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miércoles, 21 de marzo de 2007

Quesada's eleven


Ayer mantuvimos la enésima conversación comiquero-etílica y, al llegar a casa me entraron las ganas de hacer aquí una especie de guía de lectura de la Marvel actual, dado que, por primera vez en casi treinta años, ésta se muestra como un todo orgánico, en el que ningún hecho es considerado exclusivo de una colección y sí concerniente a todas. Y todo gracias a que se ha depositado el poder de decisión en los guionistas (no sé a ciencia cierta quién tendría la brillante idea de dárselo en los noventa a los dibujantes). Y qué guionistas:
1. Brian Michael Bendis: este doble de Kingpin en carne y hueso es el cerebro en la sombra (y no tanto en la sombra, la verdad) de todo esta maraña. Ya hablamos por aquí de él. Sólo cabe volver a decir que su tarea en Los Vengadores, The Pulse y Daredevil me parece muy, muy interesante y el germen de lo que es hoy Marvel. Y lleva camino de ser el tío que más números haya escrito del Hombre Araña con su Ultimate Spiderman.
2. Mark Millar: el segundo cabecilla de la rebelión. Maestro en las artes de miccionar en los mitos del género con particular mala baba y acierto. Sus insuperables números de The Authority los ha llevado a una serie de verdad con los Ultimates, acompañado por Bryan Hitch con el fin de dejarnos a todos con la boca abierta. Es el máximo, que no único, responsable de la inminente e importante Civil War, dibujada por el joven genio que es Steve McNiven. Nada desdeñables tampoco las cositas que va haciendo por aquí y por allá, como los primeros números de Ultimate X-Men y su saga de Lobezno. Es asimismo el autor de la mejor frase que ha pronunciado jamás el Capitán América y, lejos de Marvel, de Wanted, la micción suprema.
3. Grant Morrison: vini, vidi, vinci y se dio el piro. Como dice Ganzúas, derribó la catedral churrigueresca que eran los mutantes y sus consecuencias aún se ven con fuerza. Una vez que cumplió su trabajo, ayudado por el descomunal Quitely, se volvió a cambiar de acera para seguir profundizando en el género que él mismo creó: el cómic de superhéroe, metafísica y peyote. Y si no lo crees, ahí tienes We3, Seaguy, Seven soldiers of victory o El Asco. Por no hablar de Los Invisibles...
4. Warren Ellis: otro del que ya hemos hablado hace tiempo, cuya figura no hace más que ascender y ascender. Es el renovador del género de superhéroes como en los ochenta lo fueron Miller o Moore. Lo hizo con The Authority y Planetary, y ahora lo está volviendo a hacer con Nextwave (el cómic más cool del momento y con el humor más gamberro que he leído desde el Masacre de Joe Kelly). Su Iron Man, genial. Habrá que ver la que monta con su último invento, newuniversal, y con su versión de los Thunderbolts. Yo, mientras, seguiré esperando que a alguien se le ocurra de una vez consumar el intercambio de parejas de The Authority que iniciaron Hytch y Millar y junten de una vez por todas a Ellis y Quitely.
5. Josh Whedon: el creador de Buffy se lo ha montado bastante bien. Le han hecho una serie mutante nuevecita para él con los personajes más fashion y esa bestia de la naturaleza que es John Cassaday a los lápices. No se puede quejar. Sin todo eso habría que ver lo que hacía. Pero yo tampoco me puedo quejar, vamos. Y suya es la culpa de que Civil War acabe como acabe.
6. Garth Ennis: el guionista de la camaradería entre soldados está en plan descanso del guerrero, velando armas mientras se desahoga con el Punisher, una lectura muchísimo más recomendable de lo que todo el mundo dice por ahí. De vez en cuando hace otras cosillas (Ghost Rider), cosas (Born) o cosazas (Fury), todas ellas, como poco, muy divertidas. Que esté en Marvel un símbolo de Vertigo como él debe hacer muchísima pupa a la Distinguida Competencia. Y si encima vuelve a DC para escribir The Boys y a los seis números le dicen que se vaya a otro lado por lo burra que es, la verdad es que la cosa está muy malita.
7. J. M. Straczynski: es autor de la etapa más interesante de Spiderman desde, diría yo, los tiempos de Stern o DeMatteis, a pesar de esas cosas tan raritas que monta con la pobre Gwen Stacy. También anda manoseando ahora a los 4 Fantásticos. Deseo de verdad que haga lo mismo con Thor, que es mi personaje favorito y anda el angelito muy perdido desde los inolvidables números de Simonson. Y a ver si le echo el diente de una vez a su Escuadrón Supremo...
8. Peter Milligan: su irregularidad le hace parecer peor de lo que es, y sus X-Men actuales afean el recuerdo tan agradable que supone X-Statix, el paso intermedio entre The Authority y Nextwave. Para ver las cosas ricas que hace ahora, mejor seguirle la pista al Blanco Humano que escribe para DC.
9. Robert Kirkman: el tío que, después de hacer una serie de culto en blanco y negro (The living dead), tiene la idea del siglo: juntar superhéroes y zombies. Todos los frikis babean con algo así, pero a ninguno se le ocurre antes que a él, a pesar de lo fácil que es. Espíritu creativo adocenado en la sociedad posmoderna, me temo. Marvel zombies ha sido el bombazo en ventas inesperado de la temporada, por supuesto. Habrá que rezar para que también nos dejen ver por aquí su, por lo visto, entretenidísimo Marvel Team-up.
10. Paul Jenkins: el más grande guionista de historias pequeñas de la actualidad. Sus números autoconclusivos de Spiderman son preciosos; su Vigía, una locura; y, se dice, se comenta, su Civil War Frontline, mejor incluso que Civil War. Lástima que parezca que le tienen de chico para todo.
11. Ed Brubaker: el último en llegar, pero lleva pinta de ser en breve tan importante en Marvel como Bendis o Millar. Autor independiente reconvertido en prestigioso guionista de superhéroes, lo cierto es que debe ser un friki del tres. Conoce a todos los personajes a la perfección y hace que hasta el Capitán América sea apasionante. Sus X-Men prometen ser tan interesantes como lo que apuntan en Deadly Genesis, en Daredevil ha entrado sin miedo a pesar de la capital etapa de Bendis, y lo de Puño de Hierro y Criminal lo quiero tener ya, ya, ya. Y si no has leído su Sleeper me enfado.
Bueno, con esto de momento ya es suficiente.

jueves, 14 de septiembre de 2006

De Bendis y sus cosas



Bueno, volvemos a terrenos más friquis; lo siento por algunos de vosotros, pero también he de preocuparme de estas cosillas.
La llegada de Joe Quesada a Marvel cambió de rumbo una editorial que hacía tempo que naufragaba artrítica y anquilosada entre editores incompetentes y guionistas acomodaticios en la estafa que supone el respeto escrupuloso a la continuidad de las historias ya narradas como única credencial ante los lectores más nerds, ruidosos y acríticos, que les aplaudían presa de un conservadurismo un tanto pacato (esto sí que es una frase como Dios manda). No obstante, esta llegada se produjo en dos pasos. El primero fue la cesión de terreno que supuso la creación de Marvel Knights, series un pelín más oscuras que las normales y realizadas por equipos creativos más arriesgados que los originales. El buque insignia de este sello fue el popular Daredevil de Kevin Smith y el propio Quesada. El experimento fue un éxito de ventas (no así tanto de crítica en algunos casos) y en Marvel decidieron tirar la casa por la ventana haciéndole responsable de todas las colecciones de Marvel. Lo primero que hizo, pues, fue fichar al editor estrella de Vertigo, Axel Alonso, que se trajo bajo el brazo a estrellas de la competencia como Garth Ennis, Steve Dillon, Grant Morrison, Frank Quitely o Mark Millar e incluso a autores independientes como David Mack o Brian Michael Bendis. Ahí es nada. Asimismo, se creó el Universo Ultimate, que ha resultado ser el mayor éxito creativo y de ventas de los útimos diez años.
En dicho universo permaneció recluido un tiempo Bendis, refrescando a Spiderman como nadie había logrado desde décadas atrás, así como a los X-Men, tras el paso de Millar. Sólo apareció en en el Universo Marvel tradicional para hacer una saguita pintada por Mack de Daredevil y poco más tarde, por fin, dedicarse a fondo a esta colección con unos resultados que sólo quedan por debajo de aquel Frank Miller del Born Again. Eran números muy dilatados en su desarrollo, pero de una factura impecable. La historia era francamente buena, el modo de llevarla a cabo genial y el dibujo, sucio y furioso, obra de Alex Maleev.
El hecho de trabajar en Ultimate Spiderman y Daredevil no impidió que comenzara una serie pequeña en el nuevo sello adulto de Marvel, MAX, que se titulaba Alias, aunque más tarde derivó a The pulse. En esta colección se cimentó una influencia cada vez mayor de Bendis en todo lo que acontecía en el Universo Marvel, cosa que cristalizó con su llegada a los guiones de Los Vengadores.
Y aquí es donde comienza el llamado por los friquis extremistas Bendisverso. En solo cuatro números este guionista se carga todo el estatus del grupo (y parte de él físicamente hablando). Bien es cierto que no son unos grandes números, pero ha logrado crear una reacción en cadena cuyo final no se otea aún en el horizonte, pero que se prevé descomunal. Desde esos Avengers Disassembled se ha pasado por la creación de los New Avengers (cuán recomendables), el tremendo final de House of M y Decimation hasta, por el momento, Civil War. Y todo por culpa de este hombre, que ha sabido por fin dar dinamismo a todo el conjunto de colecciones Marvel, como un todo orgánico y que, realmente, no sepas adónde va a ir todo a parar. Mientras esos quejicas siguen diciendo que no cuenta nada de información en un solo número y que hay que esperarse a leer un tomo entero para disfrutarlo (me pregunto que haría esta gente a la hora de enfrentarse, pongamos, con un Dostoievski) y que ha entrado en una fase de megalomanía galopante (tan alejada de sus reumáticos guionistas preferidos, encantados de enfrentar una y otra vez a Spiderman contra el Buitre). Pues, por mí, que sigan pataleando.

martes, 9 de mayo de 2006

No existe el adiós

Este post se estaba haciendo esperar, pero tenía que aparecer tarde o temprano, sobre todo si tenemos en cuenta de que se trata de uno de mis cómics favoritos, si no mi favorito. Si el Acme Novelty Lybrary de Chris Ware (próximamente por este blog) es considerado el Ulises de la historieta, Adiós, Chunky Rice sería, sin duda, El Principito. Y es que no sé qué tienen ambos, cómo pueden llegarte tan adentro con un simbolismo tan naif. Donde antes había jóvenes infantes, zorros y baobabs, ahora tenemos a una tortuga y una rata, no se sabe a ciencia cierta si amigos y amantes, que tienen que poner punto y final a su relación cuando la primera, merced a su instinto inevitable, ha de emigrar lejos de la rata. Lo demás son recuerdos de momentos pasados, de intimidades demasiados intensas para ser olvidadas y alegrías que se convierten en demasiado tristes al ser recordadas. De paso, el comic se fija con dolor melancólico e intensidad desoladora en la historia de un secundario en principio irrelevante, el casero retrasado mental que alquila la habitación a Chunky. Su historia de fracasos, de amistades inocentes rotas en la infancia por la brutalidad del mundo adulto, la historia de su perrita Pisotones... Todos estos detalles son de una emotividad tal que su recuerdo sigue acojonándome ahora, en mitad de la redacción, mientras escribo esto.
La historia, ya lo he dicho, es impresionante; el dibujo, de una efectividad demoledora; y la lección, muy sencilla: "No existe el adiós, Chunky Rice".

Adiós, Chunky Rice, la obra primeriza del autor de la popular Blankets, Craig Thompson, es un relato de inocencias no perdidas, sino rotas de forma abrupta y que te deja en la boca el dulce sabor del dolor que nunca termina de irse. Es imposible de encontrar hoy en día en las librerías, así que pedídmelo o bajáoslo, porque es una auténtica maravilla.

martes, 25 de abril de 2006

It's a strange world

Aprovechando que quien esto escribe marcha a otros parajes mañana mismo y no vuelve hasta el domingo, voy a dejar un post que sabréis valorar los friquis que os quedáis aquí. Y es que ya era hora de que habláramos un poco aquí de cómics -digamos- mainstream como Dios manda, ¿no?
Desde hace unos pocos años hay que reconocer que han experimentado un crecimiento exponencial de calidad tras una década de los noventa remolona a la hora de experimentar. Pero hubo dos factores que hicieron posible el cambio: la sustitución en Marvel de los viejos tótems editoriales por el aire fresco de Joe Quesada y una nueva avalancha de ingenio proveniente del Reino Unido. Del primer aspecto ya se hablará más pronto que tarde aquí mismo, porque sé que a más de uno (Ganzúas) le interesa, pero vamos a centrarnos hoy en un caso particular del segundo campo.
Si dejamos aparte nombres fundamentales como Grant Morrison o Peter Milligan, hay que dirigir la mirada hacia, quizás, el que realmente esté más perturbado de todos, Warren Ellis. Tras tirarse unos años haciendo trabajillos puntuales e irregulares (recuerdo con gran cariño la saga de cuatro números de Lobezno Still Alive, dibujada por Leinil Francis Yu), este tipo de mirada inquieta cayó en Image y Vertigo. Allí, lejos de la mirada del gran público, comenzó a escribir una serie muy importante de Image -Stormwatch-, en la que, en poco tiempo, sentó sus reales y se cepilló a medio grupo en un crossover en apariencia intrascendente con Alien. Mientras, en Vertigo lanzó una de sus series más personales (y quizás la más iconoclasta de todas), Transmetropolitan, de la que Dafaka puede hablaros con algo más de conocimiento que yo.
De las cenizas de Stormwatch, Ellis creo otra serie llamada The Authority dibujada por un Bryan Hitch que desde entonces no ha hecho otra cosa que no sea crecer y crecer y que se basaba en una premisa muy simple: tres ciclos de cuatro números con unos enemigos que aumentaban en peligrosidad (en el tercer ciclo luchan contra Dios, no os digo más) y unos guiones que no tenían otra cosa que no fueran diálogos efectivos y violencia espectacular. Sin embargo, lo mejor de esta serie llegaría pasados esos doce números, cuando la pareja Ellis-Hitch fue sustituida por Millar-Quitely, con unos resultados magistrales.
Pero lo mejor de Ellis queda, en mi opinión, para la otra serie que preparó al mismo tiempo que The Authority en Image: Planetary. Se trata de una serie reposada, totalmente opuesta a la anterior, sin apenas acción y sí con un guión muy trabajado, en la que unos investigadores de una organización secreta exploran el mundo en busca de sus secretos más recónditos, todo ello con un halo de misterio conspiranoico que te atrapa desde el principio. Y, por si fuera poco, constituye también un rendido homenaje a toda la cultura pulp existente: cada número es un tributo a mitos de este género como, por ejemplo, Godzilla, el cine de John Woo, Tarzán, Nick Furia o Doc Savage. De este modo, Ellis plantea un juego lleno de honradez entre el lector por saber quién es mas friqui de los dos. ¡Ah! Y, por si fuera poco, en el apartado gráfico está John Cassaday, quien casi comenzó con esta serie una trayectoria que no ha hecho más que evolucionar hasta los sólidos e impactantes dibujos que hoy encontramos en Astonishing X-Men, guionizada por Josh Wheddon (sí, dafaka). Ya tenéis por dónde tirar en vuestras compras o búsquedas de internet, niños.

Planetary, arqueólogos de lo imposible, tiene dos volúmenes publicados en España, aunque el segundo está de momento incompleto, a falta de que Ellis y Cassaday tengan un hueco para acabar esta espléndida colección. No obstante, si encontráis los doce números del primer volumen no lo dudéis, porque el final del número doce es de lo mejor que he leído en mucho tiempo. Imprescindible por su inteligencia, sí señor.

lunes, 24 de abril de 2006

En pelotas

Después de comprender mi verdadera naturaleza de hijo de puta sin corazón (lo dicho, no vuelvo a ponerme bizcochón en la vida: hago un post sensiblero y así me pagáis, panda de miserables) he decidido usar el viejo canon de “para subirte la moral, fíjate en alguien que esté peor que tú”. Y de este modo he dado con uno de los personajes que andaban rondando este blog y que tarde o temprano tenía que terminar cayendo por estas líneas. Hablo de Joe Matt.
Uno de los temas que están siendo recurrentes por estos lares es la narración de la realidad: la mencioné de pasada con Henry Miller y la traté a fondo con Sebald. Pero faltaba el más burro de todos, el que se quema a lo bonzo delante de todos nosotros mientras toma nota de nuestra cara de sorpresa. Y ése, insisto, es Joe Matt.
Miembro del trío de amigos más valioso del comic underground (Seth, Chester Brown y el propio Matt) y perteneciente a la escudería de la canadiense Drawn & Quarterly (en la que figuran otros tipos de la categoría de Chris Ware o Tomine, a quien ya se le dedicó aquí un post hace tiempo, sin ir más lejos), es un autor de cómics que podría catalogarse como una versión mejorada y ampliada del maestro Robert Crumb. Si bien no cuenta con un trazo tan impresionante como el de éste (y no es coña, no os dejéis engañar por las apariencias, Crumb es un auténtico crack), sí que tiene una facilidad enorme para transmitir las emociones mediante una gran fuerza expresiva.
Y es que ése es su punto fuerte: lo que quiere transmitir. Lo que hace Matt es contar su vida: plantarse en pelota picada delante del lector y mostrarse como el cerdo malnacido y egoísta que es, sin ningún tipo de remilgo. Onanista patológico, capaz de mear en una botella para no tener que salir de la habitación y cruzarse con el brasas de su compañero de piso, es además un fetichista de las mujeres (de todas en general, a excepción de las que tienen las pantorrillas gordas) y un maníaco compulsivo de Snoopy y los visores de diapositivas de ciudades del mundo.
Pero, no contento con eso, con enseñarse con total impudicia ante el mundo, Matt opta por desnudar en su cómic a sus amigos y a su novia y relatar con total descaro sus relaciones sentimentales, cómo se masturba pensando en la mejor amiga de su pareja o cómo intenta hacerse a la chica de un admirador suyo. Lo más original de todo es que, al publicar las páginas en las que cuenta estas cosas, los aludidos suelen leer lo que escribe, por lo que, como podéis imaginar, no es un tío que tenga una vida social muy envidiable.
Sin embargo, a pesar de todo ello, Matt consigue caer bien a través de su obra, no sé si será por su sinceridad suicida o por lo patético de su existencia. Y todo a través de unos cómics geniales, con un humor que destila mala hostia por todos sus poros y que, en ocasiones, hasta te conmueven por la vida del pobre bastardo, como él mismo se denomina. Pero ya he dicho que no voy a ponerme bizcochón nunca más, así que… Que os den.

Joe Matt, dibujante egoísta y onanista, es autor de una breve obra pero de intensidad sin igual, que ha sido recopilada por La Cúpula (preguntad por Peepshow) recientemente. Ya sabéis, siempre hay alguien peor que tú, pero el peor, sin duda, siempre será Matt.

jueves, 30 de marzo de 2006

El joven Kaplan soñó que era Guy Fawkes

Ayer, por las cosas que tiene mi día a día, me tocó asistir a una sesión de control en el Congreso de los Diputados que nos pertenece a todos nosotros. La curiosidad no me mataba, la verdad, pero no voy a decir que me molestara ir a ver a nuestros políticos, quizás por algún tipo de querencia enfermiza.
Tras despojarnos de todas nuestras pertenencias electrónicas (incluidos los mp3) y nuestras armas de fuego, nos metieron en la zona de invitados en la que no podíamos siquiera asomarnos para ver las bancadas. Pero lo cierto es que tampoco necesitábamos una mayor perspectiva. Con lo que veíamos teníamos suficiente.
Pepiño Blanco se recostaba en su escaño de espaldas al estrado mientras se sacaba un moco y lo pegaba en el escaño de al lado, que, por supuesto, estaba vacío (más o menos faltaba un 40 por ciento de los diputados); una fila más arriba, a su izquierda, otro diputado socialista no hacía más que pegar gritos a los del PP ("¡Torpes! Zaplana, es todo culpa tuya!"), a los que no podíamos ver porque estaban debajo nuestro, pero sí oír sus gritos (en especial un "que os den" de claridad meridiana); en el centro del hemiciclo dos señoras diputadas (qué mal suena) parecían hacer ganchillo mientras comentaban las evoluciones de sus adorables nietecillos; un tipo leía una revista con total impunidad y relajo; el resto se dedicaba a hablar por el móvil o con el compi de al lado alegremente o a chatear por internet. Finalmente, cuando se iban aburriendo, abandonaban la sala y se iban a tomar un cafetito. No está mal para el sueldo que cobran. Qué sacrificio, qué sangre española tan pasional, qué vida política tan agitada la de estos prohombres.
Anoche me desperté tras soñar que yo era Guy Fawkes (¿que quién es Guy Fawkes? Eso lo sé hasta yo) y el Congreso mi víctima propiciatoria. Tan sólo espero que estrenen pronto V de Vendetta y que sea tan buena como dicen para poder quitarme a estos cínicos, chorizos y embusteros tiparracos de la cabeza. Coño.

V de Vendetta, próximamente en su cine más cercano, es la adaptación de la anarco-novela gráfica del mismo nombre creada por Alan Moore y David Lloyd (¿qué haces que aún no la has leído?) que está inspirada en la figura del británico Guy Fawkes.

jueves, 23 de marzo de 2006

Los perros de Tíndalos III: El viaje del viejo

El viejo Breccia había venido a Europa por motivos profesionales. En Sudamérica había dejado atrás, por unos días, las dificultades de su país, lastrado por los atentados de las extremísimas izquierda y derecha de la época y en el cual Perón preparaba su segundo desembarco. Las condiciones en las que vivían los autores de cómics no atravesaban su mejor momento, pero ni mucho menos tenían visos de mejorar. Personalmente, el viejo Breccia tampoco podía presumir de nada. Tras haber dibujado los guiones de su colega H. G. Oesterheld en El eternauta, la industria argentina de la historieta había tocado fondo y el viejo tuvo que vender sus historias al viejo continente. Además, pronto se cumpliría el décimo aniversario de la muerte de su esposa, por cuya frágil salud tanto se sacrificó en balde el viejo. Aún seguía añorándola.
Aquel día tenía que coger un tren desde Madrid hasta Milán y compró una novela para pasar el rato mientras duraba el viaje. De entre todas las que vendían en el kiosco de la estación, eligió, quizás movido por algún impulso proveniente de la infancia, El horror de Dunwich, de H. P. Lovecraft, de quien tantos relatos leyó de niño en la revista Weird Tales. Para cuando llegó a su destino, el viejo Breccia había tomado una decisión.
Siempre desafiando las convenciones de la ilustración, siempre a la busca de una vuelta más de tuerca, tenía la intención de volver a hacer otra gran obra, pero esta vez sin la ayuda de su mano Oesterheld. Esta vez el argumento lo pondría Lovecraft; de nuevo, el genio lo pondría el viejo. Para conseguir transmitir en un dibujo todo lo que el de Providence mostraba con su verborrea ampulosa, Breccia optó por no mostrarlo. Dibujos abstractos, collages imposibles, masas informes, pinceladas desconcertantes, manchas amenazadoras, así fue como el viejo consiguió que cada lector imaginara los espantos que quería imaginarse tras leer las líneas de Lovecraft. No era una pedantería, era la única forma posible de que el experimento triunfara. El guión era el propio relato, casi sin modificaciones, sin apenas diálogos. El resultado confirmó lo que en Mort Cinder se había previsto diez años antes, en 1962: que Breccia era, probablemente, el mejor dibujante de cómics de la historia.
A su vuelta a Argentina descubrió que no hacía falta sumergirse en la oscuridad de Lovecraft para encontrarse con abominaciones. Los asesinatos de fascistas y comunistas aumentarían de forma exponencial, Perón moriría y un golpe de Estado abriría el coto de caza de una vez por todas. Y su mano Oesterheld sería uno de los primeros en caer bajo el olor de la pólvora. Volviendo a la pregunta del anterior “Tíndalos” no hay ficción más terrible que la más terrible realidad, me temo.

Los mitos de Cthulhu, de Lovecraft, Breccia y su yerno Buscaglia, han sido editados con esmero por Sins Entido y marcan una de las cúspides de la experimentación dentro del cómic, y eso que data de hace treinta años.

jueves, 16 de marzo de 2006

La incomprensión es arte


Siempre abajo, siempre la mirada gacha. Los complejos, la falta de adaptación, los deseos nunca satisfechos y la deriva como forma de vida. Hay tanto dolor contenido en cada una de sus planchas que la conexión con el lector es desaforada, brutal, desproporcionada. No sé si es la melancolía de las miradas y las sombras, si la planificación de página apocada o el estilo lánguido, perturbador de frío; pero consigue volcarte dentro de todos y cada uno de los personajes, porque no hay buenos y malos, sólo colores de tristeza, latente o manifiesta en principio, siempre presente al final de todas sus historias. Entra como un torrente de decepción en la vida de sus personajes y los deja ahí, girando sobre ellos mismos, como una peonza, no los hace parar; el punto final está párrafos antes del último punto y aparte de la realidad. Y a todos los que aparecen en sus obras les afecta, repito, hasta al más accesorio, aunque no salgan más que en dos viñetas, porque la tristeza es el más contagioso de los males humanos. Y hay miedo, miedo a la soledad y al día siguiente, de ahí los ya nombrados falsos finales, y sobre todo a la rutina, presencia habitual en sus relatos, porque es la muerte en vida, la ausencia de movimiento: el estatismo, cualidad formal constituyente de su obra, las viñetas. Es decir, tiene miedo a lo que hace, no está seguro de nada salvo de su supervivencia, la suya y la de su desarraigo. De ahí su lenta producción: alarga sus períodos vitales, evita tener que pensar que mañana será otro hoy y que eso mismo lo lleva pensando tantos ayeres que ya no merece la pena recordarlo. Nosotros, en cambio, egoístas patológicos, cambiaríamos sin dudarlo un poco más de su sufrimiento por otra entrega de su imaginación.

Adrian Tomine, el Raymond Carver de los cómics, ha visto publicados en España dos volúmenes capitales de su obra en los últimos meses: Rubia de verano y Optic nerve. Se recomienda no mezclar con el anterior comentario si no se quiere inferir en tendencias claramente suicidas. Gracias.