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lunes, 12 de junio de 2006

El martillo pilón

Este fin de semana he terminado de leer la última obra de Chuck Palahniuk, Fantasmas (Haunted en el original). Como suele ocurrir con este escritor, la bocanada que supone su lectura es de un aire tan fresco que te raja las mejillas. A menudo catalogado como el nuevo Don DeLillo, lo cierto es que comparten un mismo fin (el análisis de la sociedad que les rodea y sus miedos) pero el medio que utilizan es bien distinto. Si Don DeLillo disecciona al norteamericano medio y su psique con un fino bisturí sin que éste se dé cuenta, Palahniuk, un DeLillo vitaminado y supermineralizado, coge un martillo pilón y se lo estampa en la cara. Y, además, antes le avisa para que mire, para acertar en toda la jeta. Para que toda la superficie del martillo cubra su objetivo. Y luego se reirá. Los que ya han leído algo suyo saben que esto que digo es real como la vida misma.
En esta ocasión, el autor de Asfixia ha optado por un envoltorio original y que conecta a la perfección con su estilo literario ligero. A partir de un hilo conductor que progresivamente va haciéndose más y más breve pero, al mismo tiempo, más y más duro, se conectan diversos relatos protagonizados por los personajes que rondan dicho argumento central y a la vez auxiliar: un grupo de tarados que no se conocen entre sí entran en un taller de escritura un tanto sui generis. Como método único, los aprendices de escritor serán recluidos en un teatro abandonado, emulando de forma artificial la célebre reunión que tuvo lugar en la Villa Diodati entre el matrimonio Shelley, Lord Byron y Polidori, y que supuso a la postre la creación de mitos del género de terror como Frankestein o el vampiro (en un cuento de Polidori que Stoker perfeccionaría más adelante). Sin embargo, las épocas no son las mismas y el resultado tampoco: mientras que en Diodati los recluidos se obcecaron en crear maravillas literarias, en el teatro abandonado se preocuparán sólo por la obtención de fama a cualquier precio. A cualquier precio. Aunque haya que hacer cualquier cosa para ello.
Y es ahí donde Palahniuk está como pez en el agua, narrando atrocidades sin límites con un humor inconfundible. Y mientras, para oxigenar, coloca los ya mencionados relatos entre medias, todos ellos originales, unos pocos intrascendentes, una gran mayoría descomunales, que te dejan sin aliento, quién sabe si por las náuseas, las risas o la admiración.
No quiero contar nada más, ya que lo mejor que podéis hacer es sumergiros en este libro y su crítica descarnada a la fama y las pasiones caucásicas, felices e ignorantes individuos todos nosotros.

Fantasmas, de Chuck Palahniuk, es una suerte de novela de relatos no recomendada a niñitos encantados de la vida, de su coche limpito, su polo y su churri. Sí, no hace falta asustar con fantasmas, porque los verdaderos fantasmas, los que de verdad damos miedo, somos nosotros. Nosotros y los extractores de las piscinas.

miércoles, 5 de abril de 2006

Cuando el ser humano recobra la fe en sí mismo

[A petición de Pater]



Como dejé escrito en un comentario del post dedicado a Henry Miller, este escritor veía que el futuro de la novela estaba en la propia biografía y en la ausencia total de hechos ficticios, si acaso sólo los pensamientos libres que se originaran en el autor a la hora de escribirla. Recuerdo que, cuando leí esa opinión, pensé que esto sólo podría tener continuidad en casos de existencias tan salvajes como la de Miller.
Y lo cierto es que aquí el nihilista feliz tenía razón: existe hoy una corriente entre los literatos que propugnan esta suerte de ensayo novelado como única evolución posible para este género. Ahí están, entre muchos otros, los casos de Antonio Muñoz Molina y Sefarad, Martin Amis y Experiencia (aunque también es cierto que se trata más de una biografía que de otra cosa) o Koba el Temible, Paul Auster y La invención de la soledad… Y Sebald, claro, cómo olvidar a su máximo exponente.
Me había equivocado. No hacía falta ser una jauría de perros rabiosos encerrados en el cuerpo de un degenerado para poder hacer una obra que pudiera maravillar por su ingenio y osadía al resto del mundo. Sólo poder hacerlo. Tan fácil y tan difícil. Un retraído profesor alemán de universidad inglesa se había convertido desde el anonimato del ermitaño académico en el mayor impulsor de este tipo de novela. Si es que puede denominarse así a la reconstrucción del recorrido que Sebald hizo por el condado de Suffolk (“En agosto de 1992, cuando la canícula se acercaba a su fin, emprendí un viaje a pie a través del condado de Suffolk, al este de Inglaterra, con la esperanza de poder huir del vacío que se estaba propagando en mí después de haber concluido un trabajo importante”, comienza Los anillos de Saturno) o las entrevistas a cuatro personas que conforman Los emigrados.
Con un estilo de una densidad apabullante, de frases que pueden ocupar varias páginas, sin un solo diálogo en toda su obra, Sebald comienza a armar un conjunto muy homogéneo de novelas en las que lo más trivial es el propio argumento y lo más importante los prodigiosos recuerdos que invaden la acción principal hasta casi desterrarla de las páginas. El autor, casi siempre protagonista, no deja de maravillarse de cuanto le rodea con una veneración que sólo puede compararse al cine de Malick mientras nos habla de asuntos tan dispares como la historia de la pesca del arenque o los amores de Stendhal mientras nos enseña un poco de su desconocida personalidad, de la timidez patológica que le hacía temblar ante el contacto de una mujer o huir de un vagón de tren ante las risas de unos niños. Y estos cambios se hacen de una forma pasmosa, los temas parecen fluir igual que en su mente y acaban en una insondable melancolía y en un anhelo por volver a la tierra donde nació o a un tiempo donde todo fue mejor. La sensación es, de nuevo, como la que se siente al ver cine de Malick, se recobra la fe en el ser humano, o, al menos, en la especie que es capaz de originar personas como éstas.
Paradójicamente, un hombre como él, que tanto disfrutaba de la quietud, el silencio y la soledad, fue a encontrar la muerte en una carretera, siendo aún un desconocido profesor universitario. Cuesta imaginarle metido en un coche, siendo tan amante de los paseos como era, pero el final de uno suele ser caprichoso. E injustamente temprano.

W. G. Sebald, alma emigrada, nos hizo partícipes de su erudición y nostalgia por sus particulares paraísos perdidos en Vértigo, Los anillos de Saturno, Los emigrados (los tres editados por Debate) o Austerlitz (Anagrama). Pocos libros tan difíciles de leer y al mismo tan edificantes y vitalistas como los del Joyce del siglo XXI, como algunos han llegado a considerarle.

lunes, 3 de abril de 2006

El anciano Kaplan deseará haber sido el nihilista feliz


La artrosis, el entumecimiento, la soledad y el dolor le hacían recordar. Con la cabeza apoyada sobre la ventana del salón de casa, tapado con una manta que le quitaba ese frío que se había apoderado de su cuerpo años atrás, miraba el alto edificio de cemento que tenía frente a su casa. Hacía meses que no podía bajar a la calle porque las piernas le temblaban más de la cuenta cuando se ponía en pie. Pero, quejumbroso, quebradizo, el anciano Kaplan no recordaba su vida porque aún la tenía demasiado reciente y no le había parecido gran cosa excepto unos pocos momentos que aún le hacían reír. Lo que aquel Kaplan volvía a vivir era aquello que no había vivido per se, sino lo que vivió en su lugar el nihilista feliz, como le llamaba Vargas Llosa, lo que aquel hombre transmitió al resto del mundo.
Aquel viejo que dejaba ir de sus manos los días sin darse cuenta siempre pensó que había nacido en la fecha equivocada, que le había tocado en suerte una época aburrida, en la que todo estaba descubierto y en la que no podía sentir ningún tipo de emoción por la vida: no había misterio alguno por conocer al prójimo ni, menos aún, al propio individuo. Por eso envidiaba tanto el anciano Kaplan al nihilista feliz.
Cuando el nihilista feliz llegó a París huyendo de la Gran Depresión no tenía nada que perder ni que ganar, casi como el país que le acogía: las miles de muertes que la Gran Guerra había dejado en Francia supusieron una deriva social y vital para los supervivientes que casó de forma perfecta con el inconformismo patológico del nihilista feliz. Sólo en un caldo de cultivo semejante aquel hombre pudo permitirse vivir años a base de prometer la realización de una novela definitiva que nunca escribía. Aquel nihilista feliz había encontrado en la bohemia su víctima propiciatoria y mamaría de ella hasta que no quedara una sola gota. Es cierto que pasó hambre y penalidades varias, que los piojos y la sífilis no eran más que males menores, pero sobrevivió con las fuerzas suficientes para que su pensamiento no se doblegara. Tuvo los redaños suficientes para volver a Estados Unidos y seguir malviviendo a base de trabajar en la oficina de correos, pegar sablazos a sus sufridos íntimos, follarse a todo lo que se moviera, joder al cabrón conocido y ayudar por todos los medios a su alcance al indefenso desconocido. El nihilista feliz odiaba y desconfiaba de todo el mundo, pero también amó más que nadie ese regalo que era su misma existencia. Se rebeló contra la rebelión y supo ser consecuente con lo que implicaba esa palabra en cada momento, incluso cuando, ya anciano, echaba a patadas de su granja de Pacific Palisades a los hippies que acudían allí creyendo que su dueño seguía practicando el amor libre.
Lo único que reconfortaba al viejo Kaplan es que el nihilista feliz también pensaba que había nacido en una época equivocada: su sueño era haber nacido en la Edad de Piedra, en la que el hombre era el único dueño de sí mismo y su propiedad y que haría cuanto estuviera en sus manos por que siguiera siendo así. “¿Cómo llamarían ahora a esa actitud: fascismo o anarquismo?”, se preguntó Kaplan. “Qué coño importa”, dijo entre toses moribundas a su reflejo en la ventana.

Henry Miller, el nihilista feliz, es autor de Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, entre otras. De la primera es la siguiente cita: “He encontrado a Dios, pero no basta. Sólo estoy muerto espiritualmente. Físicamente, estoy vivo. Moralmente, soy libre. El mundo que he abandonado es una casa de fieras. Amanece sobre un mundo nuevo, una jungla por la que vagan espíritus flacos y de garras aguzadas. Si soy una hiena, soy una hiena flaca y hambrienta: salgo de caza para engordar”. Como para que no sea mi ídolo…

jueves, 23 de marzo de 2006

Los perros de Tíndalos: Conclusiones previas a la saturación


Cuando parecía que hasta yo me había cansado del tema del terror y similares, ha llegado El Nene (quizás con las fuerzas que conlleva volver de la pérfida Albión, ya nos contarás) y me ha soltado una pregunta en el primer post de Tíndalos que creo que merece la pena como epílogo a estos tres textillos, así que la pongo como post del fin de semana. A ver si habéis aprendido algo:
¿QUÉ ENTENDÉIS VOSOTROS POR MIEDO?
Ya estáis empezando a hablar, anda. Por lo demás, en el orden del día querría pediros vuestras sugerencias para tratar en el blog. Ya se han hecho algunas e incluso yo he adelantado algunas de las que están por venir, pero hasta Mr. Kaplan tiene sus límites (de hecho, Mr. Kaplan está hecho de límites) y necesitará tarde o temprano vuestra ayuda. Muchas gracias y a ver Hostel o Three Extremes como locos (si alguien se apunta, a llamarme).
PD: Charlie Kaufman haciendo una peli de terror... Eso sí que me da miedo...

Los perros de Tíndalos III: El viaje del viejo

El viejo Breccia había venido a Europa por motivos profesionales. En Sudamérica había dejado atrás, por unos días, las dificultades de su país, lastrado por los atentados de las extremísimas izquierda y derecha de la época y en el cual Perón preparaba su segundo desembarco. Las condiciones en las que vivían los autores de cómics no atravesaban su mejor momento, pero ni mucho menos tenían visos de mejorar. Personalmente, el viejo Breccia tampoco podía presumir de nada. Tras haber dibujado los guiones de su colega H. G. Oesterheld en El eternauta, la industria argentina de la historieta había tocado fondo y el viejo tuvo que vender sus historias al viejo continente. Además, pronto se cumpliría el décimo aniversario de la muerte de su esposa, por cuya frágil salud tanto se sacrificó en balde el viejo. Aún seguía añorándola.
Aquel día tenía que coger un tren desde Madrid hasta Milán y compró una novela para pasar el rato mientras duraba el viaje. De entre todas las que vendían en el kiosco de la estación, eligió, quizás movido por algún impulso proveniente de la infancia, El horror de Dunwich, de H. P. Lovecraft, de quien tantos relatos leyó de niño en la revista Weird Tales. Para cuando llegó a su destino, el viejo Breccia había tomado una decisión.
Siempre desafiando las convenciones de la ilustración, siempre a la busca de una vuelta más de tuerca, tenía la intención de volver a hacer otra gran obra, pero esta vez sin la ayuda de su mano Oesterheld. Esta vez el argumento lo pondría Lovecraft; de nuevo, el genio lo pondría el viejo. Para conseguir transmitir en un dibujo todo lo que el de Providence mostraba con su verborrea ampulosa, Breccia optó por no mostrarlo. Dibujos abstractos, collages imposibles, masas informes, pinceladas desconcertantes, manchas amenazadoras, así fue como el viejo consiguió que cada lector imaginara los espantos que quería imaginarse tras leer las líneas de Lovecraft. No era una pedantería, era la única forma posible de que el experimento triunfara. El guión era el propio relato, casi sin modificaciones, sin apenas diálogos. El resultado confirmó lo que en Mort Cinder se había previsto diez años antes, en 1962: que Breccia era, probablemente, el mejor dibujante de cómics de la historia.
A su vuelta a Argentina descubrió que no hacía falta sumergirse en la oscuridad de Lovecraft para encontrarse con abominaciones. Los asesinatos de fascistas y comunistas aumentarían de forma exponencial, Perón moriría y un golpe de Estado abriría el coto de caza de una vez por todas. Y su mano Oesterheld sería uno de los primeros en caer bajo el olor de la pólvora. Volviendo a la pregunta del anterior “Tíndalos” no hay ficción más terrible que la más terrible realidad, me temo.

Los mitos de Cthulhu, de Lovecraft, Breccia y su yerno Buscaglia, han sido editados con esmero por Sins Entido y marcan una de las cúspides de la experimentación dentro del cómic, y eso que data de hace treinta años.

martes, 21 de marzo de 2006

Los perros de Tíndalos I: Desmontando a Eich-Pi-El


Parece difícil encontrar un lugar y un momento tan poco evocador para la creación de mitologías como la América de la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, resulta que fue una fuente inagotable de extraños panteones, muy alejados de la tradición literaria que venía produciéndose hasta el momento. Por supuesto, estas creaciones en su momento no pasaron más allá de la novela pulp de baja estofa para inmaduros y clase media-baja en general. Nos estamos refiriendo al Conan el Bárbaro que surgió de las ensoñaciones etílicas y misóginas de Robert E. Howard en la cama de cualquier burdel de carretera, al Tarzán de los monos (un dios de la selva) que imaginó Edgar Rice Burroughs tras sufrir una sobredosis severa de novelas de Haggard y su Quatermain y, por supuesto, al entonces naciente género del cómic de superhéroes, dioses asexuados que caminan sobre la Tierra.
Pero sobre todo nos referimos al recluido de Providence, a H. P. Lovecraft: el niñito que creció bajo las faldas de la neurótica de su mamá, porque papá estaba siempre de viaje comerciando, su mamá, a la que se le había ido la cabeza al convertirse en una señora bien venida a menos, la que siempre le decía lo feo y torpe que era, la que le abrazaba y le atemorizaba contándole historias terribles del resto de la gente, el crío quebradizo y paliducho que jamás creyó en Dios porque le parecía muy aburrido a pesar de lo que le repetía mamá una y otra vez, el nene al que siempre le aterró la visión del mar que tenía frente a su casa y cuya voz estridente resultaba inaguantable, el chaval solitario y rarito que escribía columnas de astronomía que nadie leía en el periódico local, el tío desagradable que redactaba decenas de cartas a sus conmilitones de gustos literarios, y todas de noche, porque durante el día no se encontraba bien, el racista hijo de puta que casi creía que los negros se reproducían mediante huevos, el hombre escuálido y grotesco que malvivía a base de colaboraciones en una revista de ciencia-ficción, el joven Edipo que se casó con una doble de mamá que le aguantó dos años sin consumar el matrimonio porque el sexo le daba miedo, Eich-Pi-El, que era como firmaba sus epístolas, siguiendo el rollo a los que decían que él mismo formaba parte de las historias que escribía, el que un día murió a base de pobreza, cáncer intestinal, soledad y anonimato en el hospital de Providence, de donde apenas salió en toda su vida, con cuarenta y siete años.
¿Cómo puede ser que alguien tan plano, gris y aséptico llegara a crear una cosmogonía de horror que marcara a todos los autores del género que vinieron tras él? ¿Cómo logró acongojar con sus cuentitos a todas las generaciones que surgieron tras la II Guerra Mundial? ¿Cuánto miedo no pasaría el niño de mamá bajo sus faldas para imaginarse esas historias tan originales (en su momento) y asfixiantes? ¿Cómo pudo crear un infierno en la tierra y localizarlo en un paraje tan impresionante como Nueva Inglaterra? Preguntas, preguntas…

H.P. Lovecraft, escritor y genio pasado de revoluciones, es el principal impulsor de Los mitos de Cthulhu, ciclo de cuentos y novelas que revolucionó el género de terror a principios del siglo pasado.