jueves, 29 de marzo de 2007

En verdes praderas nos hacen recostar


Creo que no le vendrá mal a este blog hablar de una película de estilo clásico toda vez que en breve nos pondremos a rajar como locos de 300, que creo que habría que denominar en algún sentido como postcine. Y por ello me ha venido como anillo al dedo ver la segunda película de DeNiro como director, The good shepherd (El buen pastor), que áun no se ha estrenado en España.

Sorprende desde luego que Bob se haya metido en un embolado semejante, habida cuenta que su ópera prima, Una historia del Bronx, era la antítesis de la que nos ocupa ahora. Ha pasado de trasladar a la pantalla un relato de iniciación mafiosa del habitual en las lides del hampa Chazz Palminteri (es incluso la voz de Fat Tony en Los Simpsons, el no va más) a meterse ni más ni menos que en los veinte años que duró la gestación de la CIA. Toma ya.

Para ello ha pillado un reparto de esos que sólo consigue reunir Woody Allen, Marty Scorsese o, últimamente, Christopher Nolan. Por la película se pasan Matt Damon, Angelina Jolie, William Hurt, el propio DeNiro, Michael Gambon, Joe Pesci, Timothy Hutton o Alec Baldwin (sí, ya, los Baldwin apestan, pero éste en particular ha enlazado dos buenos papeles en Infiltrados y en ésta misma, así que le salvo del genocidio familiar que ha de practicarse tarde o temprano). De manera que, como el que no quiere la cosa, de primeras, la cinta atrae. Volveremos después a los actores.

Lo que te acaba de llamar la atención son dos hechos de los que te das cuenta una vez entras en el film. El primero, que después de ser el actor que ha estado metido en la mayor cantidad de obras maestras de toda su generación, a DeNiro se le ha pegado un poco de aquellos directores con los que ha tratado. De todos y de alguno más (The good shepherd respira ese aire turbio y minucioso que emanaba el JFK de Stone). Pero del que más ha aprendido, sin duda, es del productor de la peli, Francis Ford Coppola.

Salvando las distancias y sabiendo que las comparaciones son odiosas y patatín patatán, el estilo empleado recuerda sin duda a El Padrino. Un tono pausado, contenido, con escasas escenas de emoción o violencia contenidas, y con un protagonista... que es un cabrón con pintas. Michael Corleone y Edward Wilson son sociópatas inofensivos, que intentan mantenerse como tales y llevar una vida tranquila al margen de una sociedad que odian, pero que, por causas externas a ellos, acaban ostentando una gran porción de poder. Son un coñazo de tíos, pero acojonan.

En esto influye también el segundo hecho que me quedaba por hablar: el guión de Eric Roth, un hombre que empieza a hacerse un nombre. A pesar de lo que diga Dafaka, su libreto de Munich me parece soberbio (sólo lo empaña esa espantosa escena final del orgasmo que, desde ya, atribuyo a Spielberg y su dificultad para acabar sus últimas obras como Dios manda) y está trabajando en el próximo proyecto de Fincher, The curious case of Benjamin Button. Roth ha escrito una película incómoda, agobiante, igual que Munich, en la que la espiral de asfixia no hace sino crecer y crecer, pero que no puedes dejar de ver a pesar de lo antipáticos que resultan todos los personajes.

Y volvemos a los actores. Con Damon me está pasando como con DiCaprio, que se está esforzando por que acabe gustándome. Lo consiguió en Infiltrados, me atrapó en la última de Bourne y en ésta creo que hace el papel de su vida, la antítesis de lo que exigiría el típico guaperas que se cree la gente que es. Y en cuanto a Angelina Jolie, he de decir que no había visto nunca ninguna película suya y que en ésta, aun siendo una elección de casting un tanto extraña, se esfuerza un huevo por construir un papel de mujer esforzada. Y acabo creyéndomela, la verdad. Y si tengo que ir hablando del resto de reparto uno por uno me canso y no quiero, pero están todos genial.

Total, que os la bajéis ya, leñe.

domingo, 25 de marzo de 2007

El guiriguay


Desde la última cuesta del camino


Mi perro


Bueno, no es mi perro. Pero algún día lo será. Lo juro.

El fantasma negro


Recién inaugurado el túnel de la M-30 y ya está poseído...

miércoles, 21 de marzo de 2007

Quesada's eleven


Ayer mantuvimos la enésima conversación comiquero-etílica y, al llegar a casa me entraron las ganas de hacer aquí una especie de guía de lectura de la Marvel actual, dado que, por primera vez en casi treinta años, ésta se muestra como un todo orgánico, en el que ningún hecho es considerado exclusivo de una colección y sí concerniente a todas. Y todo gracias a que se ha depositado el poder de decisión en los guionistas (no sé a ciencia cierta quién tendría la brillante idea de dárselo en los noventa a los dibujantes). Y qué guionistas:
1. Brian Michael Bendis: este doble de Kingpin en carne y hueso es el cerebro en la sombra (y no tanto en la sombra, la verdad) de todo esta maraña. Ya hablamos por aquí de él. Sólo cabe volver a decir que su tarea en Los Vengadores, The Pulse y Daredevil me parece muy, muy interesante y el germen de lo que es hoy Marvel. Y lleva camino de ser el tío que más números haya escrito del Hombre Araña con su Ultimate Spiderman.
2. Mark Millar: el segundo cabecilla de la rebelión. Maestro en las artes de miccionar en los mitos del género con particular mala baba y acierto. Sus insuperables números de The Authority los ha llevado a una serie de verdad con los Ultimates, acompañado por Bryan Hitch con el fin de dejarnos a todos con la boca abierta. Es el máximo, que no único, responsable de la inminente e importante Civil War, dibujada por el joven genio que es Steve McNiven. Nada desdeñables tampoco las cositas que va haciendo por aquí y por allá, como los primeros números de Ultimate X-Men y su saga de Lobezno. Es asimismo el autor de la mejor frase que ha pronunciado jamás el Capitán América y, lejos de Marvel, de Wanted, la micción suprema.
3. Grant Morrison: vini, vidi, vinci y se dio el piro. Como dice Ganzúas, derribó la catedral churrigueresca que eran los mutantes y sus consecuencias aún se ven con fuerza. Una vez que cumplió su trabajo, ayudado por el descomunal Quitely, se volvió a cambiar de acera para seguir profundizando en el género que él mismo creó: el cómic de superhéroe, metafísica y peyote. Y si no lo crees, ahí tienes We3, Seaguy, Seven soldiers of victory o El Asco. Por no hablar de Los Invisibles...
4. Warren Ellis: otro del que ya hemos hablado hace tiempo, cuya figura no hace más que ascender y ascender. Es el renovador del género de superhéroes como en los ochenta lo fueron Miller o Moore. Lo hizo con The Authority y Planetary, y ahora lo está volviendo a hacer con Nextwave (el cómic más cool del momento y con el humor más gamberro que he leído desde el Masacre de Joe Kelly). Su Iron Man, genial. Habrá que ver la que monta con su último invento, newuniversal, y con su versión de los Thunderbolts. Yo, mientras, seguiré esperando que a alguien se le ocurra de una vez consumar el intercambio de parejas de The Authority que iniciaron Hytch y Millar y junten de una vez por todas a Ellis y Quitely.
5. Josh Whedon: el creador de Buffy se lo ha montado bastante bien. Le han hecho una serie mutante nuevecita para él con los personajes más fashion y esa bestia de la naturaleza que es John Cassaday a los lápices. No se puede quejar. Sin todo eso habría que ver lo que hacía. Pero yo tampoco me puedo quejar, vamos. Y suya es la culpa de que Civil War acabe como acabe.
6. Garth Ennis: el guionista de la camaradería entre soldados está en plan descanso del guerrero, velando armas mientras se desahoga con el Punisher, una lectura muchísimo más recomendable de lo que todo el mundo dice por ahí. De vez en cuando hace otras cosillas (Ghost Rider), cosas (Born) o cosazas (Fury), todas ellas, como poco, muy divertidas. Que esté en Marvel un símbolo de Vertigo como él debe hacer muchísima pupa a la Distinguida Competencia. Y si encima vuelve a DC para escribir The Boys y a los seis números le dicen que se vaya a otro lado por lo burra que es, la verdad es que la cosa está muy malita.
7. J. M. Straczynski: es autor de la etapa más interesante de Spiderman desde, diría yo, los tiempos de Stern o DeMatteis, a pesar de esas cosas tan raritas que monta con la pobre Gwen Stacy. También anda manoseando ahora a los 4 Fantásticos. Deseo de verdad que haga lo mismo con Thor, que es mi personaje favorito y anda el angelito muy perdido desde los inolvidables números de Simonson. Y a ver si le echo el diente de una vez a su Escuadrón Supremo...
8. Peter Milligan: su irregularidad le hace parecer peor de lo que es, y sus X-Men actuales afean el recuerdo tan agradable que supone X-Statix, el paso intermedio entre The Authority y Nextwave. Para ver las cosas ricas que hace ahora, mejor seguirle la pista al Blanco Humano que escribe para DC.
9. Robert Kirkman: el tío que, después de hacer una serie de culto en blanco y negro (The living dead), tiene la idea del siglo: juntar superhéroes y zombies. Todos los frikis babean con algo así, pero a ninguno se le ocurre antes que a él, a pesar de lo fácil que es. Espíritu creativo adocenado en la sociedad posmoderna, me temo. Marvel zombies ha sido el bombazo en ventas inesperado de la temporada, por supuesto. Habrá que rezar para que también nos dejen ver por aquí su, por lo visto, entretenidísimo Marvel Team-up.
10. Paul Jenkins: el más grande guionista de historias pequeñas de la actualidad. Sus números autoconclusivos de Spiderman son preciosos; su Vigía, una locura; y, se dice, se comenta, su Civil War Frontline, mejor incluso que Civil War. Lástima que parezca que le tienen de chico para todo.
11. Ed Brubaker: el último en llegar, pero lleva pinta de ser en breve tan importante en Marvel como Bendis o Millar. Autor independiente reconvertido en prestigioso guionista de superhéroes, lo cierto es que debe ser un friki del tres. Conoce a todos los personajes a la perfección y hace que hasta el Capitán América sea apasionante. Sus X-Men prometen ser tan interesantes como lo que apuntan en Deadly Genesis, en Daredevil ha entrado sin miedo a pesar de la capital etapa de Bendis, y lo de Puño de Hierro y Criminal lo quiero tener ya, ya, ya. Y si no has leído su Sleeper me enfado.
Bueno, con esto de momento ya es suficiente.

Kerbala, 2004


Que noooo...

Fresnedilla de las Olivas, 2006. Pueblo de Madrid con más tasa de inmigración de toda la Comunidad.

lunes, 12 de marzo de 2007

Manifestaciones, banderas, terrorismos (y IV): Clase de matemáticas


Enfrentarte a una mirada así tiene el mismo resultado que una clase de matemáticas: te habla -sin palabras- de distancias espaciales (3 de largo por 2,5 de ancho), temporales (532 días) y de casos prácticos (en 3 pasos). Y, también como en una clase de matemáticas, sólo logras hacerte una vaga idea de lo que se te está enseñando. El único capaz de comprender lo que intenta explicar es el profesor. O, en este caso, José Antonio.

Manifestaciones, banderas, terrorismos (III): El más listo


900.000 personas. Algún que otro cretino habría, claro, entre tanta gente. Pero sólo uno se enorgullecía y hacía gala de ello. Helo aquí.

Manifestaciones, banderas, terrorismos (II): El más genial


Manifestaciones, banderas, terrorismos (I): España, campeona del Mundial de Fútbol


Por fin, los aficionados españoles pudieron echarse a las calles a celebrar la victoria de su selección del fútbol como tantas veces habían deseado de forma infructuosa. Miles de banderas ocuparon la plaza de Cibeles en Madrid como si de un título del Real Madrid -la segunda selección española, al fin y al cabo- se tratara. Y todo gracias a los goles de los recuperados para la causa Mendieta y Etxebarría, que fueron recordados en los cánticos de la alegre multitud con tonadillas como "Etxebe, Mendieta, ésos son vascos y no los de ETA".

Keep dreamin', my friend, me temo.

martes, 6 de marzo de 2007

Aquí huele a (crítico) viejo



Necios. Sobrados. Soberbios reyes de un trono de paja. Críticos de cine. Da igual.
Sí, amigos, hoy toca hablar de una de las partes más controvertidas del periodismo. El crítico. Pero como el tema es amplio y ya algunas voces pelín más audibles que la mía han puesto a parir a elementos concretos de este corpus (Pérez Reverte y De Prada y sus affairs con la crítica literaria son un verdadero clásico del marujeo cultureta contempóráneo, casi al nivel de otros como el pensamiento único de Babelia), yo voy a centrarme en lo que más me escuece ahora mismo: el crítico cinematográfico veterano y de prensa escrita, para más señas.
Por sus hechos les conoceréis. Años y años dedicados a la profesión, qué digo profesión, al muy noble arte de la crítica del séptimo arte (qué eufemismo más manido y asqueroso, dicho sea de paso), ojitos pequeños y entreabiertos, como cansados de tanto celuloide y vida, desarreglados pero con estilo, porque han tenido mucha experiencia y mucho turismo, y saben lo que se hacen y lo que dicen. Muchos de ellos (como todos los que rondan hoy los cincuenta o sesenta, por lo que se dice ahora, qué raro que la cosa durara sus cuarenta años) curtidos en las luchas por la libertad y contra el gris, hecho que, por lo que parece, te da automáticamente la oportunidad de convertirte en director de cine, actor, novelista, cantautor o, en su defecto, crítico de cine, que es el tema que tratamos, osea.
Estamos situados, pues. Años setenta. Cine de arte y ensayo de la Gran Vía o cineclub salchichero con olor a orín que echa para atrás en su defecto. En butacas salteadas, pares de ojitos menudos ven al Fassbinder o al Herzog de turno y deciden, cada uno por su lado, que tienen que dar a conocer al mundo las erecciones mentales que esas películas les despiertan cada semana. Hasta ahí bien. A todos nos ha pasado. Ímpetu juvenil atenuado por la era de la comunicación. Si hubiese sido en la Edad Media en ese momento habría nacido un cruzado. Pero no, en los cines de arte y ensayo no nacían cruzados, nacían críticos de cine.
Nada que objetar de momento. El problema viene ahora, mientras lees estas líneas. Lejos de ti y de mí, esos mismos críticos siguen realizando su trabajo, o al menos así lo hacen creer al mundo entero. Pero no es así. Hoy, estas personas han olvidado que su trabajo es estar atentos a cómo se mueve el mundo del que opinan, se encierran en sus antiguas sesiones de cine de auteur y se creen en el derecho de insultar (insultar, esa fundamental labor del periodista) a los que no opinan como él, o peor, a todos aquéllos a los que les gusta un determinado estilo de cine. Gritan horrorizados cuando se topan con un plano que dura menos de un segundo y medio, se arañan el cuello al encontrarse con una narración fragmentada... Les asquea todo aquello que huele a nuevo y lo tachan de "modernez" (qué triste) sin darse cuenta que si aquí huele a algo es a viejo y por culpa suya. Olvidan que nos importa tres huevos lo que les ha parecido la película a ellos como espectadores, que lo que queremos es que nos digan razones y sinrazones de la obra, que la contextualicen con el momento artístico que vivimos y que ellos, de acuerdo a todo esto, la juzguen. Creerán imposible que a alguien le pueda gustar Dreyer y Aronofski, o Ford y Shyamalan, los muy cortos. Y no estoy equiparando a nadie, que conste.
Eso sí, no se la cogen con papel de fumar a la hora de elevar a los altares a sus amiguitos a pesar de que su obra sea una basura. Hay muchos ejemplos de esto y todos los conocéis, pero vamos a recordar un par, para ilustrar el tema: Oti defendió y defenderá al pequeño Amenábar como el nuevo Hitchcock por muchos telefilms de sobremesa de Antena 3 con tetrapléjicos que le dé por rodar, porque le dejó hacer un tremendo (¿?) libro monográfico sobre su egregia e imberbe persona. O Boyero jamás dirá nada malo de Alatriste, ese pufo que hizo su amigo Tano, que tantos exámenes de periodismo hizo en lugar del aprendiz de crítico mientras éste se ponía hasta atrás en cualquier fiesta. Y encima, claro está, entre ellos existe una endogamia de la leche y todos se adoran y nadie les mueve de su poltrona porque son quienes son y su nombre vale mucho.
Decimos que no nos merecemos a nuestros políticos. Lo cierto es que si nos ponemos a pensar, no nos merecemos nada de lo que nos rodea. O nos lo merecemos todo. De momento, convendría abrir las ventanas, que aquí huele a viejo.

domingo, 4 de marzo de 2007

La invasión de los hombres quesito










Ya os lo he mandado a la mayoría de vosotros por mail, pero no puedo dejarlo ahí, me temo que hay que alertar a toda la población ante esta inminente y peligrosa invasión. Se comportan como nosotros pero son más redondos y pizpiretos, ¡horror!

Ante vosotros, el homoquesito, el quesito extraño-amigo-de-los-niños y el quesito borracho, los tipos más escalofriantes de hombres quesito que me he encontrado hasta ahora.


EDITO: Buceando por internet, presa del pánico, he encontrado la siguiente imagen. Creo que es hora de echar a correr.

sábado, 24 de febrero de 2007

Inland Empire

Acabo de ver Inland Empire y me moría por escribir ya en este blog acerca de Lynch. No quiero y creo que tampoco debo ordenar mis pensamientos en torno a la película, así que los voy a ir soltando según me viene. No destriparé la peli porque, sinceramente, no sé de qué coño va (y no es una pose de guay, es así). En otros posts ya me pondré más académico, pero con este tema me es imposible. Allá voy:
1. Primera idea tras verla: en esencia, es una versión corregida y aumentada de Mullholland Drive. En cuanto al espíritu, no al contenido. Más llevada a los límites. Donde allí seguías el hilo durante media película, aquí te has olvidado de buscarlo al cuarto de hora (y no conviene olvidar que Inland dura una hora más que la ya de por sí extensa Mullholland). Si en ésta había diez momentos sobrecogedores, en aquélla hay mil. Si en Mullholland te morías de miedo en un instante en concreto (el monstruo escondido), aquí hay cuatro aún más espeluznantes. Si te confundías con realidad y sueño, prueba en Inland a mezclar varias realidades, varios sueños, varios tiempos, varios espacios. Una y otra vez. Repetimos. Y encima te cuela unas cuantas de las escenas más intensas que he visto en mi vida (al estilo de la escena de la prueba de guión de Mullholland o la del Club Silencio)

2. No sé de qué coño va, es cierto, pero sí sé (lo veo, vamos) que todo tiene sentido, aunque no lo conozca aún, como en sus obras anteriores, lo que obliga a descubrirme ante semejante bestia de la naturaleza. ¿Recordáis la sensación que teníais al ver Primer? ¿Esa placentera impotencia de ser incapaces de seguir lo que os contaban? Pues aquí elevadla al cubo y a lo mejor os aproximáis.

3. Vi la película en los Verdi (Metro Canal). Vale. Cuando iba por Alvarado aún notaba los latidos del corazón acelerados. En serio. Jamás me he cagado tanto. Y eso que he visto unas pocas pelis de terror. Pero claro, ¿qué es ese terror al lado de la posibilidad que ofrece Lynch de sumergirte en una pesadilla conscientemente?

4. A pesar de no saber de qué va, insisto, y como acostumbra este tipo, despierta en ti los mismo conceptos de siempre. Bondad absoluta, maldad absoluta, redención, sacrificio, soledad, confusión, angustia.

5. Absolutamente obligatoria la opción de verla en cine. Qué sonido más devastador. Si os decidís a ir, no dudéis en decírmelo.

6. Si buscas entretenimientos convencionales y fáciles de digerir, ve una de Ron Howard. Si quieres una tormenta de sensaciones extremas irracionales, llamad a Lynch.

7. Seguirá pasando con Lynch como con el Cherry Coke. Preguntadle a alguien al que no le gusta este director sobre Inland Empire y dirá "puta mierda". Preguntadle a alguien al que le gusta: "Gloria bendita", responderá.
[Claro que yo sería el único que diría eso en referencia al Cherry Coke].


Seguiré escribiendo cosas al respecto, pero por ahora vale.
PD: Por si no ha quedado claro, en mi opinión ver esta genial película es una experiencia única. He dicho.

miércoles, 14 de febrero de 2007

lunes, 12 de febrero de 2007

El genocida solitario


No deja de ser curioso que, debido a una ausencia por viaje de placer, no pudiese escribir antes este post que tanto habría gustado a los alegres e inocentes jovenzuelos que han visitado últimamente este blog (o mejor dicho este post, véanse sus comentarios, a los que son libres de responder los aludidos, por supuesto). Nada me molestaría más que se viesen estas líneas como una claudicación ante su buenrollismo no ilustrado. Pero en fin, metámonos en faena.

Temo a Nicholas Cage. Tiene sus cositas buenas, como Arizona baby, Face off o Asesinato en 8 mm (ésta ya no es para todos los paladares, pero en fin...), pero gusta generalmente de recrearse en la ponzoña más maloliente (lo de Con air es para analizarlo con muchísima frialdad) sin ningún pudor. Por eso me extrañó que protagonizara Lord of war. Y que además la produjera me dejó a bolos, como dice aquél, o aquélla.

Porque no siempre se ven películas con un contenido tan incómodo, pero menos aún con tantos medios. Lord of war es el retrato de un traficante de armas, pero sin tonterías. El protagonista no es malo pero un poco bueno. Es lo que es y punto.

¿Y qué es? Ahí radica lo grande de la película. Lo fácil sería decir que un hijo de puta con pintas. Lo rebuscado pero no desacertado, que es un mal necesario y persistente. Yo... No sé qué decir, más allá del profundo desprecio que me provocan. Para mí la clave está cuando al personaje de Cage le critican por ganarse la vida haciendo lo que hace y él se excusa alegando que si no lo hace él lo hará otro, que mercadea con armas porque se le da bien y que él no mata, sino que vende su mercancía y nada más. Con esas tres razones se explica a la perfección un concepto que también aparece en la película y que define lo que es un traficante de armas: genocida solitario.

Más allá de cómo sean uno por uno, sus rasgos generales son los de tipos que optan voluntariamente a esta dedicación, sin ningún tipo de remordimiento de conciencia ni moralidad, pero con un alto sentido del sacrificio por el trabajo, o de la riqueza. Y sin embargo, me temo que su figura es, en efecto, persistente. Son los verdaderos genocidas posmodernos, por decirlo de algún modo, asesinan en masa y nadie dice nada, ni siquiera se conocen sus nombres. Son la hez de la humanidad, pero como tal, son provocados por ésta siempre que acude al baño. Y seguirá creándolos. Unos morirán, otros se transfigurarán en filántropos, pero los nuevos ocuparán las vacantes, no hay duda. Como los verdugos de Berlanga. Tiemble usted después de haber reído.

Unos diréis que es hipócrita, o miserable, afirmar que los traficantes de armas son necesarios. Otros diréis que es hipócrita, o bienpensante, decir que es posible un mundo sin ellos. Yo, sinceramente, dudo incluso que se pueda hablar de hipocresía en uno u otro caso.

Hace unos días Susie me comentaba que había multitud de cosas extrañas en el mundo que le inspiraban miedo. Y es que, en mi opinión, y viendo aspectos como éstos, es la propia humanidad la que da miedo. Lo único que se puede hacer ante esto es perder ese pavor y diseccionar la historia humana como un biólogo a una rana. Y tener calma, mucha calma...

PD: si queréis hablar de la peli en sí, hablamos, porque hay tela que cortar (la Historia de una bala de los títulos de crédito, sin ir más lejos).

martes, 23 de enero de 2007

Pantera negra contra el Tío Tom

A pesar de que hay excepciones, creo que el boxeo como espectáculo acabó hace tiempo. Tengo hacia este deporte un sentimiento cuasi romántico (y mira que parece difícil) y siempre acabo por relacionarlo con la mística de épocas pretéritas, quizás a causa del blanco y negro de Toro salvaje, o porque encuentro incoherente un combate que no se celebre en un casino de Las Vegas con luces chilllonas y tenga por asistentes a alegres horteras bañados en cocaína que disimulan sus ojos irritados en enormes gafas ahumadas y su lamentable estado físico entre chaquetas de satén y busconas oxigenadas. Algo raro tiene el ring de boxeo, su particular maldición, que provoca siempre un magnetismo que atrae sólo a los famosetes con ganas de figurar y a la peor escoria de cada sociedad. La última vez que vi por la tele un combate de boxeo vi entre el público a Javier Bardem, incluidle en cualquiera de los grupos anteriormente mencionados.
Nada que ver, no obstante, con los famosetes que acudían antes. Claro que tampoco eran los mismos boxeadores. En la primera mitad de los setenta coincidieron Ali, Foreman o Frazier, por decir algunos. Curiosa época la de los setenta, ávida de líderes de pensamiento, que llevó incluso a fijarse en un animal como Ali para erigirlo en calidad de gurú. Martin Luther y Ali, tanto monta, vamos. Algo así como si eligiéramos nosotros de portavoz a Poli Díaz, ese potro; salvando las distancias, por supuesto. Es gracioso contemplar, asimismo, cómo los dirigentes blanquitos del espectáculo, desde su poltrona, decidieron potenciar esa idea, para que fuera asimilada por todos, blancos y negros, y el beneficio fuese mayor.
Ya tenían a Mohammed Ali, a.k.a. Cassius Clay, el rebelde negro musulmán converso, estandarte de los derechos humanos y el black power, dotado de una verborrea ofensiva y, por qué no decirlo, bastante excesiva, gustoso de pavonearse con su rollo de las mariposas que vuelan y las avispas que pican, muy zen todo. Pero les faltaba el otro tipo de negro. El hijo del tío Tom, el de la cabaña, el negrito bueno, tontorrón y analfabeto que recoge la siega por la mañana y practica vudú por la noche. Y lo encontraron en la figura de Joe Frazier. Sólo les quedaba vender la historia y generar dinero.
A Ali le encantó la movida, porque formaba parte de ella y estaba como pez en el agua, pero a Frazier como que le entrejodía bastante, porque no tenía ni idea de por qué le habían encalomado ese sambenito. El caso es que prepararon el combate y la expectación fue enorme.
Los famosetes querían figurar y no sabían cómo, así que sólo unos pocos privilegiados consiguieron acreditarse como reporteros para presenciar el combate (Norman Mailer de redactor y Frank Sinatra, el de New York y tal, de fotógrafo).
Desde un extremo del ring, Ali le decía de todo a Frazier, que le miraba callado. Cuando el combate empezó, quedó claro que, en efecto, no eran dos negros iguales. Ali, alto, de rasgos suaves, clavaba directos potentes y veloces. Frazier, una mole retorcida y chaparrita, cargaba su brazo lentamente para dar -perdón, pero es la expresión más acertada- hostias como panes. Ninguno de los dos se defendía, simplemente atacaban y atacaban. Eso sí, Ali, entre golpe y golpe, seguía poniendo a parir a su rival. Los rounds fueron pasando y, sorpresa, no sólo Ali no había tumbado a Frazier, a pesar de la cara destrozada de éste, sino que el negrito bueno le estaba dando a base de bien al pantera negra. Al acabar un round, hacia la mitad del combate, Ali, un tanto fatigado, seguía insultando sin parar a Frazier, mientras éste, en mitad del cuadrilátero, sin hablar, le hacía gestos para que fuera allí y se lo dijera a la cara. En ese momento, creo sinceramente que Ali se acojonó.
Frazier no cedió y siguió armando el brazo y lanzando puños descomunales a los riñones de Ali. El resto es mejor que lo veáis vosotros mismos, aunque sólo sea por tener el placer de ver el bocazas de Ali tambaleándose así. Os incluyo en el primer vídeo los round 10 y 11 (ojo al final de este último) y la caída de Ali. En total son veinte minutos, pero merecen mucho la pena. El combate entero, si os interesa, está en youtube.
Hoy uno vive entre los temblores del Parkinson y otro malvive en un cuartucho de un mísero gimnasio al más puro estilo Million Dollar Baby.
Qué tiempos, anyway...




domingo, 14 de enero de 2007

Juguemos al metadiscurso

**Se recomienda haber visto The Prestige antes de leer este post**

Ocurre con The Prestige como con muchas otras buenas -o muy buenas, o geniales- películas como El bosque, El nuevo mundo o la reciente Banderas de nuestros padres: que el público puede salir de su proyección creyéndose estafado. En estos otros casos habrá que buscar a los culpables de ello entre los responsables de su publicidad, que intentan vender de forma agresiva o comercial lo que no lo es. Con The prestige, en cambio, deberíamos fijarnos en El ilusionista, la agradable obra protagonizada por Edward Norton que aún puede encontrarse en las carteleras. Ajustada a los cánones clásicos, de irreprochable factura técnica y perfectamente interpretada, deja predispuestos a los espectadores a posibles nuevas películas de magos que mantengan una estructura semejante o un discurso continuista con la obra de Neil Burger. Y hete aquí que aparece como el que no quiere la cosa, o peor, como intento de aprovecharse del éxito de esta película, el bueno de Christopher Nolan con The Prestige bajo el brazo.

¿Qué ocurre? Pues que sí, que The Prestige es una película de magos, cierto, pero, antes que nada, es una película de Nolan, lo cual conlleva muchos factores. El primero, una forma de montar la historia a su antojo, inteligente y no arbitraria, jugando con el hilo narrativo, corriendo y descorriéndolo de su bobina, usando a uno y otro personaje como narrador, pero nunca como mero artificio (el mago que lee el diario del otro mago en las fechas en que ese mago intentaba descifrar el diario del primer mago, dos caras de una misma moneda persiguiéndose como un gato a su cola, magistral). El segundo, una historia densa, opresiva, dolorosa, de sacrificios sin fin ni recompensa lo suficientemente grande (la única que se sale del patrón es Insomnio, que más que una película de sacrificio es una película de redención, áunque también sin recompensa final). Y el tercero, y quizás más importante, el metadiscurso.

Digámoslo ya abiertamente. The Prestige no es una película con moraleja, ni siquiera una moraleja con película adosada. Es un ejercicio no de estilo, sino de director, una tesis con ejemplo práctico, un film-ensayo, por llamarlo de algún modo. El film va abriendo su cáscara poco a poco, juego a juego (entre director y espectador, no ya entre Bale y Jackman), truco a truco, hasta que los personajes pierden razón de ser (los secundarios van despareciendo con excusas más o menos veladas y los principales se desvirtúan por multiplicidad, por decirlo de forma delicada) hasta que Nolan, por boca de Bale, habla al espectador, por oído del moribundo Jackman, y le cuenta qué es todo aquello. Una alegoría del sacrificio del artista, que pierde su personalidad en pos del asombro del público, del esfuerzo del escritor, que halla su reconocimiento en los intentos de ese público por intentar ser más listos que el autor, en las preguntas que se hacen a lo largo de todo el metraje de la película, que es el ejemplo aplicado (¿cómo hará el truco éste y aquél? ¿Sería en realidad el muerto el doble borracho de Jackman, asesinado por éste para no tener que pagar el chantaje?) y, finalmente, en el deseo no reconocido de que nos encantaría que nos engañasen así de bien una y otra vez.

Los hermanos Nolan proponen acertijos encadenados desde el principio para que nosotros, incautos, nos hagamos los listos y entremos al trapo, y fallando una y otra vez para, finalmente, darnos cuenta de que la traca final la dicen desde el principio... Sólo que nos negamos a aceptarla porque somos más listos que el hambre, ¿no?

Hay y habrá quien tache de tramposa a esta descomunal película. Desde luego, para mí no lo es, en tanto que en ningún momento el tahúr Nolan esconde sus cartas: vamos a ver un juego, lo tomas o lo dejas. Nada que ver con aquellos verdaderos tramposos que recurren a lo fácil o lo absurdo sin más para justificar lo injustificable (el ejemplo más claro es Fallen).
Digo yo, vamos.

sábado, 6 de enero de 2007

Tira me a las arañas! Rompeme el hocico!




Bueno, creo que, con la excepción del disco de Tool, en este blog no se habían tocado los asuntos musicales. Craso error, pero ya mismo lo enmiendo. Eso sí, no esperéis encontrar aquí demasiados grupos comerciales, por así decir, ya que sería desentonar bastante con la tónica friki-cultureta que impera en esta vuestra página.
Y qué mejor forma de empezar a hablar de musica que con el grupo más descerebrado que ha llegado a mis oídos y que, desde luego, más les ha cautivado: The Mars Volta.
Pero mejor dejo el post para los comentarios que me hagáis tras haber oído el par de canciones que os dejo aquí arriba. La primera es Day of the baphomets, es de su último álbum, Amputechture, y aparte de las más que notorias influencias de King Crimson, os pediría que prestáseis atención a la espídica y desquiciada sección de percusión que hay en la última mitad de la pista. Y la otra se llama L'via L'viaquez, es del disco anterior -Frances the Mute- y mezcla dos estilos un tanto antagónicos, mejor que lo descubráis vosotros mismos. No obstante, a mí, que me encanta este grupo, me costó acostumbrarme a él unos meses, así que creo que, de entrada, os repugnará, pero mejor me lo contáis vosotros mismos. Os espero.