sábado, 24 de febrero de 2007

Inland Empire

Acabo de ver Inland Empire y me moría por escribir ya en este blog acerca de Lynch. No quiero y creo que tampoco debo ordenar mis pensamientos en torno a la película, así que los voy a ir soltando según me viene. No destriparé la peli porque, sinceramente, no sé de qué coño va (y no es una pose de guay, es así). En otros posts ya me pondré más académico, pero con este tema me es imposible. Allá voy:
1. Primera idea tras verla: en esencia, es una versión corregida y aumentada de Mullholland Drive. En cuanto al espíritu, no al contenido. Más llevada a los límites. Donde allí seguías el hilo durante media película, aquí te has olvidado de buscarlo al cuarto de hora (y no conviene olvidar que Inland dura una hora más que la ya de por sí extensa Mullholland). Si en ésta había diez momentos sobrecogedores, en aquélla hay mil. Si en Mullholland te morías de miedo en un instante en concreto (el monstruo escondido), aquí hay cuatro aún más espeluznantes. Si te confundías con realidad y sueño, prueba en Inland a mezclar varias realidades, varios sueños, varios tiempos, varios espacios. Una y otra vez. Repetimos. Y encima te cuela unas cuantas de las escenas más intensas que he visto en mi vida (al estilo de la escena de la prueba de guión de Mullholland o la del Club Silencio)

2. No sé de qué coño va, es cierto, pero sí sé (lo veo, vamos) que todo tiene sentido, aunque no lo conozca aún, como en sus obras anteriores, lo que obliga a descubrirme ante semejante bestia de la naturaleza. ¿Recordáis la sensación que teníais al ver Primer? ¿Esa placentera impotencia de ser incapaces de seguir lo que os contaban? Pues aquí elevadla al cubo y a lo mejor os aproximáis.

3. Vi la película en los Verdi (Metro Canal). Vale. Cuando iba por Alvarado aún notaba los latidos del corazón acelerados. En serio. Jamás me he cagado tanto. Y eso que he visto unas pocas pelis de terror. Pero claro, ¿qué es ese terror al lado de la posibilidad que ofrece Lynch de sumergirte en una pesadilla conscientemente?

4. A pesar de no saber de qué va, insisto, y como acostumbra este tipo, despierta en ti los mismo conceptos de siempre. Bondad absoluta, maldad absoluta, redención, sacrificio, soledad, confusión, angustia.

5. Absolutamente obligatoria la opción de verla en cine. Qué sonido más devastador. Si os decidís a ir, no dudéis en decírmelo.

6. Si buscas entretenimientos convencionales y fáciles de digerir, ve una de Ron Howard. Si quieres una tormenta de sensaciones extremas irracionales, llamad a Lynch.

7. Seguirá pasando con Lynch como con el Cherry Coke. Preguntadle a alguien al que no le gusta este director sobre Inland Empire y dirá "puta mierda". Preguntadle a alguien al que le gusta: "Gloria bendita", responderá.
[Claro que yo sería el único que diría eso en referencia al Cherry Coke].


Seguiré escribiendo cosas al respecto, pero por ahora vale.
PD: Por si no ha quedado claro, en mi opinión ver esta genial película es una experiencia única. He dicho.

miércoles, 14 de febrero de 2007

lunes, 12 de febrero de 2007

El genocida solitario


No deja de ser curioso que, debido a una ausencia por viaje de placer, no pudiese escribir antes este post que tanto habría gustado a los alegres e inocentes jovenzuelos que han visitado últimamente este blog (o mejor dicho este post, véanse sus comentarios, a los que son libres de responder los aludidos, por supuesto). Nada me molestaría más que se viesen estas líneas como una claudicación ante su buenrollismo no ilustrado. Pero en fin, metámonos en faena.

Temo a Nicholas Cage. Tiene sus cositas buenas, como Arizona baby, Face off o Asesinato en 8 mm (ésta ya no es para todos los paladares, pero en fin...), pero gusta generalmente de recrearse en la ponzoña más maloliente (lo de Con air es para analizarlo con muchísima frialdad) sin ningún pudor. Por eso me extrañó que protagonizara Lord of war. Y que además la produjera me dejó a bolos, como dice aquél, o aquélla.

Porque no siempre se ven películas con un contenido tan incómodo, pero menos aún con tantos medios. Lord of war es el retrato de un traficante de armas, pero sin tonterías. El protagonista no es malo pero un poco bueno. Es lo que es y punto.

¿Y qué es? Ahí radica lo grande de la película. Lo fácil sería decir que un hijo de puta con pintas. Lo rebuscado pero no desacertado, que es un mal necesario y persistente. Yo... No sé qué decir, más allá del profundo desprecio que me provocan. Para mí la clave está cuando al personaje de Cage le critican por ganarse la vida haciendo lo que hace y él se excusa alegando que si no lo hace él lo hará otro, que mercadea con armas porque se le da bien y que él no mata, sino que vende su mercancía y nada más. Con esas tres razones se explica a la perfección un concepto que también aparece en la película y que define lo que es un traficante de armas: genocida solitario.

Más allá de cómo sean uno por uno, sus rasgos generales son los de tipos que optan voluntariamente a esta dedicación, sin ningún tipo de remordimiento de conciencia ni moralidad, pero con un alto sentido del sacrificio por el trabajo, o de la riqueza. Y sin embargo, me temo que su figura es, en efecto, persistente. Son los verdaderos genocidas posmodernos, por decirlo de algún modo, asesinan en masa y nadie dice nada, ni siquiera se conocen sus nombres. Son la hez de la humanidad, pero como tal, son provocados por ésta siempre que acude al baño. Y seguirá creándolos. Unos morirán, otros se transfigurarán en filántropos, pero los nuevos ocuparán las vacantes, no hay duda. Como los verdugos de Berlanga. Tiemble usted después de haber reído.

Unos diréis que es hipócrita, o miserable, afirmar que los traficantes de armas son necesarios. Otros diréis que es hipócrita, o bienpensante, decir que es posible un mundo sin ellos. Yo, sinceramente, dudo incluso que se pueda hablar de hipocresía en uno u otro caso.

Hace unos días Susie me comentaba que había multitud de cosas extrañas en el mundo que le inspiraban miedo. Y es que, en mi opinión, y viendo aspectos como éstos, es la propia humanidad la que da miedo. Lo único que se puede hacer ante esto es perder ese pavor y diseccionar la historia humana como un biólogo a una rana. Y tener calma, mucha calma...

PD: si queréis hablar de la peli en sí, hablamos, porque hay tela que cortar (la Historia de una bala de los títulos de crédito, sin ir más lejos).

martes, 23 de enero de 2007

Pantera negra contra el Tío Tom

A pesar de que hay excepciones, creo que el boxeo como espectáculo acabó hace tiempo. Tengo hacia este deporte un sentimiento cuasi romántico (y mira que parece difícil) y siempre acabo por relacionarlo con la mística de épocas pretéritas, quizás a causa del blanco y negro de Toro salvaje, o porque encuentro incoherente un combate que no se celebre en un casino de Las Vegas con luces chilllonas y tenga por asistentes a alegres horteras bañados en cocaína que disimulan sus ojos irritados en enormes gafas ahumadas y su lamentable estado físico entre chaquetas de satén y busconas oxigenadas. Algo raro tiene el ring de boxeo, su particular maldición, que provoca siempre un magnetismo que atrae sólo a los famosetes con ganas de figurar y a la peor escoria de cada sociedad. La última vez que vi por la tele un combate de boxeo vi entre el público a Javier Bardem, incluidle en cualquiera de los grupos anteriormente mencionados.
Nada que ver, no obstante, con los famosetes que acudían antes. Claro que tampoco eran los mismos boxeadores. En la primera mitad de los setenta coincidieron Ali, Foreman o Frazier, por decir algunos. Curiosa época la de los setenta, ávida de líderes de pensamiento, que llevó incluso a fijarse en un animal como Ali para erigirlo en calidad de gurú. Martin Luther y Ali, tanto monta, vamos. Algo así como si eligiéramos nosotros de portavoz a Poli Díaz, ese potro; salvando las distancias, por supuesto. Es gracioso contemplar, asimismo, cómo los dirigentes blanquitos del espectáculo, desde su poltrona, decidieron potenciar esa idea, para que fuera asimilada por todos, blancos y negros, y el beneficio fuese mayor.
Ya tenían a Mohammed Ali, a.k.a. Cassius Clay, el rebelde negro musulmán converso, estandarte de los derechos humanos y el black power, dotado de una verborrea ofensiva y, por qué no decirlo, bastante excesiva, gustoso de pavonearse con su rollo de las mariposas que vuelan y las avispas que pican, muy zen todo. Pero les faltaba el otro tipo de negro. El hijo del tío Tom, el de la cabaña, el negrito bueno, tontorrón y analfabeto que recoge la siega por la mañana y practica vudú por la noche. Y lo encontraron en la figura de Joe Frazier. Sólo les quedaba vender la historia y generar dinero.
A Ali le encantó la movida, porque formaba parte de ella y estaba como pez en el agua, pero a Frazier como que le entrejodía bastante, porque no tenía ni idea de por qué le habían encalomado ese sambenito. El caso es que prepararon el combate y la expectación fue enorme.
Los famosetes querían figurar y no sabían cómo, así que sólo unos pocos privilegiados consiguieron acreditarse como reporteros para presenciar el combate (Norman Mailer de redactor y Frank Sinatra, el de New York y tal, de fotógrafo).
Desde un extremo del ring, Ali le decía de todo a Frazier, que le miraba callado. Cuando el combate empezó, quedó claro que, en efecto, no eran dos negros iguales. Ali, alto, de rasgos suaves, clavaba directos potentes y veloces. Frazier, una mole retorcida y chaparrita, cargaba su brazo lentamente para dar -perdón, pero es la expresión más acertada- hostias como panes. Ninguno de los dos se defendía, simplemente atacaban y atacaban. Eso sí, Ali, entre golpe y golpe, seguía poniendo a parir a su rival. Los rounds fueron pasando y, sorpresa, no sólo Ali no había tumbado a Frazier, a pesar de la cara destrozada de éste, sino que el negrito bueno le estaba dando a base de bien al pantera negra. Al acabar un round, hacia la mitad del combate, Ali, un tanto fatigado, seguía insultando sin parar a Frazier, mientras éste, en mitad del cuadrilátero, sin hablar, le hacía gestos para que fuera allí y se lo dijera a la cara. En ese momento, creo sinceramente que Ali se acojonó.
Frazier no cedió y siguió armando el brazo y lanzando puños descomunales a los riñones de Ali. El resto es mejor que lo veáis vosotros mismos, aunque sólo sea por tener el placer de ver el bocazas de Ali tambaleándose así. Os incluyo en el primer vídeo los round 10 y 11 (ojo al final de este último) y la caída de Ali. En total son veinte minutos, pero merecen mucho la pena. El combate entero, si os interesa, está en youtube.
Hoy uno vive entre los temblores del Parkinson y otro malvive en un cuartucho de un mísero gimnasio al más puro estilo Million Dollar Baby.
Qué tiempos, anyway...




domingo, 14 de enero de 2007

Juguemos al metadiscurso

**Se recomienda haber visto The Prestige antes de leer este post**

Ocurre con The Prestige como con muchas otras buenas -o muy buenas, o geniales- películas como El bosque, El nuevo mundo o la reciente Banderas de nuestros padres: que el público puede salir de su proyección creyéndose estafado. En estos otros casos habrá que buscar a los culpables de ello entre los responsables de su publicidad, que intentan vender de forma agresiva o comercial lo que no lo es. Con The prestige, en cambio, deberíamos fijarnos en El ilusionista, la agradable obra protagonizada por Edward Norton que aún puede encontrarse en las carteleras. Ajustada a los cánones clásicos, de irreprochable factura técnica y perfectamente interpretada, deja predispuestos a los espectadores a posibles nuevas películas de magos que mantengan una estructura semejante o un discurso continuista con la obra de Neil Burger. Y hete aquí que aparece como el que no quiere la cosa, o peor, como intento de aprovecharse del éxito de esta película, el bueno de Christopher Nolan con The Prestige bajo el brazo.

¿Qué ocurre? Pues que sí, que The Prestige es una película de magos, cierto, pero, antes que nada, es una película de Nolan, lo cual conlleva muchos factores. El primero, una forma de montar la historia a su antojo, inteligente y no arbitraria, jugando con el hilo narrativo, corriendo y descorriéndolo de su bobina, usando a uno y otro personaje como narrador, pero nunca como mero artificio (el mago que lee el diario del otro mago en las fechas en que ese mago intentaba descifrar el diario del primer mago, dos caras de una misma moneda persiguiéndose como un gato a su cola, magistral). El segundo, una historia densa, opresiva, dolorosa, de sacrificios sin fin ni recompensa lo suficientemente grande (la única que se sale del patrón es Insomnio, que más que una película de sacrificio es una película de redención, áunque también sin recompensa final). Y el tercero, y quizás más importante, el metadiscurso.

Digámoslo ya abiertamente. The Prestige no es una película con moraleja, ni siquiera una moraleja con película adosada. Es un ejercicio no de estilo, sino de director, una tesis con ejemplo práctico, un film-ensayo, por llamarlo de algún modo. El film va abriendo su cáscara poco a poco, juego a juego (entre director y espectador, no ya entre Bale y Jackman), truco a truco, hasta que los personajes pierden razón de ser (los secundarios van despareciendo con excusas más o menos veladas y los principales se desvirtúan por multiplicidad, por decirlo de forma delicada) hasta que Nolan, por boca de Bale, habla al espectador, por oído del moribundo Jackman, y le cuenta qué es todo aquello. Una alegoría del sacrificio del artista, que pierde su personalidad en pos del asombro del público, del esfuerzo del escritor, que halla su reconocimiento en los intentos de ese público por intentar ser más listos que el autor, en las preguntas que se hacen a lo largo de todo el metraje de la película, que es el ejemplo aplicado (¿cómo hará el truco éste y aquél? ¿Sería en realidad el muerto el doble borracho de Jackman, asesinado por éste para no tener que pagar el chantaje?) y, finalmente, en el deseo no reconocido de que nos encantaría que nos engañasen así de bien una y otra vez.

Los hermanos Nolan proponen acertijos encadenados desde el principio para que nosotros, incautos, nos hagamos los listos y entremos al trapo, y fallando una y otra vez para, finalmente, darnos cuenta de que la traca final la dicen desde el principio... Sólo que nos negamos a aceptarla porque somos más listos que el hambre, ¿no?

Hay y habrá quien tache de tramposa a esta descomunal película. Desde luego, para mí no lo es, en tanto que en ningún momento el tahúr Nolan esconde sus cartas: vamos a ver un juego, lo tomas o lo dejas. Nada que ver con aquellos verdaderos tramposos que recurren a lo fácil o lo absurdo sin más para justificar lo injustificable (el ejemplo más claro es Fallen).
Digo yo, vamos.

sábado, 6 de enero de 2007

Tira me a las arañas! Rompeme el hocico!




Bueno, creo que, con la excepción del disco de Tool, en este blog no se habían tocado los asuntos musicales. Craso error, pero ya mismo lo enmiendo. Eso sí, no esperéis encontrar aquí demasiados grupos comerciales, por así decir, ya que sería desentonar bastante con la tónica friki-cultureta que impera en esta vuestra página.
Y qué mejor forma de empezar a hablar de musica que con el grupo más descerebrado que ha llegado a mis oídos y que, desde luego, más les ha cautivado: The Mars Volta.
Pero mejor dejo el post para los comentarios que me hagáis tras haber oído el par de canciones que os dejo aquí arriba. La primera es Day of the baphomets, es de su último álbum, Amputechture, y aparte de las más que notorias influencias de King Crimson, os pediría que prestáseis atención a la espídica y desquiciada sección de percusión que hay en la última mitad de la pista. Y la otra se llama L'via L'viaquez, es del disco anterior -Frances the Mute- y mezcla dos estilos un tanto antagónicos, mejor que lo descubráis vosotros mismos. No obstante, a mí, que me encanta este grupo, me costó acostumbrarme a él unos meses, así que creo que, de entrada, os repugnará, pero mejor me lo contáis vosotros mismos. Os espero.

domingo, 24 de diciembre de 2006

Las películas que yo querría dirigir


Hay películas de acción y películas de acción. Y eso que el género de acción es realmente difícil de acotar: ¿pertenecen a él Aliens o Batman Begins? ¿e Infiltrados? Las hay que no son más que puro divertimento, adrenalina y sinrazón, acaso un guión ingenioso (san Shane Black), siempre un protagonista carismático. Como dice Alan Moore, las amamos en silencio y no pensamos que sea necesario nada más (vale, Moore no decía eso de las películas de acción sino de las mujeres, ¿y qué?). Sin embargo, hay otro tipo de películas de acción que podríamos denominar existencialistas. Y en este sub-género, el rey indiscutible es Michael Mann.
Dejemos a un lado El dilema, Ali, o incluso aquella primera versión de El dragón rojo. Centrémonos en sus obras características. Heat. Collateral. Miami vice. Películas todas ellas secas, en las que notas la dureza del bloque de hielo en el que fueron pulidas. En el fondo son una sola: aquélla en que sus personajes están atrapados en el rol que Mann les ha preparado y del que no pueden ni quieren escapar, porque son los mejores en lo que hacen, están dispuestos a llevar hasta el final la situación y, sinceramente, se la suda que el Altísimo se interpusiera entre ellos y su meta, porque dispararían antes; en la que esos mismos personajes no son más que piojos del verdadero protagonista, la ciudad, los rascacielos, no sus inquilinos, ésa es la actriz principal, y su papel es observar la soledad y la tristeza de sus parásitos, cómo se matan sin solución, cómo les consume su propia soberbia, pequeños, altaneros e intrascendentes microbios. No hay en esta película de películas apenas acción, pero, cuando aparece, es brutal, espectacular y cruda (difícil paradoja, pero conseguida gracias a su buen hacer y a detalles muy atinados como el uso de la cámara digital a lo Dogma en películas de tiros), y sus finales no lo son en realidad, simplemente la cámara deja a esos serios personajillos y se va a otro lado, mientras la ciudad continúa con su ritmo perpetuo. El más difícil de los métodos para acabar un filme, pero también el que me resulta más satisfactorio, qué queréis que os diga. Por eso Michael Mann hace las películas que me gustaría hacer a mí.

sábado, 23 de septiembre de 2006

De Koch, Trashorras y El Cartón


Esto que tenéis aquí es el llamado copo de nieve de Koch, espero que comprendáis más o menos su funcionamiento. Lo curioso es que si trazamos una circunferencia que una los tres vértices del triángulo cuando n=0, la figura jamás logrará superar el diámetro de dicha circunferencia, por muchos triangulitos que se vayan añadiendo. Por si alguno de vosotros aún recuerda los límites de matemáticas, tiene algo que ver. Algún día os lo explico con cervezas de por medio. El caso es que esta figura me vino a la cabeza cuando salió a la luz la conversación de Suárez Trashorras que reveló El País hace unos días. Además de dejar en bragas una teoría que llevan dando pábulo un patético calvo que se tapa el cartón de forma lamentable y con extrañas aficiones mingitorias, y un enano coñón gangoso, resentido y retorcido desde hace ya años; además de eso, decía, ha descubierto de forma más o menos directa que todo este andamiaje responde en realidad a una operación comercial que les permita ocupar todo el frente del centro derecha de los medios españoles. Asqueroso y miserable.
Pero lo peor de todo es que los consumidores de esa información contaminada rechazan la evidencia y prefieren lanzarse a saco al fango, liarse la manta a la cabeza y mantener en pie una maquiavélica teoría conspiratoria ya derrumbada, porque no quieren saberse equivocados, malpensados y, peor aún, derrotados.
Y lo cierto es que esta teoría del 11-M puede permitirse el lujo de seguir a pesar de todas las verdades con las que choque. El copo de nieve de Koch que es esta gran mentira puede seguir ocupando el espacio que encierra la circunferencia que se dibujó en Leganés, porque a su público les place conocer más y más conjeturas a pesar de que éstas siempre bordeen el surrealismo. En aquel suicidio colectivo se cerró el grifo de lo que pudiese conocerse, pero dejó un espacio amplio para la especulación que, desde El Mundo y la Cope, llenan con ahínco y sin prisas con ayuda de un paleto como Trashorras, un cretino ruín y esquizofrénico que vendió 200 vivos y que ahora vende y revenderá 200 muertos cuantas veces quiera mientras los adocenados y radicales quieran oírle. Se les cae la baba ante la carne muerta, a los muy animales.

jueves, 14 de septiembre de 2006

De Bendis y sus cosas



Bueno, volvemos a terrenos más friquis; lo siento por algunos de vosotros, pero también he de preocuparme de estas cosillas.
La llegada de Joe Quesada a Marvel cambió de rumbo una editorial que hacía tempo que naufragaba artrítica y anquilosada entre editores incompetentes y guionistas acomodaticios en la estafa que supone el respeto escrupuloso a la continuidad de las historias ya narradas como única credencial ante los lectores más nerds, ruidosos y acríticos, que les aplaudían presa de un conservadurismo un tanto pacato (esto sí que es una frase como Dios manda). No obstante, esta llegada se produjo en dos pasos. El primero fue la cesión de terreno que supuso la creación de Marvel Knights, series un pelín más oscuras que las normales y realizadas por equipos creativos más arriesgados que los originales. El buque insignia de este sello fue el popular Daredevil de Kevin Smith y el propio Quesada. El experimento fue un éxito de ventas (no así tanto de crítica en algunos casos) y en Marvel decidieron tirar la casa por la ventana haciéndole responsable de todas las colecciones de Marvel. Lo primero que hizo, pues, fue fichar al editor estrella de Vertigo, Axel Alonso, que se trajo bajo el brazo a estrellas de la competencia como Garth Ennis, Steve Dillon, Grant Morrison, Frank Quitely o Mark Millar e incluso a autores independientes como David Mack o Brian Michael Bendis. Ahí es nada. Asimismo, se creó el Universo Ultimate, que ha resultado ser el mayor éxito creativo y de ventas de los útimos diez años.
En dicho universo permaneció recluido un tiempo Bendis, refrescando a Spiderman como nadie había logrado desde décadas atrás, así como a los X-Men, tras el paso de Millar. Sólo apareció en en el Universo Marvel tradicional para hacer una saguita pintada por Mack de Daredevil y poco más tarde, por fin, dedicarse a fondo a esta colección con unos resultados que sólo quedan por debajo de aquel Frank Miller del Born Again. Eran números muy dilatados en su desarrollo, pero de una factura impecable. La historia era francamente buena, el modo de llevarla a cabo genial y el dibujo, sucio y furioso, obra de Alex Maleev.
El hecho de trabajar en Ultimate Spiderman y Daredevil no impidió que comenzara una serie pequeña en el nuevo sello adulto de Marvel, MAX, que se titulaba Alias, aunque más tarde derivó a The pulse. En esta colección se cimentó una influencia cada vez mayor de Bendis en todo lo que acontecía en el Universo Marvel, cosa que cristalizó con su llegada a los guiones de Los Vengadores.
Y aquí es donde comienza el llamado por los friquis extremistas Bendisverso. En solo cuatro números este guionista se carga todo el estatus del grupo (y parte de él físicamente hablando). Bien es cierto que no son unos grandes números, pero ha logrado crear una reacción en cadena cuyo final no se otea aún en el horizonte, pero que se prevé descomunal. Desde esos Avengers Disassembled se ha pasado por la creación de los New Avengers (cuán recomendables), el tremendo final de House of M y Decimation hasta, por el momento, Civil War. Y todo por culpa de este hombre, que ha sabido por fin dar dinamismo a todo el conjunto de colecciones Marvel, como un todo orgánico y que, realmente, no sepas adónde va a ir todo a parar. Mientras esos quejicas siguen diciendo que no cuenta nada de información en un solo número y que hay que esperarse a leer un tomo entero para disfrutarlo (me pregunto que haría esta gente a la hora de enfrentarse, pongamos, con un Dostoievski) y que ha entrado en una fase de megalomanía galopante (tan alejada de sus reumáticos guionistas preferidos, encantados de enfrentar una y otra vez a Spiderman contra el Buitre). Pues, por mí, que sigan pataleando.

martes, 5 de septiembre de 2006

La puta que le parió

Bueno, pues ya he visto Alatriste, como el que no quiere la cosa. En parte vi la película porque la protagoniza Viggo, que desde que protagonizó Una historia de violencia me tiene ganado para la causa, en parte porque el personaje y el periodo histórico me tira mucho, en parte porque Pérez-Reverte me tira casi más y me cae de puta madre y además la había recomendado enérgicamente, cosa que nunca había hecho antes con ninguna de las otras adaptaciones que se han hecho de sus novelas (ahora mismo me viene a la cabeza La novena puerta de Polanski y Depp, vaya truño tan inesperado, señores).
Total, que iba predispuesto a que la película me gustara. Y me gustó, pero con matices, con matices que van haciéndose mayores a medida que pasan los días.
Vamos a ver, la recreación que se hace del Madrid de la época es acojonante, de suciedad, mugre y grasa, de príncipes mezclados con mendigos, de vino seco y orín, de mancebías, vidas baratas y prestadas y filos aún más baratos; un buen Madrid, vamos. La iluminación es preciosista, cercana a la de La joven de la perla, como buscando un Velázquez en cada esquina. Las interpretaciones, medidas y correctas en el peor de los casos. En algunas ocasiones (como el final) logra emocionarte. Y Viggo, pues eso, Viggo, que ya es decir mucho. Pero...
Pero no. Cinco volúmenes escritos y otro aún por escribir son muchos para ser cubiertos por una sola película, y la única solución posible a la que puede recurrir Tano Díaz Yanes es la elipsis. Pero una elipsis de la hostia, con perdón. Un abuso de este recurso como nunca he visto antes (la primera novela se la despachan en diez minutillos o así) y que impide que el espectador se enfrasque de veras en la historia, porque cuando un suceso comienza a interesarle hace ya diez minutos que ha terminado. Y, por lo demás, aunque lo intenta, no se consigue nunca dotar a la película de la necesaria espectacularidad (da -mucha- cosa pensar lo que habría hecho con este material un Michael Curtiz, el Kubrick de Barry Lindon, un Patrice Chereau o -¡horror!- un Peter Jackson).
A pesar de todo lo dicho, no podemos negar que es lo máximo que puede dar de sí nuestro cine, que es que no hay más, ni dinero ni talento. Lo que me lleva a plantearos unas cosillas: una, vuestra opinión de la película; dos, por qué se sigue haciendo la sopa boba a los notables bobos del cine español como si fuesen unos lumbreras cuando son incapaces de alumbrar una sola buena idea; y tres, por qué se dice que esta película es la salvación del cine patrio cuando, con su evidente impotencia, no hace más que evidenciar el lastimoso estado de éste. Por supuesto, también podéis aprovechar para insultar al propietario del blog, sana costumbre que ayuda a liberar impurezas y aliviar la tensión facial.

martes, 1 de agosto de 2006

La lista de los listos














En una conversación reciente con Dafaka, concluimos que el cine americano contemporáneo vive un periodo de efervescencia creativa nunca vista hasta ahora, en la que gran número de directores revolucionan el discurso cinematográfico a su total antojo. Este va a ser un post colectivo, en el que cada uno de vosotros va a hablar de las pelis y los directores que más le hayan impactado en los últimos años, pero no sólo citarlos, ¿vale? Y uno por comentario, no seáis ansiosos y copéis todos los nombres en uno solo. Además, podéis ampliar lo comentado por otros, por supuesto.
Yo, por mi parte, empiezo con Darren Aronofski y Réquiem por un sueño, una de las obras más obsesivas, terribles e intensas que he tenido ocasión de ver, en la que todo encaja de forma sobresaliente: interpretaciones frenéticas, montaje variadísimo (casi un intérprete más de la película, que juega a su antojo con el tiempo y la experimentación), banda sonora opresiva (Clint Mansell es, a la sazón, un alumno aventajado de Trent Reznor, así que todo concuerda una vez más) y guión perfectamente construido. Y encima todo en una hora y media de metraje, nada de los tostones plúmbeos de los anillos y los códigos da vincis que nos toca sufrir de vez en cuando.
Os toca.

lunes, 24 de julio de 2006

Hokkaido sushi kempo (II): ¿Cuánto hace que no pegas a tu padre?

El título de este post no es sólo una forma de atraer tu atención sin pudor alguno -que también-, sino una frase salida de una de las mentes más retorcidas del cine contemporáneo, el japonés Takashi Miike. No estoy hablando de un provocador en plan Larry Clark, que cree que con mostrar unas cuantas obscenidades de forma explícita tiene todo el trabajo hecho, sino de un creador que le gusta jugar con los géneros convencionales y estirarlos hasta el absurdo con la finalidad de rozar lo directamente perseguible por la ley.
Tras tirarse unos cuantos años como ayudante de directores como Kitano, este feo nipón decidió volar del nido y establecerse como agitador artístico con plena dedicación, aunque eso supusiera vagar con sus primeras películas bajo el mortecino fluorescente que alumbra los estrenos que van a parar directamente al videoclub. Pero eso no hizo cejar en su empeño a Miike, que, armado de un valor encomiable, se echó al monte y se empeñó en estrenar varias obras en el mismo año (y cuando digo varias me refiero a cinco o seis).
Pronto se ganó una vitola de terrorista fílmico que le empujó al circuito europeo de videoclubs, tan mugriento o más que el japonés, pero que, de forma indudable, aporta más caché entre los talibanes cinéfilos. No obstante, había algo en Miike que le apartaba de la bazofia más inmunda del resto de estrenos de serie B: sus películas eran arriesgadas, ya no sólo en cuanto al tratamiento de la violencia, sino en cuanto a la mezcla de géneros y la forma en la que resolvía las escenas. Era cierto, a pesar de todo. Miike era un buen director.
Además, su efervescencia creadora era también cualitativa. Cada vez dirigía mejor, cada vez arriesgaba más, cada vez le importaba menos lo alejado que quedara del cine mainstream, cada ve se inclinaba más por reflejar sus obsesiones y sus influencias. Y así, hoy en día, tenemos en Miike al más importante director japonés del momento (una vez que Imamura acaba de morir), venerado por todos los entendidillos de Hollywood en materia de transgresión y friquismo: Tarantino, Eli Roth (ese cameo inquietante en Hostel)…
¿Qué ha hecho este hombre para merecer eso? Como es natural en este país tan nuestro, la única película suya que ha tenido cierta repercusión en nuestras carteleras ha sido precisamente una de las más flojas, Llamada perdida, un intento de sátira no demasiado conseguida y menos aún entendida (esa chica que se sabe condenada y, tras pedir ayuda lo único que consigue es que retransmitan su muerte en directo) del terror japonés ya comentado hace unos posts por aquí mismo. Por supuesto aquí se vendió como una más de la Factoría Zuzto, así que el fracaso comercial consiguiente hace difícil que se vuelvan a arriesgar con el entrañable Takashi. Lo único que nos queda es acudir a la Fnac para hacernos con delicias turcas como ese corpus unido sólo por el absurdo que es la trilogía Dead or Alive (que, tras unos diez primeros minutos impresionantes, brutales, geniales, excesivos y nunca vistos, contiene homenajes al cine de yakuzas y Blade Runner pasando por bellos recuerdos de infancias perdidas sin olvidar por ello marcianas referencias a Bola de Dragón, por ejemplo), la desconcertante Audition (con dos mitades opuestas; una preciosa, la otra enferma), esa traslación de Scarface al mundo de la mafia japonesa que es Cementerio yakuza (mucho más adecuado el original Graveyard of honor), o la excesiva -incluso entre esta serie de pelis que estoy haciendo- Ichi the killer. Dejo para el final las dos que más me han impresionado, que además son de las últimas que ha realizado: Gozu, una vuelta de tuerca al universo de David Lynch y Cronenberg, pero con un surrealismo tan pasado de revoluciones que lo emparenta en ocasiones con Buñuel; y la definitiva Visitor Q (que es de donde procede el título de este post). En internet podréis leer que es la más extrema de todas las películas de Miike, y lo cierto es que, en principio, el cartel que ofrece es para hacérselo mirar. Y es que el chico no ha escatimado esta vez en gastos: incesto, necrofilia, humor absurdo y nihilismo parental rodado de modo amateur en formato digital. Sin embargo, esto que en principio daría como resultado una basura despreciable acaba siendo de forma sorprendente una exaltación de la figura de la madre en particular y de la unión familiar en general. No me preguntéis cómo, pero es verdad. Una vez más, Miike se ríe de todo cuanto le rodea y se sirve de nuestros tabús y miedos para sorprendernos con el mensaje contrario al esperado por morbosos y cretinos.
Ésa es la clave del cine Miike: las vueltas de tuerca inesperadas en el fondo o en la forma. Ahí tenéis unas cuantas recomendaciones. Ahora sólo falta que os atreváis con él.

jueves, 13 de julio de 2006

El hombre de acero y el director correctito

Partamos de la base de que nunca me ha gustado Superman. No al menos como personaje, aunque sí como concepto base. Es sin duda el paradigma del superhéroe, una especie de Dios entre los hombres, alguien que vela por la humanidad sin recibir nada a cambio y que siempre acaba triunfando. Vale. Ahí se acaba la gracia de Superman. Porque el problema de este personaje es, precisamente, él mismo. El ser alguien invulnerable y el protagonista de una serie de superhéroes hace que pierda toda emoción, ya que sabemos de antemano que nada le puede dañar y que, por tanto, ganará siempre. Sí, es verdad, también está lo de la kriptonita, pero bueno, eso está bien para un par de números, no para tirarse casi un siglo sacando aventuras del tipo en el que deba recurrirse siempre a la kriptonita. Un coñazo, vamos. Por no hablar de que vive en una ciudad de cretinos que no son capaces de descubrir la personalidad secreta de Superman cuando su único disfraz son unas gafas. Y para terminar de arreglarlo, resulta que su archienemigo es un tarado calvo. ¿Cabe mayor desequilibrio entre adversarios? ¿Un dios frente a un calvo?
Así, pues, acudí ayer a ver Superman returns con la sensación de que la película iba a tener que ser muy, muy buena para que lograra cautivarme esta nueva entrega del Salvador asexuado de leotardos azules. Lo único que parecía asegurar que no sería mala es que estaba dirigida por Bryan Singer, responsable de la muy notoria Sospechosos Habituales, de la interesante Verano de corrupción y de las dos primeras y correctas entregas de los X-men. Y digo bien, correctas, porque, a pesar de su llamativa ópera prima, lo cierto es que el carácter creador de Singer parecía haberse atemperado en los últimos tiempos. Es indudable que tiene cierto estilo que se hace patente en todas sus obras, pero es un estilo amordazado, como con miedo de trascender, de llamar la atención. Lo que llamaríamos un artesano de Hollywood, pero, en este caso, un artesano autoimpuesto, autocensurado. Una cosa un tanto fea, a mi parecer.
Y lo que me encontré fue con una mezcla de estos dos factores ya descritos en los que cada uno da lo peor de sí mismo, y en el que lo único que de verdad vi con agrado fue la interpretación de Brandon Routh, que en algunos momentos resultaba un calco del finado y entrañable Christopher Reeve. El resto no son más que dos horas y media (por tanto, no son más ni menos) en las que el equipo de guionistas hace gala de un desconocimiento total del personaje y de cómo elaborar un guión como Dios manda. Porque en semejante ladrillo, en una película de extensión tal, se permiten el lujo de no dar ninguna explicación de cómo se ha llegado a ese punto de la historia y de dejar al final enormes cabos sueltos, por no hablar de que intentan llevar una estructura clásica de planteamiento-nudo-desenlace y se olvidan del desenlace. Es decir, en una película como está no hay clímax, no hay enfrentamiento entre protagonista y antagonista, retratado aquí de forma miserable como un vulgar memo que se enriquece a base de heredar fortunas de viejas con las que se casa y cuyo plan maestro (que no voy a destripar) es lo más ridículo que había oído desde aquello de la paz bisónica de Street Fighter (ver post correspondiente), claro que aquello era un joya del humor y esto no. Por lo demás se desprecian las posibilidades que podía ofrecer el personaje de Superman (que ya he dicho que me parecen limitaditas, pero es que ni por ésas siquiera), al que sólo se le hace cargar con cosas cada vez más grandes (un avión, un cacho de roca, medio yate, bla, bla, bla) y se da al espectador -repito- dos horas y media de tedio en el que sólo hay una escena de acción relevante y está a la mitad de la cinta, una nueva muestra del despropósito que es el guión, rematado por unos veinte minutos finales absurdos e innecesarios.

Fría, blanda, aburrida y lela, Superman returns supone una decepción hasta para quienes íbamos pensando desde el principio que no nos íbamos a encontrar con nada del otro mundo. Compararla con las dos entregas de Spiderman y, sobre todo, con Batman Begins, provoca un vértigo que ni siquiera se merece. Ahí queda eso.

miércoles, 28 de junio de 2006

Hokkaido sushi kempo (I): Qué zuzto!

No sé a ciencia cierta si es que comienza a disiparse el furor por el cine de horror oriental o porque ya forma parte del espectro que conforma nuestras carteleras. Y no me valen las explicaciones del tipo El Código Da Vinci ("es mala y punto"): en este caso el fenómeno es tan amplio y heterogéneo -a pesar de unos característicos lugares comunes- que hay de todo: desde tostones infumables hasta obras interesantes. Pero lo único cierto de verdad es que poseen elementos de los que carece el cine de miedo occidental y que, en muchas ocasiones, lo supera. En mi opinión esto sucede de un modo semejante al del origen de alas en insectos y aves: se parte de orígenes muy diferentes para acabar concurriendo en un mismo destino. En este caso ocurre como con el anime, que el origen de sus técnicas y sus rutinas (las caras inexpresivas en las que sólo se mueven los labios) habrá que rastrearlo en el ancestral teatro kabuki o de las máscaras. Echadle un ojo a esto porque no es una teoría descerabrada en absoluto.
Por tanto, lo del cine de terror, ya sea The Ring, La maldición o The Eye, entre otros títulos, responde más a ese atávico mundo de los espíritus tan presente en las mitologías del Lejano Oriente. El problema es que las historias acaban siendo muy semejantes y, salvo las atmósferas y los excelentes momentos de tensión, se acaba cayendo de forma indefectible en el tedio.
No obstante, parece que existen visos de renovación. Hace unos días, y, como viene siendo normal últimamente, vía Dafaka, me tragué una de las últimas pelis de Takashi Shimizu, Marebito. Para mi sorpresa, lo que comienza como un sucedáneo más de la misma historia, again and again, acaba convirtiéndose en una obsesiva película más cercana a Lynch o Cronenberg, pasado todo por una temática que la hermana con Lovecraft. Un tío se mete por conductos de ventilación del metro hasta aparecer en el Mundo Interior, donde se encuentra a una vampiro que rapta como mascota. Relato obsesivo de miedos íntimos en el que la historia no es lo más importante. Recomendable, aunque hay que ir preparado con estómago y moral suficientes.
En fin. Qué quieres que te diga, yo me cago con esas putas películas, soy un puto crío.

lunes, 12 de junio de 2006

El martillo pilón

Este fin de semana he terminado de leer la última obra de Chuck Palahniuk, Fantasmas (Haunted en el original). Como suele ocurrir con este escritor, la bocanada que supone su lectura es de un aire tan fresco que te raja las mejillas. A menudo catalogado como el nuevo Don DeLillo, lo cierto es que comparten un mismo fin (el análisis de la sociedad que les rodea y sus miedos) pero el medio que utilizan es bien distinto. Si Don DeLillo disecciona al norteamericano medio y su psique con un fino bisturí sin que éste se dé cuenta, Palahniuk, un DeLillo vitaminado y supermineralizado, coge un martillo pilón y se lo estampa en la cara. Y, además, antes le avisa para que mire, para acertar en toda la jeta. Para que toda la superficie del martillo cubra su objetivo. Y luego se reirá. Los que ya han leído algo suyo saben que esto que digo es real como la vida misma.
En esta ocasión, el autor de Asfixia ha optado por un envoltorio original y que conecta a la perfección con su estilo literario ligero. A partir de un hilo conductor que progresivamente va haciéndose más y más breve pero, al mismo tiempo, más y más duro, se conectan diversos relatos protagonizados por los personajes que rondan dicho argumento central y a la vez auxiliar: un grupo de tarados que no se conocen entre sí entran en un taller de escritura un tanto sui generis. Como método único, los aprendices de escritor serán recluidos en un teatro abandonado, emulando de forma artificial la célebre reunión que tuvo lugar en la Villa Diodati entre el matrimonio Shelley, Lord Byron y Polidori, y que supuso a la postre la creación de mitos del género de terror como Frankestein o el vampiro (en un cuento de Polidori que Stoker perfeccionaría más adelante). Sin embargo, las épocas no son las mismas y el resultado tampoco: mientras que en Diodati los recluidos se obcecaron en crear maravillas literarias, en el teatro abandonado se preocuparán sólo por la obtención de fama a cualquier precio. A cualquier precio. Aunque haya que hacer cualquier cosa para ello.
Y es ahí donde Palahniuk está como pez en el agua, narrando atrocidades sin límites con un humor inconfundible. Y mientras, para oxigenar, coloca los ya mencionados relatos entre medias, todos ellos originales, unos pocos intrascendentes, una gran mayoría descomunales, que te dejan sin aliento, quién sabe si por las náuseas, las risas o la admiración.
No quiero contar nada más, ya que lo mejor que podéis hacer es sumergiros en este libro y su crítica descarnada a la fama y las pasiones caucásicas, felices e ignorantes individuos todos nosotros.

Fantasmas, de Chuck Palahniuk, es una suerte de novela de relatos no recomendada a niñitos encantados de la vida, de su coche limpito, su polo y su churri. Sí, no hace falta asustar con fantasmas, porque los verdaderos fantasmas, los que de verdad damos miedo, somos nosotros. Nosotros y los extractores de las piscinas.

martes, 9 de mayo de 2006

No existe el adiós

Este post se estaba haciendo esperar, pero tenía que aparecer tarde o temprano, sobre todo si tenemos en cuenta de que se trata de uno de mis cómics favoritos, si no mi favorito. Si el Acme Novelty Lybrary de Chris Ware (próximamente por este blog) es considerado el Ulises de la historieta, Adiós, Chunky Rice sería, sin duda, El Principito. Y es que no sé qué tienen ambos, cómo pueden llegarte tan adentro con un simbolismo tan naif. Donde antes había jóvenes infantes, zorros y baobabs, ahora tenemos a una tortuga y una rata, no se sabe a ciencia cierta si amigos y amantes, que tienen que poner punto y final a su relación cuando la primera, merced a su instinto inevitable, ha de emigrar lejos de la rata. Lo demás son recuerdos de momentos pasados, de intimidades demasiados intensas para ser olvidadas y alegrías que se convierten en demasiado tristes al ser recordadas. De paso, el comic se fija con dolor melancólico e intensidad desoladora en la historia de un secundario en principio irrelevante, el casero retrasado mental que alquila la habitación a Chunky. Su historia de fracasos, de amistades inocentes rotas en la infancia por la brutalidad del mundo adulto, la historia de su perrita Pisotones... Todos estos detalles son de una emotividad tal que su recuerdo sigue acojonándome ahora, en mitad de la redacción, mientras escribo esto.
La historia, ya lo he dicho, es impresionante; el dibujo, de una efectividad demoledora; y la lección, muy sencilla: "No existe el adiós, Chunky Rice".

Adiós, Chunky Rice, la obra primeriza del autor de la popular Blankets, Craig Thompson, es un relato de inocencias no perdidas, sino rotas de forma abrupta y que te deja en la boca el dulce sabor del dolor que nunca termina de irse. Es imposible de encontrar hoy en día en las librerías, así que pedídmelo o bajáoslo, porque es una auténtica maravilla.

sábado, 6 de mayo de 2006

Fueron los mejores

Lo fueron. Y digo bien. Ya no. Lo tuvieron todo para mantenerse en la cumbre, pero, de repente, las musas decidieron partir. Además, se les fue a los dos a la vez. Porque, aunque son dúo, me niego a creer que son dos entes perfectamente divisibles. Hemos visto sus cuerpos, sus rostros, sus miradas nerviosas de niños perseguidos encerrados en cuerpos de hombres, sus pelos rizados por separado, pero su mente no. Sólo son uno en mente, y, de la noche al día, se vino abajo. Empezaron rápido y bien, con unas energías tremendas, en sólo dos películas tomaron el control del cine contemporáneo y lo apretaron con firmeza.
A Sangre fácil le siguieron Arizona Baby, Muerte entre las flores o Barton Fink, todas ellas marcadas por ser unos enrevesados pastiches de la cultura norteamericana, al más puro estilo de Chandler, pero no necesariamente restringidos al género negro. Y siguieron así, su doble mente hiperdesarrollada y tortuosa parió más y más, hasta llegar a un cénit pocas veces conseguido antes. Su mente doble había clavado un doble salto mortal como si nada: Fargo y El gran Lebowski. Qué os voy a decir de ellas que ya no sepáis, hijos míos. Eso sí, si no las has visto, márchate de este blog, no eres bienvenido.
Y, en un suspiro, se fueron. En sólo un soplo de aire todo se fue al garete. Empezaron a tropezar con un musical personalísimo como O Brother! que, a pesar de todo, se salvaba de la quema; siguieron con un homenaje a las comedias clásicas de Cukor y compañía que no albergaba ni rastro de nuestros hermanitos (salvo el final del asesino smático, lo reconozco); y finalmente la cagaron de forma calamitosa haciendo un remake (¡ellos haciendo un remake!) de una de las joyas del humor inglés (si no LA JOYA) : El quinteto de la muerte.
The ladykillers, y el extraño parón que ha seguido a su estreno, me hacen temer lo peor: que a nuestros Coen nos los han cambiado. Recemos por que no sea así.

jueves, 4 de mayo de 2006

Anverso y reverso




















Las jornadas nocturnas posteriores a mi vuelta de Bruselas estuvieron marcadas por dos películas, demasiado contrastadas entre sí. En primer lugar me tragué Dominó, la última obra de Tony Scott, aun no estrenada por estos lares y que cuenta, como mayor reclamo, con Keira Knightley, una chica que empieza a cansar ya de tanto hacer filmes por un tubo sin que ninguno de ellos merezca la más mínima consideración. Este caso no iba a ser diferente. No he visto jamás un ejemplo semejante de metraje pretencioso y vacío de contenido. A estas alturas empiezo a plantearme que Tony Scott nos vacila desde hace años y se enriquece en base a dos detalles: el parentesco que le une con Ridley, quien de paso creo que también nos hace el tocomocho más de la cuenta, y haber parido un par de películas dignas tirando a cojonudas (la mejor de todas, sin duda, Amor a quemarropa). Pero con Dominó ya me ha tocado pelín los innombrables. Ya está bien de que los montajes vertiginosos y las imágenes tratadas hasta la saciedad escondan el ridículo espantoso de un guión de parvulitos. Y, sobre todo, ya está bien de que el Scott éste repita el mismo final peli tras peli en vista de que la primera vez causó sensación. Pero que el puto tiroteo de Amor a quemarropa se repita en Enemigo público y ahora en Dominó punto por punto ya clama al cielo. Y de lo de que Tom Waits haga un papelito en semejante bodrio es de echarse a llorar. Uno ya no sabe en qué creer...
Harto de estos graciosillos que viven del cuento, oiga.
Menos mal que la noche siguiente me empapé de Johny cogió su fusil, el tremendo alegato de Dalton Trumbo contra los que envían a la muerte a sus hijos en el nombre de la democracia. Es una peli para verla y reflexionar, no para echar aquí parrafadas. Sólo dos cosas: no somos conscientes (o peor aún, no nos importa) del daño que puede hacer la naturaleza humana a quienes nos rodea; y, en segundo lugar, no consigo imaginarme lo que habría hecho Buñuel con este guión (un proyecto que desechó cuando ya estaba muy avanzado).
En fin, os ofrezco una mierda y una joya. ¿De cuál de las dos queréis hablar?

lunes, 1 de mayo de 2006

Dos por el precio de uno (II): A la mierda con todo


El día antes de marchar hacia Bruselas me armé de valor para ver la última película que me había comprado: Grupo salvaje. Mi gusto por Sam Peckinpah nace de los tiempos en que estalló la fiebre Tarantino, en la que todo lo que era violento molaba. De ahí hubo que recurrir a la Historia para descubrir que lo de Pulp Fiction o Reservoir Dogs era bueno, pero no novedoso. La primera película que vi fue Perros de paja, en la que me encontré con un Dustin Hoffman muy diferente al que, en aquellos tiempos, sólo conocía de cosas como Rain man. Esta película era el sueño de todos aquellos que nos veíamos como apocados o enterrados en un marasmo de convenciones que arrinconaban nuestro espíritu. La violencia era en este caso tratada con detenimiento, a cámara lenta en muchas ocasiones, una roja catarsis, un "llevarse a todo por delante sin importar las consecuencias" que me resultó original por su sinceridad, tan extraña de ver en el cine.
Y la segunda que vi fue Grupo Salvaje. He de reconocer que no me enteré de nada la primera vez que la vi. La segunda empecé a comprenderla. Así sucesivamente. Esta última vez me ha maravillado. Y supongo que, cuando cumpla 30 tacos, comenzará a ser la película de mi vida sin discusión. ¿La razón? Pues no sé, pero creo que es la película de la madurez por excelencia.
Cuánto desarraigo debió sentir Peckinpah en vida, qué poco debía interesarle lo que le rodeaba cuando rodó lo que rodó y como lo rodó. Sólo he visto en cine algo semejante, por paradójico que resulte, en el cine de Malick. En esta ocasión, cuando llegué a la escena del poblado mexicano al que acuden huyendo de Robert Ryan, no pude evitar recordar que el carácter bucólico de esos minutos era el mismo que desprendía El nuevo mundo. Otra vez el buen salvaje, otra vez la vida sin civilización como único modo de escape (tema recurrente en este blog pero de un modo totalmente inconsciente, advierto). De hecho, el personaje más despreciable de toda la película es ese Zapata de palo que negocia con los alemanes (la civilización), un salvaje reconvertido en hombre de occidente, un caín sin salvación.
Por ello, por cómo ese hombre ha mancillado el regalo que tenía (no pertenecer a la civilización moelna) es por lo que los hombres de Pike se ceba con él y los suyos. El grupo salvaje es un puñado de renegados de la sociedad, que no tienen cabida en ella ni la necesitan, pero que no pueden huir de ella, esta sociedad les perseguiría por mera soberbia. Saben que están condenados, que no tienen hueco en ese tiempo en el que aparecen ya hasta los automóviles y toman la decisión. De hecho, ya la tomaron cuando marcharon de aquel poblado indígena (una de las escenas más conmovedoras que he visto jamás), pero la tortura de la que es víctima uno de los suyos (da igual que sea el más conflictivo de ellos) es sin duda el detonante.
Sólo queda por vivir un último contacto con una mujer, lo único cierto en sus vidas, y mirarse a los ojos:
- Es hora de irse.
- ¿Por qué no?
Nunca siete palabras encerraron tanto significado. Nunca las miradas y las palabras que pueden tener lugar en diez segundos pudieron llenar tantos tratados sobre la naturaleza humana.
Ya sólo quedaba el fin de la huida. Ya sólo quedaba la gloria.
(Se nota que me gusta, ¿no?).

The wild bunch, la obra maestra de Sam Peckinpah está protagonizada, como ya se ha dicho, por Robert Ryan, pero los que de verdad se llevan la palma son William Holden y Ernst Borgnine. Todos ellos dinamitaron hasta sus cimientos el género del western. A su lado, Sin perdón no es más que un gran epílogo, pero nada más (que conste que también me encanta).

Dos por el precio de uno (I): El retorno de Keenan












Mis niveles de friquismo me impulsaron a comprarme en Bruselas el disco de Tool aun sabiendo que no lo escucharía hasta la vuelta de Madrid. Pero ya sabéis que las ansias del consumista son difíciles de controlar. Además me daban una gorra que no me pondría jamás y una pegatina, así que no pude resistirme.
Y desde que volví, obviamente, no he hecho otra cosa que escucharlo. Como ya conocéis quienes habéis escuchado a este grupo en alguna ocasión, sus composiciones necesitan unas diez escuchas para empezar a adentrarte en ellas. Yo voy por la tercera y empiezo a enterarme.
Han pasado muchos años desde la última vez que este grupo de tipos ocultos bajo la penumbra de sus canciones se reunieron para grabar aquel Lateralus que contenía maravillas como The grudge o Reflection. Después de todo ese tiempo los rumores hacían referencia a que el grupo había desaparecido o que simplemente Maynard James Keenan lo había dejado para explorar nuevas cosillas con A perfect circle. Mañana sale en España, cinco años después, 10.000 days. Y qué queréis que os diga, vuele a ser impresionante.
Allí donde Aenima era duro y seco y Lateralus recargado y meloso, 10.000 days se presenta como lo más directo que se escuchaba de este grupo en mucho tiempo. Ya desde la primera canción, Vicarious, se nos alerta con un comienzo bien clarito que es hora de despertar y entrar en este sonido en el que Keenan se deja llevar por el sonido más accesible de A perfect circle (ya sabéis lo accesibles que son los de A perfect circle, pero aún así son más fáciles de escuchar que Tool, vamos), en las que las melodías vocales son incluso más trabajadas que en el reto de trabajos de las banda. Mientras, el otro puntal mayor del grupo, Danny Carey, continúa reafirmando aquella teoría de que es el mejor batería desde que se nos fue John Bonham. En esta ocasión, como ocurre con MJK, su despliegue de ritmos tribales y percusiones de todo tipo es aún mayor que de costumbre. Y también mayor que de costumbre es la influencia de King Crimson en sus composiciones (volvemos al principio del disco, pero también a ese impresionante medio tiempo que le da nombre y a los efectos arriesgados de la guitarra de Adam Jones que se escuchan durante todo el disco), quizás consecuencia de esa gira descomunal que hicieron hace pocos años. De hecho, estoy por decir que Tool son hoy una versión mejorada y contemporánea de los Crimson, más centrada en la dureza que en lo meramente onanista, quizás.
En fin, qué queréis que os diga, que como no me acrediten para el Festimad y me los pierda me la corto.

Tool, el grupo de referencia en la música actual, rompen mañana su silencio con 10.000 days, otro disco de música densa inexpugnable para la mentalidad de pensamiento/comida/vida fácil que nos rodea. Impresionante, asimismo, el libreto, una muestra más de cómo se lo curran Keenan y compañía.