabrea mucho a Guile, que jura vengar a su amigo. Pero no estará solo. Le acompañarán Kylie Minogue -lo juro- con una cara de no saber qué coño pinta en medio de semejante cosa, Ryu y Ken (dos tíos que van de guays e intentan vender a Bison un cargamento de rifles que disparan pelotas de tenis en vez de balas) y una pintoresca unidad móvil de televisión formada por una karateka, un luchador de sumo y un boxeador -lo vuelvo a jurar- que también están cabreados con Bison, aunque no sé por qué. De hecho, la karateka llegará a dar una somanta de hostias tremenda al pobre general, que se estaba tomando un daikiri vestido con una bata de seda, unas pantunflas y (en efecto) una gorra militar. Por último, tampoco podremos olvidarnos de los dos capos del crimen en Shadaloo, Sagat -un calvo tuerto mariposón- y Vega -un español (o así) mariposón-.
Todo esto conforma un cóctel de bizarrismo friqui (que se permite incluso guiños a Godzilla y Good Morning, Vietnam!) que no ha tenido en estos años un competidor que merezca siquiera la comparación. Especialmente reseñables son los depósitos de cadáveres con minirradares, los decorados de la base de Bison que se tambalean al rozarlos, el ataque final ¡en una lancha! (quizás porque no tenían dinero siquiera para alquilar un avión) y, last but not least, el momento en que Bison se cae encima de unos ordenadores, le dan calambre y, por ello, adquiere el poder de volar y lanzar rayos (“es magnetismo superconductor, supongo que lo conocerás”, le explica el chicken a Guile).

Inolvidable de principio a fin, truñazo clásico imperecedero, su visión es obligada desde ya (bajáosla, pedídmela, robadla, ¡haced algo!). Para abrir boca os dejo con unas citas rescatadas para la ocasión:

Bison: “Esperaba enfrentarme [a Guile] en el campo de batalla, un caballero guerrero frente a otro, en un respetuoso combate… Sin duda le habría partido la columna… ¡Raaah!”.

Bison: “Sólo quiero crear el perfecto soldado genético. No por el poder, no por el mal, sólo por el bien. Exterminarán cualquier credo, cualquier nación…, hasta que todo el planeta esté bajo el principio de la paz bisónica”.

El luchador de sumo: “Soy sumo, hermano, mi cuerpo puede estar en un sitio y mi mente en otro”.
El boxeador: “Pues la próxima vez que se vaya de paseo dila que traiga una pizza”.

Un enviado de la ONU: “¿Ha perdido el juicio, coronel Guile?”.
Guile: “¡No, ustedes han perdido los huevos!”.

martes, 18 de abril de 2006

Kaplan se pone duro (I): Si le tocáis, os mato

Tenéis que comprenderlo. En tiempos en los que la falta de liderazgo social es patente la gente se agarra a lo que sea. Como veis, yo me agarro a Bruce. Por suerte, Bruce no es precisamente lo que sea. Un tipo nacido en Alemania cuyo primer escarceo con la interpretación fue un papelillo en un episodio de Corrupción en Miami y que, de ahí, pasa a protagonizar con la entonces célebre Cybill Shepherd Luz de luna no parece algo normal. Por suerte, Blake Edwards pronto le escogió para protagonizar una de las mejores comedias de los ochenta junto a otra estrella en alza, Kim Bassinger. La película se llamaba Cita a ciegas y no tiene perdón de Dios que no la hayáis visto.
Y poco después llegó a la cúspide. Del edificio Nakatomi, se entiende. En 1988 se creó Jungla de cristal, pero sobre todo se creó el personaje clave de los últimos veinte años (ni Forrest Gump, ni Keyser Soze, ni Vincent Vega, ni hostias), John McLane. El hombre de la resaca de mil pares de cojones, el que no tiene tabaco cuando tiene que salvar el mundo, el de la camiseta de tirantes sucia, el de la voz de Ramón Langa. John McLane, he dicho. Saga en la que lo que menos importa es el argumento (porque, vamos a ver, esto es como lo de Jack Bauer, ¿por qué no llama al ejército cada vez que le pasa algo malo a primera hora de la mañana si ya sabe de antemano que va a ser el comienzo de una guerra mundial?), Die Hard puede ser la trilogía de mayor diversión y honestidad que se haya hecho. Cero pretensiones, sólo adrenalina. No contento con haber parido tan prematuramente al monstruo, Willis se dedicó a poner huevos que bien podían pasar como secuelas de la Jungla, entre las que sobresale El último boy scout, apoteosis del cine de machos mezclada con diálogos a lo Raymond Chandler -“ojalá el cielo no fuera azul, ojalá la lluvia no mojara y ojalá no quisiera a mi ex mujer”- y lo mejor de Arma letal -“si me tocas te mato [y le mata]”-.
Con el tiempo el chico se nos domesticó y cometió errores poco menos que imperdonables (el bodrio inenarrable de Un muchacho llamado Norte, la vergonzosa imitación de Instinto básico que es El color de la noche, la descomunal Mercury Rising -sí, la del niño autista que descifra un secreto de Estado introducido en un crucigrama-, el blasfemo remake de Chacal…) para sólo volver por sus fueros con una joyita llamada Persecución mortal (no hay palabras para describir cómo pega un bofetón a Sarah Jessica Parker y la echa de casa… ¡por haberle tirado una copa de whisky por el desagüe!).
Por suerte, el desdentado y patético boxeador y cantante que es Willis decidió ponerse serio y dejar claro que, aparte del imprescindible John McLane, es un excelente actor: Pulp Fiction (interpretando a un buen boxeador, su quimera), Doce monos… y Night Shyamalan, el director que fue capaz de oler más allá del hedor de su camiseta de tirantes y puso a su servicio las dotes que hacen de él el mejor director de suspense de la actualidad para dar forma a El sexto sentido y El protegido (en unos papeles que me recuerdan mucho al Bill Murray de Lost in translation y Broken flowers, ¿qué opináis?).
Al gran Bruce sólo le quedaba interpretar a Hartigan, el mejor personaje creado por Frank Miller en Sin City y anunciar la preparación de Jungla de cristal 4 para cerrar el círculo. Ya sabéis, McLane nunca se fue porque nunca dejó de estar ahí, sólo estaba tomando unos cuantos bourbon sin hielo mientras agotaba su cajetilla de Marlboro.

Bruce Willis, irresistible alopécico desdentado de 51 años, puede ser el único actor que es capaz de hacer películas de acción, comedia, suspense y drama (este último palo aún no lo ha tocado, pero tiempo al tiempo) y que no chirríe en ningún registro. Ni aunque lo intentes harto de vino, Nicholas Cage.

jueves, 6 de abril de 2006

Él conoce vuestros miedos

Cuando, de repente, la narración se interrumpe al poco de empezar y se ven pasar las hojas de un libro grabadas con una película sobreexpuesta bajo las primeras notas de una opresiva versión del Closer de Nine inch nails, comprendes que algo ha cambiado. Lo que estaba empezando como una película de detectives de tono misterioso pega de pronto un salto no visto hasta entonces. Algunos estetas con vocación de videoartistas lo habían intentado a lo largo de los ochenta con una suerte muy desigual (Adrian Lyne, Russell Mulcahy, los hermanos Scott). Sin embargo, con ese comienzo opresivo y escalofriante no sólo comenzaba Seven, sino que se abrían las puertas a una nueva aportación cinematográfica: la de las técnicas de un género ya maduro (el videoclip) entendidas ahora no sólo como efectos sino como contenido en sí mismas.
En los títulos de Seven estaba concentrada toda la historia que se desarrollaría en el resto de metraje, pero también el rock industrial y dañino de Trent Reznor, la estética visual de Dave McKean y, por supuesto, el estilo visual barroco y asfixiante del director, David Fincher. A diferencia del apestoso histerismo de Mulcahy o el esteticismo vacuo de Lyne, Fincher sí había decidido que tenía algo que contar: quería hurgar con su estilete en los miedos propios del anquilosado hombre occidental.
Curtido en colaboraciones con el pequeño Reznor, tuvo su primera oportunidad de meterse en el mundo del cine cuando le ofrecieron realizar la tercera entrega de Alien. Aun resultando fallida en comparación con el resto de la saga, el Fincher primerizo se las arregló para mostrar los miedos de una comunidad cerrada (los residentes en el planeta-presidio) ante la introducción de un extraño (una mujer, pero también un alien); un tema que Crash trata en la actualidad de una forma más evidente y constante.
A diferencia de muchos otros directores de videoclip que se estrenan en el cine con discretos resultados, Fincher se encontró con un guión de David Koepp que casaba a la perfección con sus ideas: un psicópata que, harto de la hipocresía que mancha cuanto le rodea, decide aplicar siete castigos ejemplares. La intensidad con la que se rodó Seven, junto con las interpretaciones (en especial de Kevin Spacey), la fotografía de Darius Khondji y el traumático final, acabaron por catapultar a su joven director al estrellato de un Hollywood artrítico, al tiempo que generaba la producción de cientos de malas imitaciones.
El siguiente paso fue despojar al prohombre americano de cuanto tenía y enfrentarle con su verdadera naturaleza y con la falsa realidad más realista que pueda imaginarse en The game, museo de los espejos que suscita unos sentimientos encontrados que terminarían cristalizando con su siguiente obra: El club de la lucha. La mezcla de Fincher y Palahniuk (dos de los más grandes genios destroyer del momento) resulta explosiva, ambigua, crispante, polémica, anárquica, genial. La conclusión que arroja a la sociedad: nenitas, no estáis preparadas para la vida, no tenéis los cojones necesarios, dejadme que yo os abofetee un poquito para que espabiléis.
Como terapia ante la neurosis que produjo el contacto con Palahniuk, Fincher optó por una obra más relajada pero no menos redonda, una que mostrara que nuestra protección es nuestra cárcel, que somos presos de nosotros mismos, que estamos solos (y muertos, que diría Miller) y ésa es la única verdad. La llamó La habitación del pánico.
En unos meses, Fincher continuará la autopsia a la especie humana con Zodiac, una reconstrucción de los asesinatos del Zodiaco desde el punto de vista de los periodistas que siguieron el caso. No hace falta que os diga que hay que verla sin falta, ¿verdad?

David Fincher, forense metido a director, continúa meditando cómo meter mano a los males de una sociedad decadente hasta lograr que escueza con rabia sin tener que salir de un anonimato muy beneficioso para sus disecciones.