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martes, 17 de abril de 2007

Letra para una matanza


Ayer mismo salía el último disco de la banda de la que voy a hablar mañana en este blog, Porcupine Tree. Trata en general sobre la alienación de la juventud. Y ayer mismo, también, iba a salir a la luz el vídeo musical de la canción que da nombre al álbum, Fear of a blank planet. Pero mira tú por dónde, un hijo de puta en Virginia decidió hacer su propia performance de esta letra que ahora os ofrezco. La banda ha dicho que el vídeo tendrá que esperar un tiempo, toda vez que alguien les ha copiado la idea de forma más directa.
¿Realidad superada por la ficción? Lo cierto es que yo ya no sé diferenciar una de otra, qué quieres que te diga, ni sé cuál me asusta más...

FEAR OF A BLANK PLANET


Sunlight comin' through the haze

I've tucked in the blind

to let it inside

The bed is unmade

music still plays

TV, yeah it's always on

A flicker of the screen a movie actress screams

I'm basking in the shit flowing out of it

I'm stoned in the mall again

Terminally bored,

shuffling 'round the stores

and shoplifting is getting so last year's thing

Xbox is a god to me

A finger on the switch,

my mother is a bitch

my father gave up ever tryin' to talk to me

Don't try engaging me

The vaguest of shrugs,

the perscription drugs

You'll never find

a person inside

My face is mogadon

Curiosity

has given up on me

I'm tuning out desires

The pills are on the rise

How can I be sure I'm here?

The pills that I've been taking confuse me

I need to know that someone sees that

There's nothing left I simply am not here

I'm through with pornography

The acting is lame,

the action is tame

Explicitly dull,

arousal annulled

Your mouth should be boarded up

Talking all day

with nothing to say

Your shallow proclamations,

all misinformation

My friend says he wants to die

He's in a band,

they sound like pearl jam

Their clothes are all black,

the music is crap

In school I don't concentrate

And sex is kinda fun,

but just another one

of all the empty ways

of using up a day

How can I be sure I'm here?

The pills that I've been taking confuse me

I need to know that someone sees that

There's nothing left I simply am not here

Bipolar disorder can't deal with the boredom

You don't try to be liked

you don't mind

You feel no sun

Steal a gun

To kill time

You're somewhere

you're nowhere

you don't care

Catch the breeze

You still the leaves

So now where?

martes, 6 de marzo de 2007

Aquí huele a (crítico) viejo



Necios. Sobrados. Soberbios reyes de un trono de paja. Críticos de cine. Da igual.
Sí, amigos, hoy toca hablar de una de las partes más controvertidas del periodismo. El crítico. Pero como el tema es amplio y ya algunas voces pelín más audibles que la mía han puesto a parir a elementos concretos de este corpus (Pérez Reverte y De Prada y sus affairs con la crítica literaria son un verdadero clásico del marujeo cultureta contempóráneo, casi al nivel de otros como el pensamiento único de Babelia), yo voy a centrarme en lo que más me escuece ahora mismo: el crítico cinematográfico veterano y de prensa escrita, para más señas.
Por sus hechos les conoceréis. Años y años dedicados a la profesión, qué digo profesión, al muy noble arte de la crítica del séptimo arte (qué eufemismo más manido y asqueroso, dicho sea de paso), ojitos pequeños y entreabiertos, como cansados de tanto celuloide y vida, desarreglados pero con estilo, porque han tenido mucha experiencia y mucho turismo, y saben lo que se hacen y lo que dicen. Muchos de ellos (como todos los que rondan hoy los cincuenta o sesenta, por lo que se dice ahora, qué raro que la cosa durara sus cuarenta años) curtidos en las luchas por la libertad y contra el gris, hecho que, por lo que parece, te da automáticamente la oportunidad de convertirte en director de cine, actor, novelista, cantautor o, en su defecto, crítico de cine, que es el tema que tratamos, osea.
Estamos situados, pues. Años setenta. Cine de arte y ensayo de la Gran Vía o cineclub salchichero con olor a orín que echa para atrás en su defecto. En butacas salteadas, pares de ojitos menudos ven al Fassbinder o al Herzog de turno y deciden, cada uno por su lado, que tienen que dar a conocer al mundo las erecciones mentales que esas películas les despiertan cada semana. Hasta ahí bien. A todos nos ha pasado. Ímpetu juvenil atenuado por la era de la comunicación. Si hubiese sido en la Edad Media en ese momento habría nacido un cruzado. Pero no, en los cines de arte y ensayo no nacían cruzados, nacían críticos de cine.
Nada que objetar de momento. El problema viene ahora, mientras lees estas líneas. Lejos de ti y de mí, esos mismos críticos siguen realizando su trabajo, o al menos así lo hacen creer al mundo entero. Pero no es así. Hoy, estas personas han olvidado que su trabajo es estar atentos a cómo se mueve el mundo del que opinan, se encierran en sus antiguas sesiones de cine de auteur y se creen en el derecho de insultar (insultar, esa fundamental labor del periodista) a los que no opinan como él, o peor, a todos aquéllos a los que les gusta un determinado estilo de cine. Gritan horrorizados cuando se topan con un plano que dura menos de un segundo y medio, se arañan el cuello al encontrarse con una narración fragmentada... Les asquea todo aquello que huele a nuevo y lo tachan de "modernez" (qué triste) sin darse cuenta que si aquí huele a algo es a viejo y por culpa suya. Olvidan que nos importa tres huevos lo que les ha parecido la película a ellos como espectadores, que lo que queremos es que nos digan razones y sinrazones de la obra, que la contextualicen con el momento artístico que vivimos y que ellos, de acuerdo a todo esto, la juzguen. Creerán imposible que a alguien le pueda gustar Dreyer y Aronofski, o Ford y Shyamalan, los muy cortos. Y no estoy equiparando a nadie, que conste.
Eso sí, no se la cogen con papel de fumar a la hora de elevar a los altares a sus amiguitos a pesar de que su obra sea una basura. Hay muchos ejemplos de esto y todos los conocéis, pero vamos a recordar un par, para ilustrar el tema: Oti defendió y defenderá al pequeño Amenábar como el nuevo Hitchcock por muchos telefilms de sobremesa de Antena 3 con tetrapléjicos que le dé por rodar, porque le dejó hacer un tremendo (¿?) libro monográfico sobre su egregia e imberbe persona. O Boyero jamás dirá nada malo de Alatriste, ese pufo que hizo su amigo Tano, que tantos exámenes de periodismo hizo en lugar del aprendiz de crítico mientras éste se ponía hasta atrás en cualquier fiesta. Y encima, claro está, entre ellos existe una endogamia de la leche y todos se adoran y nadie les mueve de su poltrona porque son quienes son y su nombre vale mucho.
Decimos que no nos merecemos a nuestros políticos. Lo cierto es que si nos ponemos a pensar, no nos merecemos nada de lo que nos rodea. O nos lo merecemos todo. De momento, convendría abrir las ventanas, que aquí huele a viejo.

lunes, 12 de febrero de 2007

El genocida solitario


No deja de ser curioso que, debido a una ausencia por viaje de placer, no pudiese escribir antes este post que tanto habría gustado a los alegres e inocentes jovenzuelos que han visitado últimamente este blog (o mejor dicho este post, véanse sus comentarios, a los que son libres de responder los aludidos, por supuesto). Nada me molestaría más que se viesen estas líneas como una claudicación ante su buenrollismo no ilustrado. Pero en fin, metámonos en faena.

Temo a Nicholas Cage. Tiene sus cositas buenas, como Arizona baby, Face off o Asesinato en 8 mm (ésta ya no es para todos los paladares, pero en fin...), pero gusta generalmente de recrearse en la ponzoña más maloliente (lo de Con air es para analizarlo con muchísima frialdad) sin ningún pudor. Por eso me extrañó que protagonizara Lord of war. Y que además la produjera me dejó a bolos, como dice aquél, o aquélla.

Porque no siempre se ven películas con un contenido tan incómodo, pero menos aún con tantos medios. Lord of war es el retrato de un traficante de armas, pero sin tonterías. El protagonista no es malo pero un poco bueno. Es lo que es y punto.

¿Y qué es? Ahí radica lo grande de la película. Lo fácil sería decir que un hijo de puta con pintas. Lo rebuscado pero no desacertado, que es un mal necesario y persistente. Yo... No sé qué decir, más allá del profundo desprecio que me provocan. Para mí la clave está cuando al personaje de Cage le critican por ganarse la vida haciendo lo que hace y él se excusa alegando que si no lo hace él lo hará otro, que mercadea con armas porque se le da bien y que él no mata, sino que vende su mercancía y nada más. Con esas tres razones se explica a la perfección un concepto que también aparece en la película y que define lo que es un traficante de armas: genocida solitario.

Más allá de cómo sean uno por uno, sus rasgos generales son los de tipos que optan voluntariamente a esta dedicación, sin ningún tipo de remordimiento de conciencia ni moralidad, pero con un alto sentido del sacrificio por el trabajo, o de la riqueza. Y sin embargo, me temo que su figura es, en efecto, persistente. Son los verdaderos genocidas posmodernos, por decirlo de algún modo, asesinan en masa y nadie dice nada, ni siquiera se conocen sus nombres. Son la hez de la humanidad, pero como tal, son provocados por ésta siempre que acude al baño. Y seguirá creándolos. Unos morirán, otros se transfigurarán en filántropos, pero los nuevos ocuparán las vacantes, no hay duda. Como los verdugos de Berlanga. Tiemble usted después de haber reído.

Unos diréis que es hipócrita, o miserable, afirmar que los traficantes de armas son necesarios. Otros diréis que es hipócrita, o bienpensante, decir que es posible un mundo sin ellos. Yo, sinceramente, dudo incluso que se pueda hablar de hipocresía en uno u otro caso.

Hace unos días Susie me comentaba que había multitud de cosas extrañas en el mundo que le inspiraban miedo. Y es que, en mi opinión, y viendo aspectos como éstos, es la propia humanidad la que da miedo. Lo único que se puede hacer ante esto es perder ese pavor y diseccionar la historia humana como un biólogo a una rana. Y tener calma, mucha calma...

PD: si queréis hablar de la peli en sí, hablamos, porque hay tela que cortar (la Historia de una bala de los títulos de crédito, sin ir más lejos).

lunes, 3 de abril de 2006

El anciano Kaplan deseará haber sido el nihilista feliz


La artrosis, el entumecimiento, la soledad y el dolor le hacían recordar. Con la cabeza apoyada sobre la ventana del salón de casa, tapado con una manta que le quitaba ese frío que se había apoderado de su cuerpo años atrás, miraba el alto edificio de cemento que tenía frente a su casa. Hacía meses que no podía bajar a la calle porque las piernas le temblaban más de la cuenta cuando se ponía en pie. Pero, quejumbroso, quebradizo, el anciano Kaplan no recordaba su vida porque aún la tenía demasiado reciente y no le había parecido gran cosa excepto unos pocos momentos que aún le hacían reír. Lo que aquel Kaplan volvía a vivir era aquello que no había vivido per se, sino lo que vivió en su lugar el nihilista feliz, como le llamaba Vargas Llosa, lo que aquel hombre transmitió al resto del mundo.
Aquel viejo que dejaba ir de sus manos los días sin darse cuenta siempre pensó que había nacido en la fecha equivocada, que le había tocado en suerte una época aburrida, en la que todo estaba descubierto y en la que no podía sentir ningún tipo de emoción por la vida: no había misterio alguno por conocer al prójimo ni, menos aún, al propio individuo. Por eso envidiaba tanto el anciano Kaplan al nihilista feliz.
Cuando el nihilista feliz llegó a París huyendo de la Gran Depresión no tenía nada que perder ni que ganar, casi como el país que le acogía: las miles de muertes que la Gran Guerra había dejado en Francia supusieron una deriva social y vital para los supervivientes que casó de forma perfecta con el inconformismo patológico del nihilista feliz. Sólo en un caldo de cultivo semejante aquel hombre pudo permitirse vivir años a base de prometer la realización de una novela definitiva que nunca escribía. Aquel nihilista feliz había encontrado en la bohemia su víctima propiciatoria y mamaría de ella hasta que no quedara una sola gota. Es cierto que pasó hambre y penalidades varias, que los piojos y la sífilis no eran más que males menores, pero sobrevivió con las fuerzas suficientes para que su pensamiento no se doblegara. Tuvo los redaños suficientes para volver a Estados Unidos y seguir malviviendo a base de trabajar en la oficina de correos, pegar sablazos a sus sufridos íntimos, follarse a todo lo que se moviera, joder al cabrón conocido y ayudar por todos los medios a su alcance al indefenso desconocido. El nihilista feliz odiaba y desconfiaba de todo el mundo, pero también amó más que nadie ese regalo que era su misma existencia. Se rebeló contra la rebelión y supo ser consecuente con lo que implicaba esa palabra en cada momento, incluso cuando, ya anciano, echaba a patadas de su granja de Pacific Palisades a los hippies que acudían allí creyendo que su dueño seguía practicando el amor libre.
Lo único que reconfortaba al viejo Kaplan es que el nihilista feliz también pensaba que había nacido en una época equivocada: su sueño era haber nacido en la Edad de Piedra, en la que el hombre era el único dueño de sí mismo y su propiedad y que haría cuanto estuviera en sus manos por que siguiera siendo así. “¿Cómo llamarían ahora a esa actitud: fascismo o anarquismo?”, se preguntó Kaplan. “Qué coño importa”, dijo entre toses moribundas a su reflejo en la ventana.

Henry Miller, el nihilista feliz, es autor de Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, entre otras. De la primera es la siguiente cita: “He encontrado a Dios, pero no basta. Sólo estoy muerto espiritualmente. Físicamente, estoy vivo. Moralmente, soy libre. El mundo que he abandonado es una casa de fieras. Amanece sobre un mundo nuevo, una jungla por la que vagan espíritus flacos y de garras aguzadas. Si soy una hiena, soy una hiena flaca y hambrienta: salgo de caza para engordar”. Como para que no sea mi ídolo…

jueves, 30 de marzo de 2006

El joven Kaplan soñó que era Guy Fawkes

Ayer, por las cosas que tiene mi día a día, me tocó asistir a una sesión de control en el Congreso de los Diputados que nos pertenece a todos nosotros. La curiosidad no me mataba, la verdad, pero no voy a decir que me molestara ir a ver a nuestros políticos, quizás por algún tipo de querencia enfermiza.
Tras despojarnos de todas nuestras pertenencias electrónicas (incluidos los mp3) y nuestras armas de fuego, nos metieron en la zona de invitados en la que no podíamos siquiera asomarnos para ver las bancadas. Pero lo cierto es que tampoco necesitábamos una mayor perspectiva. Con lo que veíamos teníamos suficiente.
Pepiño Blanco se recostaba en su escaño de espaldas al estrado mientras se sacaba un moco y lo pegaba en el escaño de al lado, que, por supuesto, estaba vacío (más o menos faltaba un 40 por ciento de los diputados); una fila más arriba, a su izquierda, otro diputado socialista no hacía más que pegar gritos a los del PP ("¡Torpes! Zaplana, es todo culpa tuya!"), a los que no podíamos ver porque estaban debajo nuestro, pero sí oír sus gritos (en especial un "que os den" de claridad meridiana); en el centro del hemiciclo dos señoras diputadas (qué mal suena) parecían hacer ganchillo mientras comentaban las evoluciones de sus adorables nietecillos; un tipo leía una revista con total impunidad y relajo; el resto se dedicaba a hablar por el móvil o con el compi de al lado alegremente o a chatear por internet. Finalmente, cuando se iban aburriendo, abandonaban la sala y se iban a tomar un cafetito. No está mal para el sueldo que cobran. Qué sacrificio, qué sangre española tan pasional, qué vida política tan agitada la de estos prohombres.
Anoche me desperté tras soñar que yo era Guy Fawkes (¿que quién es Guy Fawkes? Eso lo sé hasta yo) y el Congreso mi víctima propiciatoria. Tan sólo espero que estrenen pronto V de Vendetta y que sea tan buena como dicen para poder quitarme a estos cínicos, chorizos y embusteros tiparracos de la cabeza. Coño.

V de Vendetta, próximamente en su cine más cercano, es la adaptación de la anarco-novela gráfica del mismo nombre creada por Alan Moore y David Lloyd (¿qué haces que aún no la has leído?) que está inspirada en la figura del británico Guy Fawkes.

jueves, 23 de marzo de 2006

Los perros de Tíndalos: Conclusiones previas a la saturación


Cuando parecía que hasta yo me había cansado del tema del terror y similares, ha llegado El Nene (quizás con las fuerzas que conlleva volver de la pérfida Albión, ya nos contarás) y me ha soltado una pregunta en el primer post de Tíndalos que creo que merece la pena como epílogo a estos tres textillos, así que la pongo como post del fin de semana. A ver si habéis aprendido algo:
¿QUÉ ENTENDÉIS VOSOTROS POR MIEDO?
Ya estáis empezando a hablar, anda. Por lo demás, en el orden del día querría pediros vuestras sugerencias para tratar en el blog. Ya se han hecho algunas e incluso yo he adelantado algunas de las que están por venir, pero hasta Mr. Kaplan tiene sus límites (de hecho, Mr. Kaplan está hecho de límites) y necesitará tarde o temprano vuestra ayuda. Muchas gracias y a ver Hostel o Three Extremes como locos (si alguien se apunta, a llamarme).
PD: Charlie Kaufman haciendo una peli de terror... Eso sí que me da miedo...

viernes, 17 de marzo de 2006

Sin futuro


Me he enterado recientemente de que existe al menos una lengua -el bantú- en la que no existe el tiempo futuro. Resulta difícil que nosotros podamos siquiera imaginarnos una vida sin tiempo futuro y todo lo que esto conlleva, habituados como estamos a lo breve, a la relación interpersonal sucinta (a poder ser), a la comunicación en decadencia. Resulta difícil, decía, imaginarnos hablar de temas tan cotidianos como los pagos a plazos, las inversiones, la píldora del día después, la lucha por un ascenso o incluso la misma educación si no pudiéramos expresarnos en futuro y estuviéramos obligados a usar algún que otro recurso retórico. Ni que decir tiene que el esfuerzo intelectual que se precisaría en cada diálogo nos resultaría agotador a todos nosotros, que nos alimentamos en exclusiva de cualquier tipo de calmante moral que encontremos.
Nuestra vida esta supeditada al futuro y desechada en el presente. Somos seres que viven merced a su progreso como tales, aunque les pese a algunos oradores que olvidan en su charlatanería el significado real de las palabras. Somos, per se, progresiones, desarraigos del hoy. No saboreamos el presente porque ahora estamos pensando en el después y, por ello, como individuos, somos leves, inofensivos, sin peso, huella o presencia. Siempre habrá, no obstante, excepciones: personas que comprenden esta grave amenaza de intrascendencia y luchan por anclarse en el hoy y enseñárnoslo aunque su sacrificio quizás no merezca la pena hasta siglos después. Cada uno tendremos nuestra lista de trascendentes y ésta será legítima por el mero hecho de que a sus miembros alguien les considere así.
Pero más allá de esta reflexión lo que de verdad me preocupa es el bantú y, en especial, sus hablantes, los ugandeses. El que exista o no el tiempo futuro en una lengua influye, como hemos visto, en el modo de actuar y pensar de aquellos que la comparten. Vivir sin futuro se acerca, no obstante, a epicúreas y occidentales expresiones como carpe diem o seize the day, vive el presente, que el futuro ya llegará. El problema que se presenta estribará, pues, en la comprensión de un hecho tan particular como el que nos ocupa. Por desgracia, Uganda tuvo durante ocho años como gobernante a un malnacido que no entendió bien lo de vivir sin futuro y decidió erradicar también el presente de trescientos mil compatriotas; Idi Amin Dada, un caníbal sin tiempo. De ahí la importancia de la lengua y del uso que se hace de ella.
Y por último, ¿por qué imponer entonces un sistema de promesas de un futuro mejor como el democrático tal cual lo conocemos a gente que no vive nuestro tiempo? Quizás suene reduccionista pero es cierto, y no lo digo ya por la mera cuestión lingüística sino por algo más real. Pantomimas como realizar elecciones en Afganistán no engañan a su población, en todo caso a nosotros, consumidores de opio muy democrático, orgullosos analfabetos por mero gusto. Si somos capaces de tragarnos una patraña tal, si de verdad nos convencemos de que por ello las cosas en Afganistán empiezan a ir bien, entonces habrá que negar a Borges cuando decía aquello de que la democracia es un abuso de la estadística. No, hoy en día es una aberración de la estadística, y nosotros los culpables de que sea así.

Idi Amin Dada, dictador ugandés, se declaró ferviente admirador de Hitler y reconoció haberse comido (literalmente, sí) a alguno de sus lugartenientes. Casi nada.