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martes, 3 de abril de 2007

El gran robo de América


No sé sinceramente si nos encontramos ante la mejor campaña de márketing discográfico de la historia o ante el disco conceptual más currado de la historia, pero tanto de un modo como de otro, creo interesante enseñaros esto.

Este mes sale a la venta el último disco de NIN, Year Zero, grabado a pelo por Reznor con su portátil durante la última gira del grupo. El disco es mucho más electrónico que el penúltimo -With_teeth-, pero no voy a hablar de lo estrictamente musical. Las letras de las canciones tratan acerca de "dónde podríamos estar dentro de quince años de continuar por el mismo camino que estamos siguiendo ahora, particularmente en Estados Unidos", es decir, la pesadilla distópica de turno. El caso es que en la espalda de las primeras camisetas que sacaron a la venta con este nuevo lanzamiento iba escondida una dirección web, iamtryingtobelieve.com, que no es sino la punta del iceberg de lo que Reznor había montado para apoyar Year Zero. Son, en total y de momento, diecinueve websites creadas para la ocasión que versan sobre diferentes aspectos de la historia, que se completará asimismo con la continuación puramente discográfica de este disco y que saldrá, en teoría, el año que viene.

Me gustaría que le echárais un ojo porque me parece que es francamente interesante tanto si es una cosa -estratagema comercial- como otra -complemento currado de un disco-. Yo, de pronto, lo veo como un paso más de la mutación a la que está obligada la industria discográfica dada su recesión irremediable.

En fin, aquí os dejo las páginas en cuestión, navegad por ellas porque tienen algunos contenidos bastante chulos. Iré añadiendo aquellas otras que vayan apareciendo y me entere de su existencia:



















Y aquí os pongo el primer vídeo musical del disco, que también tiene una temática acorde con el concepto, que diría el de Airbag. La canción se llama Survivalism:

lunes, 12 de marzo de 2007

Manifestaciones, banderas, terrorismos (II): El más genial


Manifestaciones, banderas, terrorismos (I): España, campeona del Mundial de Fútbol


Por fin, los aficionados españoles pudieron echarse a las calles a celebrar la victoria de su selección del fútbol como tantas veces habían deseado de forma infructuosa. Miles de banderas ocuparon la plaza de Cibeles en Madrid como si de un título del Real Madrid -la segunda selección española, al fin y al cabo- se tratara. Y todo gracias a los goles de los recuperados para la causa Mendieta y Etxebarría, que fueron recordados en los cánticos de la alegre multitud con tonadillas como "Etxebe, Mendieta, ésos son vascos y no los de ETA".

Keep dreamin', my friend, me temo.

domingo, 4 de marzo de 2007

La invasión de los hombres quesito










Ya os lo he mandado a la mayoría de vosotros por mail, pero no puedo dejarlo ahí, me temo que hay que alertar a toda la población ante esta inminente y peligrosa invasión. Se comportan como nosotros pero son más redondos y pizpiretos, ¡horror!

Ante vosotros, el homoquesito, el quesito extraño-amigo-de-los-niños y el quesito borracho, los tipos más escalofriantes de hombres quesito que me he encontrado hasta ahora.


EDITO: Buceando por internet, presa del pánico, he encontrado la siguiente imagen. Creo que es hora de echar a correr.

martes, 23 de enero de 2007

Pantera negra contra el Tío Tom

A pesar de que hay excepciones, creo que el boxeo como espectáculo acabó hace tiempo. Tengo hacia este deporte un sentimiento cuasi romántico (y mira que parece difícil) y siempre acabo por relacionarlo con la mística de épocas pretéritas, quizás a causa del blanco y negro de Toro salvaje, o porque encuentro incoherente un combate que no se celebre en un casino de Las Vegas con luces chilllonas y tenga por asistentes a alegres horteras bañados en cocaína que disimulan sus ojos irritados en enormes gafas ahumadas y su lamentable estado físico entre chaquetas de satén y busconas oxigenadas. Algo raro tiene el ring de boxeo, su particular maldición, que provoca siempre un magnetismo que atrae sólo a los famosetes con ganas de figurar y a la peor escoria de cada sociedad. La última vez que vi por la tele un combate de boxeo vi entre el público a Javier Bardem, incluidle en cualquiera de los grupos anteriormente mencionados.
Nada que ver, no obstante, con los famosetes que acudían antes. Claro que tampoco eran los mismos boxeadores. En la primera mitad de los setenta coincidieron Ali, Foreman o Frazier, por decir algunos. Curiosa época la de los setenta, ávida de líderes de pensamiento, que llevó incluso a fijarse en un animal como Ali para erigirlo en calidad de gurú. Martin Luther y Ali, tanto monta, vamos. Algo así como si eligiéramos nosotros de portavoz a Poli Díaz, ese potro; salvando las distancias, por supuesto. Es gracioso contemplar, asimismo, cómo los dirigentes blanquitos del espectáculo, desde su poltrona, decidieron potenciar esa idea, para que fuera asimilada por todos, blancos y negros, y el beneficio fuese mayor.
Ya tenían a Mohammed Ali, a.k.a. Cassius Clay, el rebelde negro musulmán converso, estandarte de los derechos humanos y el black power, dotado de una verborrea ofensiva y, por qué no decirlo, bastante excesiva, gustoso de pavonearse con su rollo de las mariposas que vuelan y las avispas que pican, muy zen todo. Pero les faltaba el otro tipo de negro. El hijo del tío Tom, el de la cabaña, el negrito bueno, tontorrón y analfabeto que recoge la siega por la mañana y practica vudú por la noche. Y lo encontraron en la figura de Joe Frazier. Sólo les quedaba vender la historia y generar dinero.
A Ali le encantó la movida, porque formaba parte de ella y estaba como pez en el agua, pero a Frazier como que le entrejodía bastante, porque no tenía ni idea de por qué le habían encalomado ese sambenito. El caso es que prepararon el combate y la expectación fue enorme.
Los famosetes querían figurar y no sabían cómo, así que sólo unos pocos privilegiados consiguieron acreditarse como reporteros para presenciar el combate (Norman Mailer de redactor y Frank Sinatra, el de New York y tal, de fotógrafo).
Desde un extremo del ring, Ali le decía de todo a Frazier, que le miraba callado. Cuando el combate empezó, quedó claro que, en efecto, no eran dos negros iguales. Ali, alto, de rasgos suaves, clavaba directos potentes y veloces. Frazier, una mole retorcida y chaparrita, cargaba su brazo lentamente para dar -perdón, pero es la expresión más acertada- hostias como panes. Ninguno de los dos se defendía, simplemente atacaban y atacaban. Eso sí, Ali, entre golpe y golpe, seguía poniendo a parir a su rival. Los rounds fueron pasando y, sorpresa, no sólo Ali no había tumbado a Frazier, a pesar de la cara destrozada de éste, sino que el negrito bueno le estaba dando a base de bien al pantera negra. Al acabar un round, hacia la mitad del combate, Ali, un tanto fatigado, seguía insultando sin parar a Frazier, mientras éste, en mitad del cuadrilátero, sin hablar, le hacía gestos para que fuera allí y se lo dijera a la cara. En ese momento, creo sinceramente que Ali se acojonó.
Frazier no cedió y siguió armando el brazo y lanzando puños descomunales a los riñones de Ali. El resto es mejor que lo veáis vosotros mismos, aunque sólo sea por tener el placer de ver el bocazas de Ali tambaleándose así. Os incluyo en el primer vídeo los round 10 y 11 (ojo al final de este último) y la caída de Ali. En total son veinte minutos, pero merecen mucho la pena. El combate entero, si os interesa, está en youtube.
Hoy uno vive entre los temblores del Parkinson y otro malvive en un cuartucho de un mísero gimnasio al más puro estilo Million Dollar Baby.
Qué tiempos, anyway...




miércoles, 29 de marzo de 2006

El pequeño Kaplan quería ser vikingo

En el periódico del lunes leí con dolor la noticia. Richard Fleischer había muerto. Quizás a ninguno de vosotros le suene, incluso muchos de vosotros jamás habrá visto ninguna película suya, pero su muerte me dejó hecho polvo.
A quien me conozca quizá no le sorprenda, pero yo de pequeño veía muchas películas. O, al menos, veía mucho las películas que me gustaban. Recuerdo cómo manejaba con habilidad pasmosa el mando del vídeo Beta de mi padre para poner una y otra vez (incluso en el mismo día) las dos cintas a las que siempre acababa recurriendo cuando terminaba Tom y Jerry. La primera de ellas es también, si la memoria no me falla, una de las películas de la infancia de Ganzúas, Flash Gordon, la adaptación horterilla que Dino de Laurentiis montó a partir de los añejos cómics de Alex Raymond, con una preciosa Ornella Mutti, un sorprendente (por extraño) Max von Sydow y una inolvidable y no menos horterilla (escuchada hoy) canción principal que corría a cargo de Queen, ni más ni menos. La película ideal, en fin, para un niño que no hacía otra cosa que jugar con los Masters del Universo.
La otra cinta ya no era tan normal para un crío de cinco o seis años. Se llamaba Los vikingos y databa del año 1958. Estaba protagonizada por Kirk Douglas, Tony Curtis y Janet Leigh y, sinceramente, era la hostia. Nos mostraba a unos vikingos desprejuiciados, que no hacían más que divertirse, ya fuera comiendo cordero asado, bebiendo cerveza en cuernos de vaca, navegando por los descomunales fiordos, saqueando ciudades enteras, liándose con cuantas más mujeres mejor y sin temor alguno a la muerte con la que tanto tonteaban. La vida entendida como gozo y libertad plenos y conjuntos. La vida entendida también como una falta de principios morales total y benévola. Además contaba con una banda sonora espectacular (aún hoy la recuerdo y me se ponen los pelos de punta), una historia entretenida y trágica (vista ahora incluso se percibe cierto toque de tragedia griega) y una violencia inédita para la época en la que fue realizada (el ojo de Douglas arrancado por un halcón de caza, su padre devorado por los lobos, la mano amputada de Tony Curtis y su muñón cicatrizado a fuego… ¿qué dirían hoy de este tipo de cosas?). El cóctel, pues, que todo niño desea. Tanto es así, tanta fue la obsesión del jovencito Mr. Kaplan por la película de marras, que cuando le preguntaban de forma típica y tópica por lo que quería ser de mayor, el niño contestaba siempre tajante con una sola palabra: “Vikingo”.
Años más tarde advertí que el responsable de esta obra se llamaba Richard Fleischer, y que había dirigido otras maravillas como El estrangulador de Boston (que tiene uno de los finales más sobrecogedores que pueda imaginarse, la locura hecha imagen). Sin embargo nadie parecía recordarle. El lunes murió, y la noticia no ocupó más que dos columnitas, cuando yo le habría dedicado el periódico entero. ¿Cómo puede hacerse justicia a alguien que te ha hecho tan feliz sin él pretenderlo de forma directa y sin siquiera conocerte? ¿Por qué el recuerdo y toda la admiración que pueda profesarle me parecen ahora tan insuficientes?
Y a ver, vosotros, ¿cuál es la película de vuestra infancia?

Richard Fleischer, sacrificado orfebre de Hollywood, era hijo del creador de Betty Boo y Popeye, fue director de casi cincuenta películas y falleció el pasado sábado en Los Ángeles a los 89 años de edad. Nos vemos, chaval.

martes, 14 de marzo de 2006

Nacemos al revés


A pesar de que se esté frente a un blog, siempre aparece la duda ante la primera página escrita (o post), ante la primera frase, la primera palabra. Y, tras ella, el temor ante las propias posibilidades: ¿dos páginas más, quizás quince, jamás cincuenta? No obstante, no me faltaba razón ni siquiera en la primera línea: esto es un blog, así que a tomar por culo, fuera miedos. George Kaplan actuaría así, qué cojones.
Quién es George Kaplan, me preguntas. Con razón. George Kaplan no existe; es un personaje ficticio de una obra ficticia realizada en tiempos ficticios (sigue buscando). Tiempos de autobombo indiscriminado, de pesadillas art-decó hechas política, de apariencias convertidas en hábito. Como ocurre en Ciudad de cristal (“le dijo a sus amigos que había heredado un fondo fiduciario de su esposa. Pero la verdad era que su esposa nunca habia tenido dinero. Y la verdad es que no tenía amigos”), nos mentimos porque aligera el espíritu de forma más sana y barata que los narcóticos. Bienvenido al mundo de las mentiras, bienvenido al mundo ficticio.
Al igual que los protagonistas del peliculón que da nombre a este blog (Están vivos, bajáosla ya, por Dios, que está protagonizada por el gaitero de Pressing Catch), una vez que nos hayamos dado cuenta de nuestras mentiras, abramos los ojos y echemos un vistazo como Dios manda a lo que nos rodea, por mucho que nos acojone. A partir de ahora, por estas líneas, recomendaciones para el niño y la niña que quiera sentirse un poco más inquiet@.
Y para no dejaros sin nada que llevaros a la boca el primer día, Donald Sutherland os dice hasta luego: “la vida está montada al revés: uno debería empezar muerto, jugar al golf unos años con un reloj de oro, luego trabajar durante un tiempo, ir a la universidad, buscar experiencias y probar los ácidos, ir a la escuela secundaria, jugar durante unos años, pasar nueve meses en un vientre y terminar en un orgasmo”. Amén.